La intimidación de un espacio neutro

Por Helena De la Fuente

Después de una mañana de trajín me invitan a visitar la sala de exposiciones del Centro Cívico Can Felipa en Poble Nou, en Barcelona, situado justo al lado de un centro deportivo que lleva el mismo nombre. Una buena forma de juntar arte y deporte en una sola plaza.

“¡Perder el tiempo y encima preocuparse un reloj para este propósito!” era la exposición vigente que se puede visitar del 12 de febrero al 13 de abril del presente año en curso. En ella se pueden presenciar varios trabajos de diversos artistas, los cuales aparecen todos bajo una dieta estética organizada por el lugar.

La sala

Después de leer el título torcido presentado en la primera pared y entrar por el espacio de la derecha, me encuentro una sala bastante amplia donde, al principio, le cuesta a uno situarse.

La disposición de espacios pareciera no tener un orden. Algunas paredes están torcidas y piensas que pueden ser modulares. Inmediatamente tratas de buscar las ruedas o la posibilidad de reorganizar la división de espacios, pero las paredes son fijas a un suelo de microcemento.

Toda la sala es de color blanco, lo cual, por defecto, acentúa las obras expuestas al ojo del observador; que gozan de un orden, así como si siguiesen una retícula cuadrada imaginaria en todas las paredes. Este orden aprovecha los lados del grosor de las paredes, que desvirtúa la continuidad de la obra y la desordena junto con las demás. No solamente por este motivo, pues todas las obras expuestas sobre fondo blanco tienen una misma estética cargada de minimalismo basado en la horizontalidad donde en general descansan sobre una línea continua.

La obsesión por un orden reticulado no mantiene un itinerario claro, lo cual puede dar rienda suelta al visitante a seguir un camino propio. Pero, esto causa que no exista una diferenciación de obras. Para ubicarte te ves obligado a leer las descripciones para enterarte qué ha hecho cada artista y qué significa lo que estás observando, y si sigues con entusiasmo, jugar al quien es quien con las descripciones y obras.

El blanco como propuesta base

Hay que admitir que la sala es agradable, pues cuando te cansas de ver tanta pared blanca y obra cuadriculada puedes mirar por la multitud de ventanales, los cuales dejan pasar la luz natural y relajan el ambiente.

Las ventanas, que también tienen un diseño de cuadrícula con forma redondeada en la parte superior, se convierten en un elemento que predeterminan la sala y la definen dentro de un austero y complicado lugar de exposiciones. Algunas paredes cortan la luz natural y crean una división de áreas determinadas por la dirección y distancia de la pared y el tipo de luz.

Lo que define un área espaciosa con paredes blancas son las ventanas como elemento formal y estético y la luz. En este caso la luz no guarda una concordancia con la luz natural, pues es de tonalidad cálida y rompe con la finalidad de dar extensión a la sala. Dependiendo de la obra a exponer y las decisiones del artista, la luz puede ser determinante para la división de espacios y, por ende, el campo que ocupa la obra.

En este caso, las luces hacen un flaco favor a la exposición en curso. La blancura natural predominante se ve ensuciada y disminuye la atribución de neutralidad a la sala porque se ve afectada por leves rasgos expresivos.

¿Un espacio blanco es neutro?

Solemos pensar que una pared blanca es un espacio neutro, pero no tenemos en cuenta cómo es ese blanco y hasta dónde llega. La neutralidad es una carencia de características expresivas y por definición consideramos el blanco en la pintura (por ejemplo, un lienzo blanco) como anulación de todo significado. Y hemos conseguido que tradicionalmente veamos el blanco como vacío o punto de iniciación para plasmar ideas. Pero estas ideas están determinadas por el vacío o blancura anterior, entonces el blanco no es atributo de un espacio neutro porque tiene por él mismo significado, dando igual el contexto donde se halle.

Casi todas las salas de exposición y galerías que he visitado, el blanco forma parte de la estética del lugar, casi siempre presente en las paredes y techos. Nos hemos acostumbrado a que es más fácil mostrar una obra sobre un mismo tono de blanco absoluto que sobre otras tonalidades que intervengan en dicha obra. Entonces, ¿por qué los señores y señoras de Can Felipa no se esfuerzan en crear un ambiente donde aumente la neutralidad para beneficio de sus visitantes y artistas?

