Naturaleza hostil

por Brenda Giacconi

 

Una perla atrapada en un pendiente plateado brilla suavemente bajo la luz del sol. Se balancea un poco con la débil brisa y el movimiento de la cabeza de Bea, que se ladea constantemente. A veces tiene un leve encuentro con su mejilla, ligeramente maquillada con base y colorete no testado en animales. Bea apoya la cabeza en su mano y sonríe de manera nostálgica.

―De hecho, en mi casa me llamaban “La Urraca” porque me gustaba todo lo que brillaba. Me gustaba ponerme los anillos de mi madre, sus collares, los tacones, las pieles que estaban de moda… Todo.

Más bien diría que se asemeja a un papagayo. El pendiente de perla está unido a su corta cresta de color rojo oscuro; sus ojos y sus larguísimas pestañas están rodeados de tonalidades de verde a juego con sus iris color pardo. Su boca, que nunca cesa de hablar, está enmarcada de suave rosa; se cubre el cuerpo con una camisa abotonada de azul oscuro y se arropa en una chaqueta verde de la que salen disparados trocitos de la misma tela, como si fuesen pequeñas plumas. Sus piernas están cubiertas por unos pantalones de terciopelo violeta que se bambolean junto a su caminar, como una brava marea en una noche de tormenta, y se mantiene en equilibrio encima de unos tacones negros como las patas de un pájaro.

De vez en cuando mira a nuestro alrededor: una terracita con dos mesas de madera simple y cuatro sillas del mismo set. Nos protege de la luz solar un entramado de ramas de madera que se encuentra encima de nuestras cabezas. El fondo del patio está dominado por la naturaleza, tierra manchada con césped, hojas de un verde intenso propio del verano que se acerca, plantas, flores que muestran su belleza durante estos meses y un par de pajarillos negros a los que se les escucha cómo buscan comida a escondidas detrás de mí.

―Cerca de casa tengo un sitio de estos co-working, pero es un local de estos sin luz natural y me siento encerrada. Este lo miré porque es un estudio de arquitectura y me encantó que tuviera este espacio libre, porque yo necesito luz natural.

Su escritorio no parece una mesa de trabajo. Está prácticamente vacío a excepción de la pantalla de un MacPro, un bote negro con bolígrafos dentro, del que destaca uno en particular con una enorme estrella de purpurina morada ensartada en la punta. Bea ha añadido a la mesa su bolso claro con intrincados diseños en verde hierba y sus gafas de sol con las que parece una mosca. Tras esto, se dirigió a su “verdadero” despacho, la terracita trasera, lo que la cautivó del estudio. Ella se considera una mujer “conectada a la naturaleza”. La ecología marca su modo de vestir, su alimentación y su ritmo de vida. Pese a que nació en Barcelona, ha huido de ella muchas veces para “volver a sus raíces”. Hace 4 años que ha vuelto a la ciudad, llevaba 25 años viviendo en el campo. Se acomoda en la silla básica de jardín, de madera y metal. Cruza las piernas, apoya la espalda en el respaldo del asiento y hasta puedo notar como sus plumas se relajan a la vez que explica qué le animó a llevar una vida basada en la ecología.

―Necesito salir al campo, esa conexión con la naturaleza. Ese amor por la naturaleza fue lo que me fue metiendo en la ecología, que no es más que sentirse conectados a la tierra que es de donde formamos parte. Soy mucho de animales… Hablando de la conexión. En casa dicen que mimo demasiado a mi perro y lo trato como un ser humano en cierta manera. Las personas que tienen mascotas entienden esa conexión con el animal.

Basa su vida en el vegetarianismo, pues cree con convicción que los animales tienen sentimientos y, por lo tanto, sufren. Se preocupa del comercio justo y sufre por el impacto del ser humano en el medio ambiente. La lucha incansable por la madre naturaleza también se ha mezclado con la batalla para sobrevivir ya que, a pesar de su vida sana y ecológica, ha vivido la experiencia del cáncer.

