EDUCAR Y MULTAR

Por Maylis Ayats.

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Al entrar en del metro de Barcelona, caminando entre una masa de seres que evitan entre ellos todo contacto visual o físico, preocupados por sus vidas, suena por megafonía una voz masculina, tan cercana como paternalista. Sus “consejos” varían según el momento: Està prohibit baixar a la zona de vies, El carterista espera una distracció per endur-se allò que es teu, etc. Finalizando cada una de sus intervenciones con la siguiente petición: Civisme al metro, si us plau.

Ahora bien, volvamos a la masa de seres que se evitan ya que este mensaje se dirige directamente a ellos aunque parezcan no prestarle mucha atención. ¿Quiénes son? Como es bien sabido, Barcelona es una ciudad en contínuo cambio, cosa que a menudo les ocurre a las ciudades. Estos cambios sociales y políticos a través del tiempo se hacen visibles en lo que se denomina comúnmente como espacio público. Así lo anunciaba hace once años en la exposición de motivos de la ordenanza cívica que aprobaron el PSC, ERC i CiU en el año 2006 de la mano del alcalde Joan Clos. Por aquel entonces, el discurso político hablaba de herramienta efectiva para hacer frente a nuevas situaciones y circunstancias que pudieran afectar la convivencia ya que textualmente: estamos en un mundo cada vez más globalizado. Un texto que pretendía ser fiel al modelo de sociedad Barcelonesa Aunque para empezar ¿Hay un modelo de sociedad Barcelonesa? ¿Lo había once años atrás? ¿Ha cambiado este modelo o el poder de la ordenanza consiguió preservarlo?

Si por un lado tenemos al poder, dictaminando cuáles eran y han de ser los comportamientos en el espacio público en el otro nos encontramos con la figura abstracta y compleja del ciudadano. Aquél que no presta atención a la megafonía del metro. La relación entre poder y ciudadano se articula en el espacio público de la siguinte manera: Todos, en cuanto que usuarios de la calle estamos sujetos a una normativa que pretende que seamos “cívicos”. Y lo que entendemos como cívicos, lo aprendimos en casa y también en la escuela, en base a asignaturas como “educación para la ciudadanía” o con campañas institucionales de promoción de la convivencia.

La figura del ciudadano es la pieza fundamental del espacio público y la convivencia y el civismo son los grandes pilares que supuestamente ayudan a que las ciudades sean lugares seguros, limpios, y libres de delito o de comportamientos “indeseados”. Sin embargo la figura ciudadana nunca podrá ser homogénea. Pero parece ser que la mayoría del tiempo los ayuntamientos piensen que sí. Cuándo en su instalación 274,59 m2 en la galería Blue project, la artista Luz Broto decide mover las vallas de un descampado céntrico de la ciudad abriendo un nuevo espacio sin autorización, en el que observó la apropiación que hubo por parte de los ciudadanos para pasear sus perros o aparcar sus coches de forma gratuita, ilustra a la perfección que es un error pensar que una normativa puede regular el comportamiento ciudadano. Al igual que es un error, tal y como apunta Manuel Deglado, entender la ciudadanía como una ordenada masa de seres libres e iguales que emplea este espacio (público) para ir y venir de trabajar o de consumir y que, en sus ratos libres, pasean despreocupados por un paraíso de
cortesía.[1]

En la controvertida ordenanza que cada y uno de los que vivimos en Barcelona llevamos sobre nuestras espaldas, se estructuran en doce puntos temas tan complejos como la prostitución, la mendicidad o la venda ambulante poniéndolos en el mismo saco que la prohibición de desplazarse en skate por las calles o de tomarse una cerveza en una plaza. Y, sin proponer medidas paralelas, la solución a todos estos problemas llamados “de convivencia” se impugnan con sanciones económicas. Sin embargo, las campañas institucionales con eslóganes que incitan un respeto por todos y de todo como: “JO cuido la ciutat, TU en gaudeixes, compartim BCN” no dejan de aparecer por las calles de la ciudad.

Esto nos lleva a pensar que hay cierto grado de hipocresía en la estructura misma de la ordenanza. Su aplicación se resuelve de forma aleatoria poniendo cómo única figura de autoridad al policia, encargado de impartir las sanciones y preocupado por llegar al cupo de multas estipulado. Con esto, se encuentran situaciones en que si en una plaza hay trenta personas tomándose una cerveza, es posible que solo se multen a tres, consiguiendo que las demás se dispersen o desplacen hacía a otro lugar de la vía pública. Esta aleatoriedad en la aplicación de la normativa no es en ningún caso una solución a la problemática y solo refleja un abuso del poder. La cuestión no está en aplicar la ordenanza para todos cada vez que alguien se la salta, sino en saber, que en momentos puntuales, se pueda demostrar que existe este poder sobre la ciudadanía.

Quizás tendríamos que dejar de ser ciudadanos, cómo apunta Santiago López Petit en su ensayo ¿Y si dejamos de ser ciudadanos? Porqué ¿que significa ser ciudadano hoy en día? Según él, el sentido de esta palabra se desvanece totalmente frente a lo político. El ciudadano, dice, no es el que piensa, es el que cree. Cree lo que el poder le dice […] En definitiva es el que cree que la realidad es la realidad, y que a ella hay que adaptarse. [2]

Bibliografia

[1].DELGADO, Manuel. El espacio público como ideología. 2ª ed. Madrid: Catarata, 2015
[2].LÓPEZ PETIT, Santiago. ¿Y si dejamos de ser ciudadanos? Manifiesto por la desocupación del orden. Espai en blanc [en línia]. 2011 [consultado: 8 de marzo de 2017]

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