Basurologías

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Por Toumani Cámara.

Estudio autocrítico de la relación contemporánea con la basura y la contaminación del espacio público. Una historia de rechazo, negación y hipocresía.

Después de ser rechazado a la entrada de una discoteca – con una justificación vaga, por supuesto ajena a cualquier tipo de discriminación – me separo del resto de personas aceptadas en dicho local. Mientras recorro las calles del barrio Gótico, en dirección al Raval, me encuentro con los estragos que implica casi cualquier noche en el centro de esta ciudad: la basura del paso humano, de la supervivencia y del despilfarro, que se vierte en ese lugar de tránsito anónimo que es el espacio público. Me llegan diferentes olores de los cuales por lo menos la mitad son asquerosos: lo normal de lugares de turismo, fiesta y abandono.

El rechazo me hace sentir como basura: como algo despreciable y desechado, negado de mi calidad como parte perteneciente a la sociedad. Me pregunto por las cosas que veo tiradas en la calle que, como yo, quedan exiliadas en medio de todos y vertidas en ese espacio que se supone pertenece a todos pero no pertenece a nadie o más bien parece pertenecer al Estado. ¿Quiénes son los autores anónimos de este abandono? ¿Por qué este es el lugar para tirar estos objetos? ¿Por qué algo privado se abandona en lo público? ¿Y por qué lo público se convierte en privado?

I. Basura histórica

La relación contemporánea de la sociedad occidental con la basura es resultado de una evolución en la que la humanidad ha experimentado cambios puntuales que han catalizado sus capacidades y que lo han llevado al modo de vida urbano de hoy. El cambio del nomadismo al sedentarismo marcó el comienzo de la acumulación de desechos. El ser humano pasó de caminar el mundo sin arraigo a vivirlo y experimentarlo a través del tiempo constatando así su presencia y su impacto en él. Enterrar la basura fuera del núcleo de la civilización es una práctica remota que respondía a la necesidad preventiva de alejar los inconvenientes ocasionados por los desperdicios de aquellos tiempos: animales carroñeros cerca de la sociedad, plagas como ratas o moscas, el mal olor y el posterior descubrimiento de los desechos como fuentes de enfermedad.

La palabra basura proviene de la deformación del verbo latín versura que se refiere al resultado de la acción de limpiar o barrer. Se refiere a toda materia desaprovechada y que carece de uso; que ya hemos usado y no necesitamos más. Es una palabra llena de desprecio; recurrimos a ella para calificar descalificando. Se refiere a lo que está sucio o que ensucia; lo vil o despreciable; lo que no queremos cerca porque nos agobia, nos da asco. Su presencia nos indigesta pero es imperativa en el orden orgánico que rige nuestra existencia.

Los primeros registros de vertederos municipales se encuentran en la antigua Atenas donde quedaba estipulado en la ley que tirar la basura dentro de las calles de la ciudad quedaba absolutamente prohibido. Otro cambio radical de estas épocas es el comienzo de la pavimentación de las calles que hacía la absorción de productos orgánicos por el suelo más complicada. En la antigua Roma encontramos los primeros grandes problemas de contaminación urbana así como las primeras medidas para combatirla: un ejemplo es la construcción de la cloaca maxima.

La Era moderna y la Revolución Industrial – que marcan las bases políticas e ideológicas así como el desarrollo económico de esta sociedad de producción y consumo – llevó el problema de la basura y la alienación del ser humano con respecto a ella a un nuevo nivel. Hoy en día se cuenta con un sistema hidráulico cuya función es evacuar sistemáticamente todo desperdicio generado por nuestro cuerpo. Su destino final es una imagen abstracta de tuberías subterráneas cuyo desembocadero nos escapa. La ciudad ofrece un sistema de recolecta que va de los hogares a lugares etéreos que llamamos vertederos, situados en algún lugar remoto a la aglomeración y que nunca cruzamos. Entendemos que nuestra relación con estos desperdicios termina en el instante que los calificamos como tales y nos deshacemos de ellos. Desechar en el espacio público no es tan diferente en mentalidad como desechar en el espacio privado. Tirar la basura es un acto tanto de liberación como de negación.

