Callejeando el 8 de menstruación

Por Helena De la Fuente

En plena realización del trabajo de fin de grado decido salir a la calle el día de la mujer para saber qué concepto tiene la gente de la menstruación. Me pareció una buena forma de saber de primera mano hasta que punto es un tema tabú y cómo la gente me contestaría.

No tenía un target definido, pues mi idea era preguntar a todo ser viviente para poder comparar las respuestas de géneros y edades diferentes. Creí que así tendría mayor margen de investigación de cara a mi proyecto.

Diseñé un cuestionario bajo las doctrinas de una sociedad binaria, pues era complicado preguntar lo mismo tanto a mujeres como hombres, pero sabía que podía encontrar a mujeres que no tuvieran la menstruación y a hombres que la tuvieran como, por ejemplo, las personas transexuales, con amenorrea o con la regla cortada por libre decisión. Y al mismo tiempo, me interesaba saber qué opinaba la gente de estos casos y si era consciente de ello.

Por eficacia y productividad me incliné por preguntas parciales y que no implicasen al voluntario/a unas explicaciones que, quizá, no le apeteciera dar. Decidí hacer preguntas relacionadas con la actualidad, la igualdad, experiencias personales que todos hemos oído hablar, alguna pregunta trampa e intentar crear un ambiente de fluidez y confianza para que las personas se explayasen para que me contasen alguna que otra anécdota.

La madrugada del 8 de marzo me baja la regla, señal de que todo iba a estar vinculado y presentimiento de buena suerte.

Después de almorzar quedé con una amiga para que me ayudase a registrar las entrevistas con la grabadora del móvil.

Decidimos ir al centro y empezar en plaza Universidad. Con una vergüenza terrible encima me dispuse a localizar a la primera víctima, así como se tratase de un radar.

Vimos a dos chicas jóvenes vestidas de violeta sentadas en un banco y decidí que serían las primeras: —hola, soy Helena, soy estudiante y estoy haciendo un trabajo sobre la menstruación. Me gustaría haceros unas ‘preguntillas’ sobre este tema, ¿queréis participar?—. Ambas asintieron, una más entusiasmada que la otra.

¿Crees que la menstruación es un factor de desigualdad de género?—. Ambas respondieron positivamente, aludiendo a ello el factor económico y social en el mundo laboral y en productos de higiene femenina.

A la pregunta de si alguna vez les habían atribuido la regla a algún comportamiento no comprendido, también me respondieron con un sí rotundo: —no les digo nada porque no lo entienden ni lo van a entender, ni lo he intentado—. Esa respuesta la sentí contradictoria pues, ¿cómo vas a dar por hecho algo si no lo has investigado?

Después de unas cuantas preguntas más a las que fueron más escuetas respondiendo me di cuenta que no se había grabado la conversación. Bien, mi gozo en un pozo, empezamos bien. Les pedí volver a repetir la entrevista, estuvieron de acuerdo y fue la entrevista más rápida y la menos inesperada de todas.

Mi siguiente presa fue una mujer más mayor que, al acercarme y presentarme, se mostró desconfiada y con una pizca de arrogancia.

¿Cuál es tu opinión si alguien opina que no se puede conseguir una igualdad de género porque las mujeres tienen la menstruación?— le pregunté, a lo que ella respondió: —¿igualdad en base a qué? Es que los hombres y mujeres no somos iguales. Lo que queremos es igualdad de oportunidades. Iguales no vamos a ser, esa es la diferencia. Que puedas ser como eres: hombre, mujer, trans, siendo lo que seas, tu identidad sexual, tu expresión sexual, tu orientación sexual, tu socialización, tu género… Todas las diversidades que haya que se respeten y que el mundo no sea tan binario—. A pesar de la primera impresión, me mostró una de las respuestas más coherentes y mejor construidas.

Seguidamente me acerqué a un grupo de tres mujeres mayores con el cabello de diferente color, así como si se tratasen de los ángeles de Charlie versión años 70.

Al acercarme y presentarles mi tema del trabajo se echaron a reír, alegando a que ya no se acordaban de eso. Me interesaba saber sus opiniones, pues ya habían tenido una experiencia de toda una vida menstrual.

Una de ellas me mostró su animadversión con aquellas personas que opinan que no se puede conseguir una igualdad de género: —le pegaba una patada en los huevos, a ver si sangraban ellos también.

También me contaron que no echaban de menos su menstruación porque dos de ellas tenían excesivos dolores y que sus maridos a veces no las comprendían. Una de ellas me refirió que con quien hablaba distendidamente sobre sus malestares era con su sobrino, que era gay, y que la entendía perfectamente. Estuvimos un largo tiempo con ellas y la conversación derivó en que una de ellas quería encasquetarnos a su hijo, soltero, pues ya le estorbaba en casa.

