Eco de las historias calladas

por Brenda Giacconi

¿Qué puede explicar una de los 39 últimos judíos en Irak? ¿Qué se hace ahora en el despacho que perteneció a Hitler cuando planeaba sus conquistas por Europa? ¿Quién se dedicó a hacer el amor en un territorio en conflicto, dejando como única pista el envoltorio de un preservativo abierto? La guerra se puede explicar de muchas maneras. Objetivamente, totalmente serio, “Israel bombardea escuelas, centros de ONG y hospitales en la Franja de Gaza. Afirman que las edificaciones escondían armas”. Demasiado frío. Se puede ser amarillista, mostrar en televisión el sufrimiento de miles de familias de refugiados y, para ganar más audiencia, provocar la caída a uno que corre para que parezca más lamentable. Demasiado patético. Y se puede hacer mediante pequeñas crónicas basadas en pequeñas historias. Se puede hacer de la forma de Plàcid Garcia-Planas.

Jazz en el despacho de Hitler. Otra forma de ver las guerras, es un conjunto de crónicas escritas por el periodista de guerra Plàcid Garcia-Planas. El tema que abarca toda la obra es la guerra empezada en los países asiáticos y llevada a Europa por los kamikazes. Pero se explica desde un puto de vista mucho más concreto, centrándose en un detalle, en una acción, en un recuerdo, y desarrollando una historia llena de significado. Perspectivas y vivencias de personas que han tenido o tienen que sufrir la guerra. Garcia-Planas utiliza un punto de vista propio en cada crónica, fijándose en algo sin importancia para convertirlo en un elemento de gran relevancia dentro de una historia que descubre e ilumina una de las facetas que se esconden en la oscuridad de la guerra. Usa el sentido de la mirada.

La vista es una de las características más importantes del oficio del periodista. Ver, hablar e interpretar. Por desgracia, es un aspecto que se está perdiendo para dejar paso a la actualidad rabiosa, a las noticias objetivas y frías que no se zambullen en la sociedad que padece el conflicto y, por lo tanto, no se molestan en conocer la cara más escondida de las guerras. Una buena crónica de cualquier tipo es cuando en un tema interesante se encuentra una historia aún más interesante. El autor del libro se encuentra con estas historias a través de un detalle, de las uñas pintadas de esmalte rojo de una mujer que se va a inmolar ese mismo día y, por lo tanto, ya no le interesa qué puedan pensar de ella por decorarse las manos. De la sonrisa de un niño inocente que, sin querer y por suerte, resquebraja la voluntad pétrea de una persona kamikaze. A veces, usar la mirada como único recurso puede generar una incertidumbre que dé paso a una historia profunda. Pero después de la mirada se debe descubrir más información.

Garcia-Planas se adentra en la historia que acaba de empezar de dos maneras. En unas ocasiones, como todo buen periodista, habla con la gente, se relaciona y, gracias a esto, descubre una buena historia escondida en la vida de una persona. Si no se habla con la gente, no se consigue la información que necesitamos. Sin el uso de esta técnica periodística básica, nunca se hubiese conocido el estilo de vida violento de un chico transexual que se gana la vida bailando en bodas vestido de mujer, en Afganistán, ciudad de la que quiere huir. Tampoco se conocería la actitud reservada de las personas que, pese a que caigan bombas cerca de su posición, van a votar igualmente porque se supone que están en democracia. Pero no lo cuentan a los demás, votar se considera un secreto.

Por otro lado, el autor puede crear una historia a partir de un recuerdo del pasado en el que corría junto a una reportera para salvar la piel. O, yendo más atrás en el tiempo, observa la realidad actual donde se encuentra y la compara con cómo era el mismo lugar hace muchos años, cuando lo que había construido o lo que se hizo en esa localización fue muy significativo. La crónica que da título a este libro, Jazz en el despacho de Hitler, es una historia de este tipo, compara el lugar que fue el centro de operaciones del Führer con el conservatorio de música que hay actualmente, donde la sala que fue el despacho del líder nazi ahora es la sala de jazz, música prohibida en la Alemania de aquella época. Otro ejemplo es cuando cada menú de un McDonald’s le recordaba al momento en el que los cadáveres de Mussolini y su amante fueron colgados a merced de un público colérico, hecho que sucedió en la misma esquina donde ahora se pueden comer patatas fritas y hamburguesas.

Se puede ver sin esfuerzo que Garcia-Planas se ha influenciado una barbaridad del movimiento Nuevo Periodismo, que tiñó las páginas de los periódicos a partir de la segunda mitad del siglo pasado ―difícil de encontrar hoy en día en los medios tradicionales―. Cualquier periodista que escriba así conoce la receta de las crónicas: la importancia del detalle―“no hay ningún detalle que no tenga importancia”, afirmó Tom Wolfe en su día―, la escena, el uso indispensable de la mirada y el registro total del diálogo. El autor se centra en un pequeño detalle que desarrolla una historia profunda, casi siempre desconocida e inimaginable en un conflicto bélico, a veces, guardada en secreto por sus protagonistas. Se aleja del periodismo totalmente informativo en el que “fui y pasó esto”, y se acerca a un género más interpretativo que se forma a través de los datos que proporcionan unos cometas hechos de bolsas de basura, una camiseta de un equipo de fútbol mundialmente conocido o una pausa significativa en una frase. Jazz en el despacho de Hitler es puro Nuevo Periodismo llevado a un lugar y momento del mundo en el que las personas actúan tal y como son: las guerras.

La mirada de Garcia-Planas es siempre exterior, explica las cosas sin decir nada, sólo con un detalle que para cualquier otra persona no es importante. Sus crónicas son redondas, finaliza volviendo al principio, volviendo a un pequeño elemento que crea y empieza la historia. Como en las mejores crónicas, el detalle se queda permanentemente en la cabeza del lector durante años, el diálogo exacto se convierte en un elemento indispensable en el texto y la escena se recrea en nuestras cabezas sin tener que explicarlo todo meticulosamente. Igual que con las personas que salen en la historia, que con pequeñas pinceladas se convierten en personajes únicos. El tema es la guerra y la historia cambia con cada crónica.

Es difícil centrarse en las pequeñas cosas en una guerra. El miedo, la muerte, los disparos y la sangre pueden complicar la mirada del periodista y hacerle escribir una información completamente actual, pero, a la vez, demasiado simple. Con las crónicas de Garcia-Planas, el conflicto bélico adquiere otra perspectiva y se vuelve profundo. Este nuevo punto de vista es tan necesario como el otro para comprender cómo es de verdad una guerra.

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