Diamantes, necrofilia y fetiches: historias de amor y farándula del arte contemporáneo

Barragán - Ursula Bernath

Retrato de Luis Barragán, fotografía de Ursula Bernath.

 

La primera vez que vi la obra de Jill Magid en persona, en abril de este año 2017, no hice la conexión con lo que contaré más adelante. Era un video-performance en una exposición en Berlín, en el C|O,[1] sobre las medidas de seguridad y la supervisión informática. Un tema muy interesante que quedaba a deber en aquella pobre exposición. No obstante, y curiosamente, el trabajo de Magid fue de lo poco que me agrado en la muestra. Ese viaje era especial para mí a nivel afectivo y es quizá por eso que me sentí particularmente interpelado por la obra de la artista estadounidense.

La pieza se intitulaba Evidence Locker y se trataba de un romance. Era entre el operador de una cámara de seguridad y la artista. Había comenzado con unas cartas románticas y algunos encuentros breves, y había tomado forma con un video sobre la confianza ciega que hay en los amores asentados. La cámara, la seguridad y protección, dictaba a Magid una serie de instrucciones para desplazarse ciegamente en las calles de Liverpool. Ella, con los ojos cerrados, hacía lo que le dictaba la voz del operador: caminar hacia delante, detenerse, volver a empezar, mantenerse de pie, sentarse, caminar de nuevo, etcétera.

Sin conocer a fondo el trabajo de la artista me pareció una pieza contundente y clara, algo que seguido falta en el arte contemporáneo y sobre todo en el conceptual. Con este performance Magid transformaba la relación en la que se basa la confianza del ciudadano en el Estado, haciendo alegoría de las relaciones amorosas donde el ideal es ser capaz de depositar, con toda libertad y seguridad, la integridad misma en las manos de un ajeno. Me pareció una historia real y honesta donde Magid lograba mostrar la vulnerabilidad a la que quedas expuesto frente al otro cuando estás enamorado o simplemente vives en una sociedad contemporanea. Hasta aquí todo bien.

Evidence Locker

Captura del cortometraje Trust de la obra Evidence Locker de Jill Magid.

 

Jill Magid trabaja sobre las relaciones intimas con organizaciones y estructuras de autoridad. Se involucra en trámites burocráticos donde encuentra procesos o situaciones que implican una tensión emocional, filosófica y legal entre individuos y instituciones que se denominan protectoras del orden y la seguridad ciudadana. La artista subraya la importancia de que todos sus procesos se enmarcan dentro de la legalidad porque su propósito es poder traducir esa misma experiencia en su arte. Magid transforma el proceso en una relación amorosa que pasa por diferentes momentos y canales de comunicación, y que finalmente se concreta en un performance. Sus procesos implican un orden y una manera de proceder muy tradicional en el cortejo: cartas, cenas y finalmente una declaración, una propuesta.

En 2012 Magid fue comisionada para hacer un trabajo sobre México, donde conoció el trabajo del arquitecto mexicano Barragán y se interesó particularmente por el devenir de su archivo profesional. Barragán es uno de los símbolos de la arquitectura moderna mexicana particularmente conocido por trabajos como la remodelación del convento de las Capuchinas, la creación de los monolitos de Satélite en el Estado de México en colaboración con Mathías Goeritz, la cuadra San Cristóbal, la Casa Gilardi o su misma casa-taller en la Ciudad de México, que fue nombrada patrimonio de la UNESCO en 1992. Es el único mexicano en haber ganado el Premio Pritzker, el cual recibió en 1980.

Sin embargo, tras su muerte en 1988, el legado del arquitecto ha dado una par de giros inesperados. Contar la secuencia de sucesos resulta un poco complicado porque existen múltiples versiones que terminan todas en un mismo resultado. Lo explicaré brevemente pero invito al lector a consultar algunos artículos que propongo para tener una mirada más amplia sobre los hechos. El archivo profesional, junto con los derechos de autor fue heredado a su socio, el arquitecto Raúl Ferrera. Este se suicidó trágicamente en 1993, colgándose frente a la casa de Barragán, después de varios años demandado a empresas que habían hecho mal uso de los derechos de autor que había heredado.

El legado del arquitecto pasó a manos de la viuda de Ferrara, Rocío Uranga quién lo puso en venta. Tanto el Instituto Nacional de Bellas Artes, como el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, acompañados por la Fundación de Arquitectura Tapatía presionaron al Gobierno para que convirtieran el acervo de Barragán en patrimonio nacional.[2] Lamentablemente el mercado ganó la partida y el archivo fue adquirido por el coleccionista neoyorquino Max Protetch.

