Autoedició i Publicació experimental (I): En una paradoja

Autoedició i Publicació experimental és un recull d’assajos sobre l’autoedició, una mostra de les diferents maneres d’entendre aquest àmbit. S’originen a la classe (del mateix nom) impartida per Clara-Iris Ramos durant el primer semestre de 4t de Grau en Arts i Disseny de l’Escola Massana.

per Eloi Rodríguez

Siempre he sentido como una especie de obligación los deberes o todas aquellas actividades relacionadas con las instituciones académicas. Este sentimiento me llevo a desarrollar una actitud pasiva ante todos aquellos volúmenes de hojas de papel. Los libros los concebía lejos. También me distancie de los espacios programados para la lectura, el silencio y la concentración.

No obstante me encontré atrapado en una gran contradicción y al paso de un par de años me di cuenta que formaba parte de una paradoja mucho mas grande de lo que en un principio creía. Estaba situado entre; una sutil pero intensa fobia al academicismo y el placer inmenso que producía un proto-habito de escritura. Poco a poco inicie los primeros coqueteos con lecturas que, en contra de mi voluntad fueron agradables y fructíferas para envalentonar la predisposición a escribir sobre una hoja en blanco. Fui dejando de lado el sentimiento de vacío y desconsuelo que provocaba un A4 y al tiempo acabe asistiendo a una academia de Artes y Diseño conocida como Escola Massana.

Hasta el momento era desconocida para mi. Aun así suponía un nuevo reto que estaba dispuesto a afrontar ya que la rígida cuerda que me sujetaba a la parte de la fobia, se encontraba ligeramente distorsionada y seducida por la necesidad de escribir cosas.
(Uso cosas porque por aquel entonces escribí sobre la cotidianidad de la vida diaria pero desde un punto de vista en el que ignoraba cual era el contenido real de los textos y sobre que aspectos fijaba la atención).

Sorprendentemente, el primer año acabo con la realización de un tiraje de unos 50 ejemplares de una autoedición muy simple en contenido y continente. Ésta tenia origen en una asignatura que pretendía iniciar a los alumnos a la cultura del proyecto. Desarrollar habilidades para plantear un objetivo y conseguirlo. Aun que la complejidad no era abundante, junto con una fuerte y nueva amistad hecha en clase, salió adelante. Pronto, unido a Martí planteamos una segunda edición, ésta completamente distinta a la primera. La sencilla experiencia de materializar todo aquello que en el pasado, por las noches residía un formato conversación, nos abrió un campo de posibilidades que nos dejo abrumados. Podíamos sentir la presencia de aquel objeto A6 confeccionado con unas 20 paginas y sentir afecto hacia el. Mirábamos un cuerpo que desde pequeños reconocíamos pero ya no lo veíamos del mismo modo.
¿Cual era mi sitio ahora, dentro de la paradoja? Pues, no estaba seguro sobre que lugar ocupaba pero, si tenia la certeza que la ecuación había cambiado y como suele pasar en el inicio de un nuevo recorrido, empece de forma clandestina a practicar. Con medios escasos y dado que el empeño y la ilusión eran el principal motor no deje de gastar dinero y errar. Sin tener una idea muy clara, aun sobre que estaba haciendo si supe, por influencia directa de la escuela, que existía un espacio en el que mostrar y compartir proyectos. Gutter Fest fue y es el principal referente más cercano.
¿Enseñar aquello que en mi pequeña habitación confeccionaba de forma intuitiva y sin un concepto más allá que el de materializar, subjetivamente, aspectos de la vida cotidiana y además, impreso con una impresora que se atascaba y quedaba sin tinta, como poco, dos veces al mes? El concepto de mostrar me quedaba muy grande.

Autoedición y publicación experimental 15 de Noviembre de 2017 Eloi Rodríguez Romeu

¿Que tenia que aportar con unas publicaciones que no consideraba ni que fueran publicaciones?
Rápidamente entraron dudas sobre que pretendía proyectar, si es que pretendía alguna cosa. Que lugar iba a ocupar aquello que materializara. Dentro de mi cabeza solo resonaba en bucle, el eco de una palabra. ¡Xerox! El libro de Xerox, una de las publicaciones de los artistas más respetados y fue publicado en Nueva York en 1968 por los distribuidores Seth Siegelaub y John W. Wendler. El libro fue concebido por Siegelaub como una exposición impresa. Siete artistas (Carl Andre, Robert Barry, Douglas Huebler, Joseph Kosuth, Sol LeWitt, Robert Morris y Lawrence Weiner) donde recibieron 25 páginas y se les pidió que respondieran al formato. Tenia concepto y una gráfica sencilla y contundente. Una vez más el nivel de tensión aumento y la fobia a las academias, a todas las instituciones y al proceso de legitimar el trabajo, reapareció. Referentes.

Respecto a sacralizar o buscar en profundidad referentes antes de hacer un trabajo, siempre tuve un pensamiento que difería de la lógica de la escuela. En ese momento quería reclamar mi derecho a llegar a conclusiones a las que antes alguien ya había llegado.