Dados los buenos resultados de la entrevista echa a grupos, decidí acercarme a otras tres jóvenes con estilismos más modernos. A la pregunta referente a la igualdad, me refirieron la pitopausia como la menopausia masculina. Al desconocer el concepto, lo busqué en el diccionario y la palabra correcta es andropausia que es la desaparición progresiva de la actividad de las glándulas sexuales del hombre.

¿Cómo veis tener la regla? ¿Cómo es vuestra relación con ella? —era una de las preguntas. —Depende del mes. Hay veces que estoy más maternal y cuando mis abuelas supieron que ya tenía la regla en seguida me dijeron lo típico: “ya eres mujer”—.

Una de las chicas me contó su experiencia con la menstruación y el deporte: —hice educación artística durante 4 años y supuso un trauma para mí porque empiezas a desarrollarte, no tanto porque el deporte influye, pues quienes hacen deporte de elite no se desarrollan tanto. Oculté en mi gimnasio que me había bajado la regla por miedo a que lo relacionaran con aumento de pecho y las gimnastas deben estar planas, con constitución pequeña y delgada. Y en un viaje que hicimos a Japón, mis monitores les dijeron a mis abuelos que me cortaran la regla si quería seguir compitiendo. Yo era muy pequeña, no me preguntaron, pero obviamente se negaron. Tenía que competir con tops apretados. Cuando tenía la regla no me dejaban porque yo iba a ser mayor y no podía ponerme ni compresa ni tampón. Me afectó muchísimo porque el deporte era muy importante para mí. Yo hubiera asumido anular el comportamiento natural de mi cuerpo porque estaba entregada totalmente al deporte, entonces hubiera hecho lo que fuera por seguir compitiendo aun sabiendo que en X edad te retiras—.

Al escuchar la anécdota de la gimnasta me sentí identificada porque me acordé de aquella compañera que tenía cuando practicaba el mismo deporte. Es curioso pensar como en algunos sectores de la sociedad la menstruación es un impedimento y que pueden llegarte a ver como una máquina que no funciona al 100% y, que incluso, te lleguen a acomplejar y que tu decisión sea anular una parte de tu cuerpo para sentirte realizada.

Según iba avanzando y sumando entrevistas, encontraba testimonios muy similares o calcados a mis experiencias con la menstruación. Incluso aprendía de otras personas como, por ejemplo, una chica que me mostró un proyecto que había realizado. Se trataba de un kit para hacer una gelatina comestible con la forma exacta de tu vulva. Me pareció un regalo magnífico para el día de San Valentín.

Hasta ahora solo había entrevistado a mujeres, pero con entornos y ritmos de vida diferentes, lo cual me parecía curioso pensar que la regla fuera el denominador común en esas respuestas.

Me interesaba también preguntar a hombres. A los pocos que pregunté me respondieron con mucha fluidez y normalidad, pero hubo un chico que me sorprendió gratamente. Estaba vendiendo chapas y lazos violetas y mi amiga se interesó en comprarle algo. Empezamos a hablar y me respondió a algunas preguntas del cuestionario: ¿has tenido relaciones sexuales con alguien que tenía la regla? ¿Cómo ha sido la experiencia?— le dije—sí. Impresionante. He disfrutado como siempre y no me ha importado para nada—.

A todos los hombres que les pregunté no les importaba el fluido menstrual para intimar, de hecho, alguno me refirió que así le gustaba más.

Después le cuestioné si sabía de qué color es la menstruación y él se dio cuenta de la pregunta trampa: —roja, ¿no? ¿roja con un poquito de negro? ¿roja con un poquito de azul, quizás? ¿rosa?— me respondió entre carcajadas.

Luego hablamos de los métodos de higiene y si los conocía. Dijo que alguna vez los había visto pero que nunca los tocó porque le parecían artilugios muy complicados de usar. Me atreví a preguntarle si sería capaz de colocar una compresa, a lo que él afirmó con buena voluntad. En ese instante saqué una de mi bolsa y una braguita, y le alenté a que lo intentara. Primero no tenía claro cómo poner la braguita del derecho pero rápidamente lo solucionó. Empezó a ponerse nervioso soltando una risa temblorosa y confesó que aquello le parecía más difícil de lo que pensaba. Después abrió la compresa de su envoltura y, manteniendo la braguita en el aire con una mano, probó en enganchar la compresa en el lugar correcto, olvidándose de las alas. Avisado del descuido, abrió las alas y las intentó enganchar donde pudo. ¿y esto tenéis que hacer las chicas siempre cuando os baja la regla? ¡Qué incordio!— exclamó —¿y no os molesta? Ya podían inventar algo que se notase menos porque parece casi un pañal—. Esa implicación optimista nos asombró y me pareció un buen ejercicio practico a realizar en los institutos en las clases de sexualidad.

Después se hizo de noche y dado el barullo urbano dejé de entrevistar a gente. Me tocaría entonces lo más divertido: transcribir todas las grabaciones.

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