En 1994 la pareja entre Federica Zanco, una historiadora de arquitectura, italiana, y su novio Rolf Fehlbaum, un suizo a la cabeza de la empresa Vitra, compraron el archivo, por el que pagaron alrededor de 3 millones de dólares. Existe el vago rumor que la compra fue la propuesta de matrimonio del suizo a la italiana pero la pareja lo niega. Unos años más tarde adquirieron, en otro giro polémico, el archivo fotográfico de Armando Salas Portugal que reunía el registro fotográfico de la obra de Barragán haciéndose así con la gran mayoría de los derechos del arquitecto.

Federica Zanco fundó entonces en Birsfelden, Suiza, The Barragán Foundation con el fin de estudiar los más de 15 000 bocetos, planos, diseños y fotografías del arquitecto tapatío. Desde entonces, hace ya más de veinte años, el archivo de Barragán a permanecido privado al público tanto académico como general. Zanco justifica la restricción a los archivos bajo pretexto de estar realizando un catálogo que recopile la obra de Barragán. Es una historia trágica – una más – sobre la falta de preservación del patrimonio nacional por parte del Estado Mexicano, así como una historia de hermetismo institucional absoluto – permitida por el mercado del arte – en el que el gran perdedor es siempre es el público.

Cuadra San Cristobal - Barragán

La cuadra San Cristóbal de Luis Barragán.

 

Magid quiso intervenir la situación cuestionando el porvenir de un legado que quedó extraviado y expropiado en un país extranjero. Quizá no había una mala intención en su proyecto sino unas interrogativas potentes y propositivas que quedaron enterradas por la polémica de una pieza en particular y su proceso creativo.

Fue un proceso largo al estilo propio de la artista. Las mejores historias de seducción son las que cuestan. Comenzó con unas cartas a Zanco para abrir el terreno y comenzar a generar cuestionamientos. Primero pidió acceso al archivo pero este le fue negado. En un segundo intento invitó a la coleccionista a participar con piezas del archivo en la exhibición. La respuesta no sólo fue negativa sino que advirtió a Magid sobre los posibles riesgos respecto a los derechos de autor. El rechazo siempre es el mejor condimento de la obsesión.

Después de una muestra de Magid donde se expusieron algunas diapositivas de Barragán y el desarrollo de su proyecto, incluidas las cartas intercambiadas con Zanco, el periódico The New York Times[3] recogió el suceso haciendo un retrato algo mezquino de la coleccionista italiana. De ahí, Magid y Zanco retomaron la comunicación por la vía escrita de manera más amigable. La coleccionista agradeció a la artista porque según ella, se sentía menos sola en su fascinación por el arquitecto tapatío.

Ya en este punto es imprescindible recordar el modus operandi de Magid y la particular retórica de sus trabajos. En esta historia existen tres actores: Federica Zanco, la enamorada, el archivo de Barragán, el amante, y Jill Magid la amante intrusa. Aquella exposición no era más que el preámbulo del verdadero acto y es aquí donde el asunto alcanza nuevas dimensiones de pocos precedentes. Para entender la problemática y la intención de esta crítica hace falta analizar la producción de este proyecto más allá de la figura de Magid, quién de pronto parece el chivo expiatorio en una polémica mucho más allá de una acción performática.

Comenzó todo en el San Francisco Art Institute que fue quien comisionó a Magid a realizar el proyecto en México. La producción del proyecto cuenta incluso con un tráiler[4] y una entrevista a la artista en Artforum[5] donde explica sus motivos y su metodología. Magid realizó numerosos viajes a México donde visitó las obras de Barragán y se puso en contacto con la Casa Barragán. Curiosamente la galería que representa a la artista en el país se sitúa frente de este museo y en esos momentos Magid tenía dos exposiciones en territorio mexicano. Meras coincidencias.

El juego de seducción continuó. Un par de guiños, unas sonrisas ingenuas y unos susurros al oído. La colaboración y influentísimo que hubo entre el SFAI y la FAT implicaba más que una historia de amor, el preámbulo de una orgía. Las instituciones mediante la artista sacaban a la luz un triste y viejo episodio de la mala administración cultural en México y de paso creaban un producto mediático fabuloso. La forma, paradójicamente, no era importante pero si lo era el resultado y en el amor y la guerra, todo hoyo en trinchera.

Después de unas semanas de romance había que dar el siguiente paso en la relación. La compostura y los principios aparentes son importantes en los protocolos maritales, sobre todo en los estratos más exclusivos de la sociedad. En tiempos decentes el cortejo se llevaba con sumo cuidado pero los tiempos han cambiado, están lejos de ser decentes, y además el tiempo se han convertido en dinero. Mediante la FAT, Magid se puso en contacto con la familia del arquitecto para hacerles llegar su propuesta. Se organizó una cena romántica, con unas cuantas copas de vino y una que otra pregunta indecorosa. La artista obtuvo la bendición de la familia y se preparó para ejecutar su última pieza The Proposal.