El ímpetu y la iniciativa reposarían un tiempo antes de seguir confeccionando “cosas” a causa de un conflicto con los referentes que primero necesitaba aclarar.
Siempre tuve la sensación que eran mayúsculos. Podía sentir la desmotivación después de escuchar la palabra en los labios de alguien. O su densidad al pedirme en clase algunos de ellos para la siguiente sesión.

Recuerdo solo una ocasión donde los referentes fueron fáciles de buscar y entender. Éstos no los había requerido ni una institución ni un profesor y sencillamente me intereso. Ése día el ambiente era distendido y con luz tenue, sentado en la cama de la habitación decidí buscar un nombre que semanas atrás leí en MACBA después de consumir un pequeño film. Ella era Joan Jonas (Nueva York, 1936), pionera en la práctica de la performances, el cine experimental y la vídeo-instalación. Una vez leídos textos sobre exposiciones, documentarme acerca de su trabajo y ver el reportaje dedicado a ella en Metrópolis de Radio Televisión Española, me di cuenta que el problema no residía ni en las academias, los referentes ni en Xerox. La fobia a la que tanto aprecio tenia por escudarme en ella algunas veces, la había estado alimentando al no ser sincero conmigo mismo. Los referentes no dejaban de ser referencias y no tenia por que intentar seguir sus lógicas. No había nadie que sacralizara y pusiera por encima el trabajo de otros más que yo. Jonas incorpora en sus obras la influencia de la danza contemporánea y del lenguaje cinematográfico de vanguardia y sustituyen la continuidad narrativa con un estilo de performances multimedia que incorpora dibujo, escultura y vídeo.
¿Como podía tener este conflicto que parecía ser pertinente a una sociedad del Antiguo Régimen antes que a un chico de 24 años perteneciente a la Epoca Contemporánea? Aquellos trabajos que tomaba como ejemplo a seguir debían desglosarse en distintos campos de interés y romper con el pensamiento jerárquico de las distintas actividades creativas. ¿Dicho de otra manera, el campo de la autoedición fue un ejemplo que reafirmo la paradoja que vivía y planteo una cuestión. ¿Por que sacralizava?

Este punto de vista me hacia entenderlos lejos y como objetivos inalcanzables reforzando la idea que las artes o actividades creativas son cuestión de una clase social determinada. Debería dejar de concebirías como una multitud ruidosa y enfrentarme a ellas.

Caí en la cuenta que tenia un problema de categorías aun y los intentos del arte contemporáneo de subvertir estas categorías que se continúan planteando como incuestionables. La hibridación que suponía el trabajo de la artista neoyorkina fue pieza

clave para revelar que a lo largo de la historia las categorías como: pintura, escultura, arquitectura y literatura han confeccionado en nuestra cultura un tejido solido. Si eres pintor, escultor o arquitecto, eres artista. Si escribes eres poeta o novelista. De forma intuitiva estaba inmerso en los tópicos de los que tanto necesitaba escapar. Inconscientemente caí en la trampa de lo que se entendía como arte en el imaginario colectivo.

Las actividades creativas, como el arte son un fenómeno social, un medio de comunicación, una necesidad del ser humano de expresarse y comunicarse mediante formas, colores, sonidos y movimientos; el resultado de estas actividades puede ser material o inmaterial. Lo que yo no soy capaz de cerrar bajo el nombre de arte, los griegos antiguos sí y, dividían estas actividades en dos grupos, artes superiores y artes menores. Las artes mayores eran aquellas que permitían gozar las obras por medio de los sentidos superiores (vista y oído), con los que no hace falta entrar en contacto físico con el objeto observado. Las bellas artes eran seis: arquitectura, escultura, pintura, música, declamación y danza. La declamación incluye la poesía, y con la música se incluye el teatro. Esa es la razón por la que el cine se considera en la actualidad el séptimo arte. Las artes menores, en cambio, son aquellas que impresionan a los sentidos menores (gusto, olfato y tacto), con los que es necesario entrar en contacto con el objeto: gastronomía, perfumería y artesanía.
Las artes mayores son opuestas a las menores, construyendo así un relato donde se ubican las mayores por encima de otras actividades artísticas. Se conciben las primeras, como forma de expresión y que órbita alrededor del concepto de belleza y, las segundas como forma de ejecución de objetos donde la utilidad es su razón de existir. Las artes mayores dan valor a un trabajo intelectual y desestiman el trabajo físico al contrario que las menores. En la actualidad ¿Donde se ubican estos géneros contemporáneos como el video arte, la autoedición, el arte conceptual cuando estos términos de arte mayor y menor todavía son vigentes?

Ya desde el 1855 con la pintura de “El taller del pintor” de Gustave Courbet había el animo de romper con este academicismo. El cuadro, donde aparecía el pintor rodeado de personajes de distintos contextos sociales, mas que una pintura acabó siendo un manifiesto.

O como las “Cajas de Brillo” en 1964 donde Andy Warhol presenta una obra que deja leer entre lineas un arte que se encuentra disuelto en otras categorías distintas a la suya propia, y que las adopta como lenguaje.