Sus ojos pardos rodeados de verde a juego con el ambiente y defendidos por largas pestañas como patas de araña que apuntan al cielo se cristalizan y vuelven al pasado. La rendición no está en su código genético, las mujeres de su familia siempre han sido bastante independientes, si se tiene en cuenta el contexto de la época en el que el hombre mandaba por encima de la mujer. Un deje de orgullo se cuela por las palabras de Bea cuando explica la fuerza y coraje de sus parientas. Su bisabuela fue a la universidad y estudió ginecología, una mujer de la que afirma que nació cien años antes debido a lo casi imposible que era en aquellos años que una mujer estudiara y se graduara de ginecóloga. Su abuela, modista de profesión, fue quien la influenció en el mundo de la moda. Un verano en las playas de San Sebastián fue detenida por la Guardia Civil por llevar un bañador “indecente” ―de confección propia―.

―Mi abuela ya te hacía caminar con libros en la cabeza, como las modelos. A mí me encantaba ir a su casa y revolver entre las telas, los botones, la máquina de coser… Mi abuela, para mí, fue un referente. Con los años la he valorado más. Murió cuando yo tenía 16 o 17 años, pero me gustaría haberme empapado más de ella.

Mientras explica la valentía de sus parientas, ladea la cabeza y con sus uñas rojas se rasca el cabello rojo, una cresta aún muy corta porque el verano pasado volvió a pasar por quimioterapia porque sufría, por tercera vez, lo que llama “su enfermedad”. No le importa hablar del cáncer ―su tercer cáncer, de colon, después de haber sufrido el de ovarios y el de peritoneo―. Pese a que la enfermedad atacó a Bea varias veces en la vida, y reza para que no ocurra más veces, se ha tomado su mala suerte con optimismo, con alegría. Con una sonrisa.

―Mi enfermedad es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida. Ha sido un aprendizaje. Esto ha hecho que me ayude muchísimo a parar y a reflexionar, a ponerme a mí en primer lugar. Sin ser egoísta ahora, pero entender que la primera persona eres tú, y entender que si tú no estás bien no estarás bien con los demás. Se ve que tenía que aprender muchas cosas porque la he pasado tres veces, he tenido que repetir curso. Espero que esta sea la última.

Sonríe. Sonríe. Sonríe. Sonríe.

Con cada frase sonríe.

Habla de su experiencia con el cáncer con una sonrisa. Sonríe a la vez que explica el fatídico día cuando en el paseo de Gracia, a las 11 de la mañana, la gente presenciaba cómo se llevaban el cuerpo de su hermano, suicida. Habla de la muerte en general, del final de la vida de un ser humano con una sonrisa. No da miedo, ni siquiera resulta extraño, Bea simplemente es positiva. Las vivencias con su enfermedad y la proximidad con el final de todo le han hecho aprender que la muerte es un paso más de la vida.

―En nuestra cultura no nos enseñan la muerte como un siguiente paso de la vida, nos lo enseñan como si fuera algo negativo. Nuestra vida acaba el día que nacemos porque empezamos la cuenta atrás, ¿no? Piensa que todos hacemos al revés, decimos que tenemos un año, dos años… Si supiéramos el día que acabamos sería al revés. Esto sería igual muy agobiante.

Su mirada se pierde, se pierde entre las plantas que nos rodean y observa los pajarillos que, detrás mío, nos han estado acompañando durante toda la conversación. Sus viajes a Latinoamérica le han enseñado unas costumbres distintas de tratar con la muerte, llegando al punto de celebrar el fallecimiento de un familiar. Cuando una ha pasado por momentos duros en cuanto a situación nacional, ha perdido a su hermano porque él mismo se quitó la vida y ha tenido la mala suerte de padecer una de las peores enfermedades existentes tres veces, hay que ser fuerte para aguantar y, a pesar de todo, continuar sonriendo. Las marcas de la sonrisa se demuestran en su piel como si una criatura hubiese arrugado las sábanas de su cama en los extremos de los ojos y la boca, después de una noche de descanso sereno.

―He llegado a entender y hasta a aceptar por qué ocurrió todo eso. Hablo de mi hermano con cariño, como de la enfermedad. Entonces al final es… bueno, es que me siento así y no me cuesta. No es un esfuerzo el sonreír, el contar las cosas así. Entonces, la verdad no es ningún mérito, porque soy feliz, me siento feliz de estar viva, de esto.

Y vuelve a sonreír.

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