Jill Magid convenció a los familiares de Barragán de exhumar sus cenizas, que se encuentran la Rotonda de los Jalisciences Ilustres – un sitio público – , con el fin de retirar una porción de 500 gramos y posteriormente convertirla en un diamante de 2,2 quilates. La finalidad era ofrecer este diamante como un anillo de compromiso a Federica Zanco y proponerle un intercambio: el cuerpo de Barragán, su amante, por su archivo profesional.

the proposal

El diamante de Barragán. The proposal de Jill Magid.

 

Juan Villoro, escritor mexicano, calificó la propuesta como un trueque necrófilo y un grotesco reciclaje[6]. Un sinfín de personajes del medio del arte mexicano salieron a denunciar la obra de Magid como una afrenta a la ética popular.[7] No era de sorprender que semejante acto levantara las cejas de algunos muchos en el país de las fosas humanas clandestinas y los desaparecidos. México tiene una crisis humanitaria y eso es de dominio público ¿cómo esta pieza no iba a acabar en medio de la polémica? Todavía más, bajo un Gobierno que se caracteriza por su corrupción ¿cómo la pieza de Magid – que pese a estar enmarcada en la legalidad no deja de hablar de un influentísimo asqueroso – no iba a indignar a un sector de la sociedad?

La polémica se incrementó aún más cuando se anunció que se presentaría en la Ciudad de México y más precisamente en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, es decir en una casa de conocimientos y pero sobre todo cuestionamientos. Vino un vendaval de críticas de todos sectores, tanto a la institución como a la artista, por osar presentar semejante pieza cuyo proceso era tan lamentable. Sobra decir que antes de la inauguración en el MUAC, la fama de la pieza de Magid ya era casi mayor a la del arquitecto. A día de hoy, buscar Barragán en Google da como resultado en la primera página el mismo número de artículos sobre el trabajo de la artista que sobre el arquitecto.

Cuando Federica Zanco, la gran amante de Barragán, se entrevistó con Magid se equivocó en decir que México era la tierra del realismo mágico. Este nació en Colombia pero ello no le quita un gramo de irrealidad al territorio mexica que es el de la ficción y de la novela. Quizá de la telenovela sea más preciso. Nos gustan las cosas emocionantes y apasionadas, llenas de morbo. Aviones que caen del cielo en medio de la ciudad, futbolistas que se convierten en alcaldes y gobernadores se fugan cotidianamente con el erario público.

No nos gusta el orden, nos gusta la especulación y el criticismo despiadado. Presidentes incapaces de nombrar cinco libros que hayan marcado su trayectoria y si logran balbucear más de tres la Biblia está incluida. Narcotraficantes que se fugan de prisiones de máxima seguridad en cestos de ropa sucia o túneles meticulosamente planeado al más purísimo estilo de los Dalton. Cosas de las que todo el mundo pueda hablar, cosas tangibles que creen un vínculo con nuestra realidad. Historias de desaparecidos, periodistas asesinados, fosas humanas, descuartizados y desollados se vuelven cosas cotidianas y casi diría de poco interés. Nos gustan las historias de héroes y villanos llenas de estereotipos de clase donde los amores imposibles finalmente no lo son. Es quizá por ello que Magid y sus colaboradores se interesaron particularmente por México.

Más allá de lo ético o lo moral, de lo privado y lo público, del influyentismo bajo auspiciado por la corrupción de las instituciones culturales mexicanas o de la falta de cuidado sobre el patrimonio nacional, en lo personal el trabajo de Magid me deja un tanto escéptico y tímidamente emocionado. No por la forma sino por el resultado, al que no me refiero materialmente. Me sorprende la esfera mediática que en vez de repercutir sobre estos comportamientos institucionales los vuelve parte de la farándula del arte y su mercado. La pieza se convierte verdaderamente en un fetiche, más por el morbo alrededor que por el mismo acto, y gana un enorme poder de expectación y la tan querida especulación del capitalismo. Es un retrato de la capacidad del capitalismo de vender el morbo de nuestras sociedades.

