23, quai du commerce

por Judit Saavedra i Giraldo

“No se lee en la mesa.” –Jeanne Dielman, a Sylvain Dielman

Jeanne Dielman, 23, quai du commerce, 1080 Bruxelles (Chantal Akerman, 1974) es un film que muestra la vida de Jeanne Dielman desde el momento en que deja hirviendo unas patatas mientras va a atender a su cliente un miércoles por la tarde hasta que el viernes de esa semana, se encuentra en el comedor de su casa a oscuras y ensangrentada tras haber asesinado al cliente de aquella tarde.

Este ensayo pretende reflexionar sobre los espacios que ocupa Jeanne en su casa, cómo los habita y cómo irrumpen en ellos las figuras masculinas de su entorno: el bebé de la vecina, los tres clientes y Sylvain, el hijo de Jeanne

La primera figura masculina que analizaremos es la que aparenta ser menos intrusiva: el bebé de la vecina. Nos es introducido el segundo día, después de que Jeanne vuelva de hacer la compra, cuando la vecina llama a la puerta y deja a su hijo al cuidado de nuestra protagonista. El primer encuentro denota que este suceso es puramente rutinario: deja el bebé encima de la mesa del comedor, acaba de hacer sus cosas y cuando la madre del niño vuelve a llamar a la puerta, Jeanne se lo devuelve. Al día siguiente, la vecina llama a la puerta y le deja su criatura. Jeanne en esta ocasión lo deja en el sofá, acaba lo que estaba haciendo y esta vez decide prestarle atención. La interacción es incómoda y molesta. El bebé llora cada vez que Jeanne intenta jugar con él y solo parece calmarse cuando lo deja en paz. La vecina vuelve a llamar a la puerta y Jeanne devuelve al bebé.

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La cocina de Jeanne

En el bebé se relaciona un elemento principal que se magnifica con Sylvain: el “instinto maternal”. La relación de Jeanne con su hijo es algo que analizaremos más adelante, pero la capacidad de Jeanne de lidiar con el bebé es particularmente destacable porque remarca por un lado la frialdad del primer encuentro con la criatura y por otro lado, cuando sí intenta relacionarse con él, resulta completamente errático. Jeanne puede cumplir con la función de “cuidar” al bebé en el sentido literal de evitar que le ocurra algo malo, pero no consigue crear un vínculo emocional con él. La utilidad de Jeanne es puramente un servicio, de la misma manera que con todas las relaciones que mantiene con los hombres de su entorno. Un servicio que puede pasar por alimentarlos, por darles placer sexual o simplemente por echarles un ojo para que nada les ocurra, como es el caso del bebé.

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Vista del dormitorio des del recibidor

La segunda figura masculina son los tres clientes. El primer cliente lo percibimos como un encuentro banal: lo acompaña a la puerta, enciende la luz, le da su chaqueta, le ayuda a ponérsela, espera a que le dé su dinero, se despide, mete el dinero en el jarrón del comedor, se limpia y luego continua haciendo la cena. El segundo cliente claramente disturba a Jeanne: sale despeinada de la habitación, acompaña al cliente a oscuras a la puerta, le da la chaqueta a oscuras, enciende la luz mientras él se pone solo la chaqueta, con cierta rapidez él le da el dinero, él se despide, ella mete el dinero en el jarrón pero no lo tapa, se limpia pero cuando va a la cocina a continuar la cena se encuentra que las patatas están pasadas. La rutina de aquella noche resulta completamente caótica para la metódica Jeanne y todo resulta tardío, extraño e incómodo. El tercer cliente es presentado directamente en el dormitorio. Por primera vez la vemos trabajar y precisamente es violada. Tras el acto, ella aparentemente desea que se marche y se viste con cierta rapidez pero él sigue tirado en la cama. Es en ese momento, cuando agarra unas tijeras que dejo con anterioridad en el tocador y lo apuñala.

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La mesa preparada y el dinero en su sitio

Los clientes ejemplifican la forma en que consigue mantener su familia tras la defunción de su marido. Como se menciono con anterioridad, las relaciones que mantiene Jeanne con los hombres son puramente de servitud. Sabe exactamente cómo cuidar de ellos, pero claramente hasta que apuñala al tercer cliente, observamos una Jeanne que no consigue tener una vida propia (A Room of One’s Own como dijo Virgina Woolf) sino una vida dedicada a estas figuras masculinas que entran y salen de su casa pero que ni se dignan a interaccionar con ella. La presencia de Jeanne como cuidadora no solo lo vemos a través de la forma en que ellos la tratan, sino como ella actúa hacia si misma. Desde el café que frecuenta, hasta el regalo que espera de su hermana. Ambos elementos acaban siendo alterados: en el café una mujer (de apariencia masculina) se sienta en su sitio y su camarera de confianza no está, y el regalo de su hermana tarda en llegar y cuando por fin lo tiene lo guarda debajo de la cama donde minutos después será violada.

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La cama preparada y unas tijeras en el tocador

La última figura masculina a analizar es Sylvain, él hijo de Jeanne. Nuestra protagonista solo interactua con él a primera hora de la mañana para prepararle la ropa y el desayuno, despertarlo y darle el dinero que necesitará aquel día; y luego por la noche para cenar con él, ayudarlo con sus estudios, hacerse compañía mutuamente, salir a dar un paseo y darse las buenas noches. La presencia de él resulta tan de paso, que no tiene ni habitación propia: duerme en el sofá cama que se pliega y despliega cada día. Su relación tiene un carácter frío pero Sylvain es el único que parece ver a Jeanne: tras el segundo cliente, él le dice que tiene el pelo despeinado o que se ha abotonado mal la bata. Pero a parte de estos elementos totalmente extraños en Jeanne, su hijo no le pregunta como le ha ido el día o parece tener algun interés en su madre a parte de lo que tiene relación con él. Después de ayudarlo con sus deberes sabemos que escuchan la radio mientras él lee y ella le cose un jersey. El día del segundo cliente Jeanne no pone la radio y él le pregunta: “¿Esta noche no escuchamos la radio?” No se levanta a encenderla él, o pregunta por qué no la escuchan. Jeanne se levanta a encender la radio tras ser recordada su función aquella velada, pero la canción ya está acabando.

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El café con gusto raro

Sylvain es la persona a que Jeanne dedica su vida, sus cuidados y sus afectos. Y aun así, ella tiene que recordarle que no se lee en la mesa. Casi como una súplica para que le hable, para que la escuche. La dinámica entre madre e hijo es la ejemplificación del rol de Jeanne dedicado a estas figuras masculinas, que no la cuidan o piensan en ella fuera de sus intereses (como la camarera del café que frecuenta o su hermana). Jeanne se esfuerza metódicamente en cuidar de ellos, pero cuando recibe el regalo de su hermana y minutos más tarde es violada por su cliente, todo pierde sentido. La penitencia de mantener a su hijo a cambio del silencio o indiferencia que le proporciona no vale la pena. Una vida dedicada al cuidado de otros le resulta absolutamente insulsa y deshonesta. Como un café con gusto raro. E igual que el café, lo re-hará y modificará hasta que le sepa bien.

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