Camino hacia el desenlace

El camino hacia una película muy esperada por su público empieza desde que nos despertamos, sabiendo que este es el día, la impaciencia nos aborda haciendo que no podamos pensar en nada más que en la hora de salida.

Era el sábado 27 de abril, las 17:00 marcaban el reloj, la impaciencia era intensa, pero aún se podía soportar. Debía matar el tiempo como fuera, pero solo el hecho de pensar eso hacía que la espera y cualquier otra actividad se volviera eterna y a la vez momentánea. Hacer cualquier faena o tarea que requiriese paciencia o esmero no era una opción puesto que esta no recibiría el mismo trato a la hora de hacerse que en otra circunstancia, entonces la pregunta se volvía a repetir en mi cabeza, ¿qué hacer para matar el tiempo?

Daba igual la sala donde permanecer, los relojes enboscaban la mirada por todas partes, era uno de esos días donde debes terminar ese plan previsto o no puedes dedicarte a nada más. Eran las 17:30, a 4 horas y 15 minutos de la hora de salida, era el momento de dejar salir un soplido de cansancio mezclado con agobio y pesadez, hora de asegurar que Jan recordaba la hora quedada en el chat de voz tres días antes, ese acuerdo amistoso que no es confirmado hasta el final.

Una vez confirmada la hora, era el momento de intentar lo que fuera para que el tiempo despegara más rápido, pero antes tocaba calcular bien el tiempo que se debía gastar y como. Restar una hora para la ducha, vestirse, cenar, imprimir la entrada y asegurar que lo llevaba todo, de esta forma quedaban 3 horas para el desembarco, para la recepción, para el inicio del fin. Ahora a perder el tiempo como fuera, para empezar unas partidas a los videojuegos, pasar el rato con tiempos ya conocidos de la durada de las partidas. Tras finalizar cada partida los ojos siempre miraban con propia voluntad la hora, pero tras 4 partidas y un poco de entrenamiento a otro videojuego ya solo quedaba 1 hora 30 minutos.

Agobiado por la hora de salida aparqué los videojuegos para no aburrirlos y relacionarlos posteriormente con algo agobiante, era el momento de proseguir con las series de televisión. Para empezar un poco de Lucifer, una serie policíaca y de fantasía, el nuevo Mentalista o Castle diría yo, pero tras un capitulo de prestar poca atención a la trama ya solo faltaban 40 minutos, de esta forma era el momento de usar la carta bajo la manga, la serie que sin duda podía hacer pasar el tiempo volando aunque ya hubiera visto todos los capítulos, sin duda era el momento de ver Brooklyn nine-nine. Al contar con capítulos de solo 20 minutos era perfecto, solo necesitaba ver un par para finalizar la espera. Tras el primer capítulo supe que había acertado, no presté atención al reloj ni al móvil en esos 20 minutos ni en los siguientes 20, pasaron volando.

Eran las 20:45, a una hora de la salida, tras una rápida ducha y vestirse fugazmente, pero de forma cómoda para disfrutar bien de la película teniendo en cuenta el calor en el cine, ese calor que genera un asiento de cuero, era el momento de cenar algo rápido y ligero, sabía que allí ya comería más, mi vista seguía rotando en dirección al reloj, estaba harto de eso. Tras la preparación final ya era el momento, tocaba bajar a la calle para ser recogido en el punto de encuentro por mi amigo Jan y el batido de fresa, o su coche como los desconocidos lo conocen.

Al bajar a la calle el clima era templado, no hacia frío como se podía esperar, Jan tardó poco en llegar, al ver su coche en el horizonte los nervios subieron por el cuerpo hasta el pecho, era más real de lo que parecía. Al entrar nos saludamos con un clásico “Yiiiiiii” y hablamos de que ya casi estaba, ya era la hora de saber el desenlace que nos dejó con ganas desde la última entrega, donde por cierto ocurrió lo del batido de fresa que le dio el nombre a su coche, ya que se derramó en el asiento y todavía perdura la marca. La primera parada fue para abastecernos de un montón de bolsas de chucherías y refrescos azucarados para aguantar las casi tres horas de película, una vez todo comprado debíamos volver a la carretera. Por el camino recorrido otras muchas veces hasta el Parc Vallès de Terrassa aparecieron las charlas de intereses comunes y surgían las bromas de siempre, como la de las farolas de la calle, una historia que no contaré en esta crónica. Una vez cerca del cine, apareció el gran problema de un cine el sábado por la noche, el aparcamiento, el cual costó veinte minutos encontrar y fue fuera del cine, ya que dentro estaba lleno, era un cahos la cantidad de gente aparcada y la que quería aparcar.

Una vez aparcado el coche el camino duró ocho minutos hasta el cine, donde tras llegar al recinto permanecimos fuera para dibujar un cómic de una página entre los dos y que Jan se fumara un par de cigarrillos para hacer tiempo.

La hora había llegado, era el momento de entrar, rápidamente pasamos por el acomodador, la frontera donde para pasar debes pagar con tu entrada, nos mostró el camino y seguimos nuestra ruta, la sala estaba al lado de la cola del bar, llena hasta rebosar, por suerte ya íbamos bien provistos de comida basura. Solo quedaba que la sesión anterior abandonará la sala. Al lado de la puerta se podía ver la acumulación de gente con merchandising de la película como cubos metálicos de la película y pequeños muñecos absurda mente feos que se podían comprar en el bar.

Una vez las puertas se abrieron y la gente tomó sus asientos, solo quedaba esperar a que terminaran los tráileres y la publicidad previa, pero de pronto y sin previo aviso, el cual suele venir con la presentación de las compañías, simplemente empezó, era la hora de ver lo que con tantas ganas habíamos esperado todo este tiempo, el desenlace final, era la hora de ver Avengers: Endgame.

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