Hace unos meses leí un texto de Jorge Luís Marzo[8] que hablaba sobre cómo los canales de comunicación entre el artista y el público de la vanguardia se han distanciado con la progresiva incorporación del arte al sector económico. El trabajo del artista requiere cada vez más y más de agentes externos para fungir como traductores de discursos artísticos. Esta situación nos dirige a que el discurso del artista queda por un lado sujeto a la institución y por el otro que el lenguaje se hace cada vez más codificado hacia un sector “culto” de la población. En su texto, Marzo apunta algunas experiencias vía los canales audiovisuales que han experimentado con otro tipo de mecanismos para hacer posible la incorporación del público a la pieza de arte. ¿Qué es el arte sin el público? ¿Es el público parte de la obra de arte? ¿Cómo incorporar al público a la experiencia artística?

La pieza de Magid – así como el aparato institucional que detrás de ella yace – me parece un claro ejemplo de cómo hacerlo mediante los mecanismos del mercado del arte contemporáneo y su coalición con las instituciones públicas y sus actores. Más allá del trabajo concreto de Magid, lo que hay que observar aquí es el modus operandi para revalorizar figuras olvidadas, artistas contemporáneos, instituciones públicas y situaciones fetiches. Finalmente, la grandes derrotas de la vanguardia se han dado por su capacidad de generar sentimientos de empatía como toda revolución, espacios comunes. Ahora el mercado del arte capitalista, que todo ve y todo absorbe, no tiene la necesidad de artistas vanguardistas para dinamizar el aparato pues lo puede crear por si mismo. La propuesta de Magid quede abierta para Zanco los próximos tres años. ¿Qué pasará en unos más? ¿Se venderá? ¿Volverá a México?

Zanco rechazó la propuesta pero accedió a conocer a la artista y incluso le permitió acceder brevemente al archivo. En un artículo en The Newyorker[9], Alice Gregory expone algunas de las inquietudes que compartió la coleccionista italiana con Magid sobre abrir el acceso al acervo de Barragán. Ella insiste en que teme que Barragán se convierta en otra Frida Kahlo; reducida a un objeto banal y decorativo. Sin embargo, sus temores se materializaron literalmente. Quedará siempre en el recuerdo del arquitecto Barragán que sus cenizas se vulgarizaron en una performance colectiva y melodramática, y que parte de sus restos son ahora un diamante de 2,2 quilates. Si la labor del arte es crear puentes con la realidad y generar cuestionamientos, la propuesta de Magid definitivamente lo hace. Quizá no nos guste el fondo y por supuesto no la forma pero definitivamente nos provoca algo. ¿Es The Proposal una verdadera obra de arte?

Amores, cenizas y necrofilia me recuerdan a unas coplas populares mexicanas que sí son de amor genuino y indudablemente son un obra de arte. Me quedaré con ellas:

 

Si me muero, de mi barro

hágase, comadre, un jarro;

si de mí tiene sed, en él beba:

si la boca se le pega,

son los besos de su charro.

 

 

[1] Watched! Surveillance, Art & Photography. C|O Berlin. Disponible en: http://www.co-berlin.org/en/watched-surveillance-art-photography-0 [consulta: 27 de mayo 2017]
[2] Adriana Malvido, 1998. Poeta del Espacio. La Jornada. Disponible en: http://www.jornada.unam.mx/1998/03/10/barragan.html [consulta 27 de mayo 2017]
[3] Ken Johnson, 2013. Jill Magid “Woman with sombrero”. The New York Times. Disponible en: http://www.nytimes.com/2013/11/29/arts/design/jill-magid-woman-with-sombrero.html?mcubz=0 [consulta: 27 mayo 2017]
[4] The Proposal Trailer, 2016. San Francisco Art Institute. Video disponible en: https://vimeo.com/176491394 [consulta: 27 de mayo 2017]
[5] Jill Magid on The Proposal, 2016. Artforum. Video disponible en https://www.artforum.com/video/id=63141&mode=large&page_id=0
[6] Juan Villoro, 2016. Anillo de compromiso. Etcétera. Disponible en: http://www.etcetera.com.mx/articulo/Anillo+de+compromiso/48004
[7] Daniel Garza-Usabiaga, 2017. Una carta a Jill Magid, por Daniel Garza-Usabiaga. GASTV. Disponible en: http://gastv.mx/una-carta-a-jill-magid-por-daniel-garza-usabiaga/ [consulta: 27 de mayo 2017]
[8] Jorge Luis Marzo. Se sospecha de su participación. Ignasi Duarte (coord.), Roger Bernat (coord.). Querido público : el espectador ante la participación. Editorial Centro Párraga CENDEAC. Murcia. 2009.
[9] Alice Gregory, 2016. The Architect Who Became A Diamond. The Newyorker. Disponible en: http://www.newyorker.com/magazine/2016/08/01/how-luis-barragan-became-a-diamond [consulta: 27 de mayo 2017]

 

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