Pero.. ¿Como iba a encontrar mi ubicación si antes no ordenaba todas las categorías que tenia en mi alrededor? Decidido, así lo hice. Finalmente interpreté que cada uno debe absorber los referentes a su manera y entenderlos según sus propios intereses. Confeccione distintos campos de interés. Hice el esfuerzo de plantearme por que me interesaban ciertos trabajos y ordenar la cabeza.

Estas áreas variaban pero, podrían dividirse primero en dos grandes grupos.
Uno seria formalistas y el segundo conceptuales.
Dentro de éstos coexistían sub-campos como: la gráfica, la técnica, colores, si es colaborativo o no, estética, encuadernación, arquitectura de la pagina, minimalista, ilustración, fotografía, handmade, tipografía, dibujo… Éstos no eran herméticos y por el contrario los dos grandes grupos compartían algunos sub-campos. Al acabar de clasificar éstos intereses me vi situado.

Encontré mi espacio. Fue más fácil que intentar buscar un lugar en medio de toda una maraña de información. El lugar que transito con las publicaciones a nivel individual, se encuentra en dar valor a aquellas situaciones cotidianas que quedan en el olvido. Dicho

de otra forma la autoedición se convierte en una herramienta que facilita establecer una relación entre la vida diaria y aspectos, a los que de forma subjetiva, encuentro que no deben ser desechados y que poseen un valor. Esto genera un nuevo punto de vista. Por ejemplo, la otra noche salí con la bicicleta a dar vueltas y conseguí saber porque me gusta tanto hacerlo en altas horas, creo. Una es por que de alguna manera entiendo esta acción como una metodología creativa, es decir me da una percepción diferente de las cosas y me ayuda a entrar en pensamientos abstractos o más analíticos, Porque esta facilidad? No lo se, pero ahí está, existe. Por otro lado me es agradable porque me plantea usos de la ciudad o de los espacios públicos de forma alternativa a cómo están configurados y para que están programados. La noche pero, también es el espacio de las cosas alternas o poco convencionales y se materializan cosas o acciones poco habituales que tiene el uso diario de estos espacios. También hecho importante y a tener en cuenta. Así pues ¿Es una práctica realmente alterna o poco convencional la que estoy realizando? Sigo en busca de un nombre con el que bautizar esta forma de ver y hacer pero de mientras continuare planteándome diseñar espacios en los que puedan habitar textos y fotografías como el de hace unas semanas atrás donde escribí:

“Ya tarde en la noche. Hoy tras un día duro salí y, con las piernas rotas y los hombros cansados cogí mi bici. En el momento de salir el cuerpo se calentó y me sentí realmente bien. Tras unas pedaladas decidí jugar y me intercedí para imponerme un juego. Éste constaba de atribuir al conjunto hombre-bicicleta la categoría de vehículo que como tal, decidí debía seguir las normas de circulación. Estas obligaron a tomar un camino muy distinto y programado. No se que gane al hacerlo pero, también incorpore una premisa. La condición que debí seguir fue tomar una señal, en algún momento, que entorpeciera o incluso hiciera impasible la llegada a mi destino. Di unas cuantas vueltas por la ciudad y mi mente dibujo, de forma intuitiva la linea que tracé. Y la imaginé en un fondo blanco. Esa imagen es lo primero que gané. También gané: El sentir como, por el viento, la boca se secaba y las manos se agrietaban. Por la velocidad, el destello en la derecha de un color azul, pintado justo al borde de la acera y el minúsculo momento de girar la cabeza para pretender descifrar de que se trataba y la consiguiente desilusión. Sincronizarme con una linea blanca y desgastada sobre el alquitrán. Un rotulador rojo con punta de pincel, abandonado junto a una composición azarosa de basura. Y, descubrir que el silencio no se percibe hasta que con la rueda pisas una hoja verde que corre. O que es perseverantemente existente cuando lo rompes con el sonido de la cámara de tu teléfono móvil, para fotografiar unas ropas amarillas que se disuelven con la luz sepia de la calle humedad”.

Después de solventar los problemas con los referentes, el academicismo y con la forma de interpretarlos, entendí que los volúmenes de hojas a los que tanto pánico tenia, no estaban en mi contra sino que yo mismo me posicioné en su contra. Todo depende de la capa en la que profundizar y de la predisposición para leerlo.

Lo que la autoedición me permite es compartir el contenido de textos y reflexiones que tienen lugar en el día a día que vivo y en las que encuentro un especial interés, para cobrar así una dimensión estética y conceptual que se desliga de su contexto habitual y que se acaban resignificando. Situaciones variopintos y dispares.

El marco de la autoedición permite que pueda, según mi interés actual, confeccionar objetos de forma económica y rápida para dar visibilidad a estas pequeñas historias. Con un lenguaje accesibles a públicos que, no necesariamente deben estar relacionados con el mundo del arte la intención es, generar un objeto cercano a un publico familiarizado con las narrativas y ritmos propios de la lectura.

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