Casi quemo el campanario…

Por Raúl Páez Rodríguez

El fuego es el elemento que todo lo anima, a quien todo debe su ser, principio de la vida y la muerte, de la existencia y la nada, obra por si mismo, poseyendo la fuerza de la realización.
Reynier. (1787).

El fuego es la luz, la destrucción, la pasión, lo consumido, la ascensión,  la ceniza, lo cálido, la vitalidad, el dolor, el sexo, el amor y la muerte.

Le robábamos mecheros y cerillas a mi abuelo, en el comercio no nos vendían. Después nos íbamos a dar tumbos por el pueblo y acabábamos en la estación haciendo hogueras en la vía del tren. Esperábamos a la salida del túnel a que pasara el Talgo a las 16:30 y arroyara la hoguera. Tendría unos 12 años.

Estábamos obsesionados con el fuego.  Lo único que hacíamos era experimentar, ver cómo reaccionaba el fuego con diferentes materiales. Le tirábamos alcohol, aguarrás, gasolina, plástico, madera, uralita, hacíamos cócteles molotov, dejábamos rienda suelta a ver qué animaladas se nos ocurrían. Eran mediodías de verano aburridos, no había adultos en la calle hasta las seis de la tarde, los viejos echaban la partida en el bar tomando carajillo, y los demás echaban la siesta. Siempre entrábamos en el campanario de la iglesia, una iglesia barroca del siglo XVIII con influencias estéticas galaico-portuguesas,  la iglesia de San Mamés, en el pueblo de Lubián. Tenía una escalera de caracol para subir hasta arriba, grabábamos películas y nos montábamos historias inspiradas en la época medieval. Aquel campanario también era el punto de reunión dónde se fumaban los primeros pitillos, las primeras borracheras o los primeros encuentros sexuales de la pubertad.

Ruben y yo teníamos una fijación muy fuerte por el fuego queríamos hacer una historia relacionada con el descenso al infierno y decidimos incendiar todos los escalones de arriba abajo. Cogimos paja seca y gasolina de la motosierra de mi abuelo, pusimos la paja seca en cada escalón y la humedecimos con gasolina. Después subimos arriba del campanario con las cantimploras que llevábamos en las bicis llenas de agua, arriba habían unas vistas magníficas de todo el valle, esperamos unos minutos, nos decidimos y dejamos caer una servilleta encendida en el primer escalón. Aquello empezó a arder que daba gusto y salía un humo muy negro. Tocamos las campanas enérgicamente (la campana grande tocada de esa manera significa alerta de fuego). El campanario parecía la chimenea de un tren. Entonces bajamos corriendo por las escaleras tirando agua, pero aquello no se apagaba, recuerdo tragar mucho humo y ponernos muy nerviosos, sentir el calor en las pantorrillas y ver la cara de Ruben iluminada por el fuego.

Cuando salimos estaban los viejos gritando ‘’me cago no rapaz de dios’’, ‘’que fixisteis animais’’ salimos corriendo por los prados, nuestras caras estaban negras, estuvimos toda la tarde escondidos fuera del pueblo, con una sensación de euforia. Sabíamos que lo que habíamos hecho era algo fuerte pero no le dábamos mucha importancia. Lo peor fue cuando el sol empezó a caer y había que volver a casa. La reacción de nuestros padres fue tremenda, entre gritos y castigos. Al día siguiente nos fuimos a comprar un Frigo Pie al bar y los viejos nos miraban de reojo, hacían comentarios medio en broma, ‘’xa andan por aquí os pirómanos, ándate con ollo non te quemen o bar, Javi’’ (como si los viejos no fueran los que provocan la mayoría de los incendios forestales en Galicia, cuándo se les va la mano quemando rastrojos. Y es que a ellos también les hipnotiza el fuego).

Aquel mismo día pasamos por el ‘’Teleclub’’ una especie de bar montado en una casa abandonada con billares y futbolín dónde estaban los jóvenes, escuchando Rock and Roll, Reggae y Punk. Tenían las paredes pintadas con dibujos y locuras, nunca nos dejaban entrar, porque éramos los pequeños. Nos gritaron desde dentro para que fuéramos, nos recibieron como héroes y nos invitaron a chupitos de licor café, les hacía gracia nuestra hazaña loca. Rubén y yo estábamos flipando y siempre recordamos esta historia cuando nos reencontramos.

En cuanto a la iglesia no le pasó nada, el cura nos dio una charla de reflexión, era un cura medio budista y que nos enseñaba a tocar la guitarra. Se quitó de cura con los años. Actualmente el obispado de la región trata diferente la iglesia, el campanario está cerrado y se ha reformado todo el interior y exterior, han instalado unos altavoces en el campanario que retransmiten la misa en directo cada domingo, se escucha a las viejas de fondo cantar. Se hace más difusión y se le da visibilidad para los peregrinos que pasan por el pueblo durante todo el año. Es extraño, ahora parece más una empresa, incluso el cura actual es más conservador, aunque haga viajes un tanto extraños con su Citröen C4 a altas horas de la madrugada y a veces aparezca el coche aparcado en según que sitios.

Desde la mirada inocente de un niño el fuego era algo mágico e hipnótico, nos hacía sentir poderosos y supongo que en lo que más nos fijábamos era en su capacidad destructiva y lo espectacular que puede ser.

Ahora con perspectiva y con el paso del tiempo en el fuego advierto la dualidad de un símbolo. Nuestra relación con este elemento es de lo más contradictoria, nos puede hacer sentir protegidos y acogidos (velas, antorchas, lumbre) a la vez que puede hacernos sentir amenazados y sin escapatoria (incendios, explosiones). Es una fuerza que podemos controlar pero que se puede revelar en cualquier momento, causando la destrucción, el dolor, el consumo y la muerte.

El fuego es partícipe del carácter humano más allá de las posibilidades tanto negativas como positivas que tiene como elemento físico. El fuego juega un papel importante a nivel simbólico, cargado de significados relacionados con la esencia humana, lo social y lo espiritual.

El fuego se interpreta simbólicamente como el motor que intensifica la capacidad de creación, la pasión y el deseo que son características de la libido humana, impulsan a la motivación. Como se demuestra estas propiedades pueden inducir a la destrucción cuando se llevan al extremo y es que el fuego se enciende muy rápido y se extiende con fuerza, pero cuando se hace el intento por frenarlo a veces es demasiado tarde.

Estoy muy vinculado con el fuego, muchas de mis experiencias y de las tradiciones culturales que he asimilado a lo largo de mi vida giran en torno a este elemento. Mi familia es de origen gallego, en la cultura celta el fuego es un componente muy importante y siempre aparece de alguna forma. En muchos de mis trabajos lo utilizo para materializar los resultados finales. El fuego se convierte en una agresión visible en la obra. Busco que las piezas queden afectadas y corrompidas por el fuego pero de una manera sutil, con la intención de que queden rastros de su origen.

Como se ve en la imagen de portada, hay un cubo de metacrilato que contiene agua, en ese agua tiré disolvente y lo encendí. Una bandera neutra sin símbolos es quemada. Como está compuesta de poliéster el plástico se va fundiendo cae en el cubo y queda en el fondo del agua. Representa el proceso de transformación de los materiales y la desaparición de un símbolo.

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