La luz y el sonido

La luz natural y la luz artificial chocan. Esos ventanales grandes de bordes negros llaman demasiado la atención. Los cables oscuros del techo crean líneas disuasorias. Incluso el eco y el sonido del silencio envolvente oprime al visitante en su comportamiento, obligándolo de forma subrepticia a caminar lentamente como si fueras a resbalar, hablar bajito para no ser inmediatamente observado con miradas aterrantes y llegar a tener una sensación de tensión que se inmiscuye en la experiencia de la visita.

¿Sigue un patrón común?

Similares sensaciones las he podido experimentar también en otras salas de exposición como por ejemplo la galería Joan Prats, que se asemeja en gran medida a la de Can Felipa. Ambas tienen una iluminación que proviene de los ventanales, que, en el caso de la galería, son bastante más sencillos y simples en estética y no son un elemento que caracterice principalmente la estética del lugar. La gran diferencia de ambas salas es la división de espacios. En la galería Joan Prats no existen las paredes en medio, las columnas ayudan a diferenciar las áreas de los proyectos expuestos sin quitar luminosidad natural y expansión al espacio, lo cual indica un ahorro considerable de luz artificial, lo cual se puede apreciar en el número de focos que hay en los techos.

También me vienen a la mente salas como la de la Fundación Felícia Fuster o la de la Fundación Arranz-Bravo que siguen el mismo patrón estético, pero en área más reducida, que la de Can Felipa. La primera tiene menos espacio disponible que la segunda y ambas requieren de más luz artificial que natural por falta de ventanales que garanticen varias horas de luz natural. A parte de la luz, me vuelvo a encontrar con la diferencia de la división de espacios. En ambas se utilizan las paredes rectas. En Felícia Fuster no requieren de muchas paredes por ser una sala más reducida, pero en el caso de Arranz-Bravo se sigue una disposición basada en un paralelismo horizontal de paredes dejando un pasillo abierto que deja ver cada división cuadrada.

Tanto la galería Joan Prats, como las salas de exposiciones Fundación Felícia Fuster y Fundación Arranz-Bravo, tienen el suelo de microcemento y el blanco es el principal protagonista en las paredes, además del eco que cambia según la extensión de la sala. Sus elementos diferenciadores son la luz y el tipo de división de espacios que dan por consecuencia al tipo de itinerario seguido y el espacio disponible de colocación de una obra por solicitud de los artistas.

Dicho esto, las paredes desordenadas de Can Felipa me parecen un buen recurso de diferenciación con otras salas de arte. Si las paredes tienen un mismo largo o la colocación está a una misma distancia daría igual, pues pertenece al sello identificativo del lugar y no interfiere en la colocación de la obra o su contemplación. A no ser que las paredes fuesen curvadas, tuvieran muchas esquinas o fueran irregulares en altura.

¿Una intimidación o un lugar sin expresión?

En conclusión, la homogeneidad en los centros de arte prioriza una estética minimalista sin expresión de significados recurriendo al blanco. Nos hemos acostumbrado a una luminosidad acompañada de este color, además de respirar un ambiente que, en mayor o menor medida, nos intimida en comportamiento y nos hace disfrutar de la obra con pasos ligeros y manos cruzadas a la espalda. Este vacío, es beneficioso para el artista. La elección de salas se le multiplica y cree que no va a estar contaminada por problemas de fondos o partes que contaminen su obra. Pero a ojos del espectador, cae en un mismo saco estético, donde el origen siempre es el color blanco, la austeridad y el ambiente frio. ¿Deberíamos seguir con esta homogeneidad en el diseño de interiores o podríamos apostar por salas con carácter propio maximizando sus expresiones?

Si escogemos la segunda opción, podríamos caer en un sistema de exposición con tipología, pues según el estilo de diseño interior de la sala, nos condicionaría con el tipo de obra. Es más sencillo partir de lo que nos ofrecen hoy en día las salas y mejorarlas en cuanto a unificación, respetando los sellos identificativos como las paredes. Pero si entendemos el color blanco como principal característica para conseguir un espacio neutro, llevarlo al máximo exponente y que no intervengan pequeñas distracciones criticadas anteriormente sobre la sala de Can Felipa. El blanco es el sustento y no puede definirse por encima de una obra, que debe ser disfrutada sin que el espectador modifique su comportamiento.

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