II. Basura del capital, la ética y lo público

El espacio público a día de hoy significa dos cosas. Por un lado es la esfera humana donde comunicamos entre individuos y con cada acción e interacción creamos algo nuevo con un sinfín de probabilidades. Por el otro es la concreción física de lo que el Estado pretende representar: una esfera de coexistencia pacífica y armoniosa, completamente homogénea, donde toda diferencia entre individuos queda borrada dentro de un discurso “incluyente”.

Esta mentalidad de Estado – desarrollada desde el siglo XVIII en el ideal de una sociedad burguesa – diverge completamente con el primer significado donde el espacio se construye a través de la fuerza de la diversidad y la comunicación. Las reformas éticas del capitalismo se plasman en un discurso “cívico” donde se usa un sentimiento común para condenar comportamientos en un juicio viciado – más basado en dobles morales que en ideas – por intereses económicos que privatizan el uso y acceso a espacios comunes.

La amenaza de estas retóricas se traduce en la figura de un ciudadano ideal y de mecanismos de censura en lo que se refiere a la basura. Las metrópolis cosmopolitas como Barcelona cuentan con un servicio de gestión de limpieza y residuos casi omnipresente cuyo fin es esconder de manera constante y medianamente efectiva el despilfarro del flujo humano – más bien económico – que pasa por las calles de la ciudad. Su finalidad es mostrar esa imagen de ciudad moderna, limpia y habitable, apetecible al inmenso negocio del turismo. Por otro lado, se adoctrina a la población mediante campañas de “conciencia ambiental y civismo”, recordándole la necesidad de su implicación en el asunto.

Sin parar ahí, una de las grandes habilidades de este sistema es su capacidad de transformar las discusiones públicas en asuntos privados y explotables. La crisis ambiental se convierte en un nuevo negocio donde “orgánico” se convierte en “plusvalía”, “reciclado” en “valor agregado” y “ecología” en “mercado”. La figura ideal es el ciudadano “ecológico” que consume marcas “eco conscientes”, evidentemente accesibles sólo para cierto estrato social, y libra así su cuota de penitencia.

III. Basura hipócrita

Mientras camino no me da asco lo que veo o lo que huelo sino la hipocresía que abunda en el terreno de la ciudad y su ciudadanía, donde todo lo que parece importar es la acumulación de capital y la apariencia que ello permite. Si bien las causas son muy variadas, la contaminación urbana muestra el rechazo y el abandono de un espacio en el que el ciudadano no puede identificarse como parte de. Tirar la basura en la calle me parece despreciable – no lo niego – pero frente a la autoridad intransigente, defensora de la dignidad aparente que proyecta el ideal de una sociedad privada y burguesa, a veces el acto más simple de rebeldía es contribuir a la contaminación del espacio público como un acto político.

Contaminamos porque estamos ahogados en los dogmas económicos y su cultura colectiva que es todo menos cultura. No queremos tematizaciones ni políticas de “higienización”, estamos hartos de la gentrificación y sus privatizaciones. Necesitamos espacios abiertos a la diversidad así como individuos que aboguen por ella. Un sistema que valore la calidad humana y no las capacidades económicas. Hace falta reconstruir ese tejido social del barrio y esa relación durable – y perdida – con los objetos materiales. Tomar las riendas y dejar de abatirse ante ese monstruo que nosotros hacemos imbatible y llamamos capitalismo. Tenemos que dejar ese hábito milenario de esconder lo que desechamos – porque la basura es y siempre será parte de nuestras vidas – y comenzar a barrer ese discurso “ético” e hipócrita – que venera “dignamente” los pilares de un sistema democrático bastante insulso y negado a la diferencia – con acciones. A ese discurso y los que lo solapan – en versos de Mario Benedetti – sólo les pido una cosa:

no me ensucie las palabras
no les quite su sabor
y límpiese bien la boca
si dice revolución.

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