Café y Cigarro

bienlimpita
Bien limpita, 1999. Fotografía amateur.

La anécdota que voy a explicar a continuación fue mi primera toma de consciencia profunda acerca de lo privado y lo público en tanto al propio cuerpo, una revelación –no intencionada en aquél entonces- de los límites de la tolerancia (propia y colectiva) frente a los excrementos humanos.

Mierda de postre

A pesar de vivir en el extrarradio de Barcelona, desde pequeña he estudiado en el centro. Cursé la primaria en un colegio concertado de monjas situado en l’Eixample. Me quedaba a comer allí porque mis padres trabajaban y no podían hacerse cargo de mí al mediodía. La mayoría de las veces lxs profesorxs no te dejaban ir a hacer tus necesidades si tu cuerpo te lo pedía en mitad de clase, a no ser que no pudieras aguantarte más y dijeras “¿puedo ir al baño urgentemente? Es que tengo que hacer de vientre”.

La cuestión es que un día, después del recreo del comedor, estábamos todxs en la fila, cual escuadrón de ejército, dispuestxs a subir a clase. Yo le dije a Carlota (mi mejor amiga en aquella época) que me acompañara al baño sigilosamente, que tenía que contarle una cosa. Esa cosa era que me había cagado encima, y necesitaba su ayuda para limpiarme bien el culo.

Los espejos de aquel baño eran demasiado altos, así que si apenas llegábamos a vernos la cara con los pies de puntillas, ¿cómo iba a poder verme el culo? Carlota cerró la puerta con pestillo a la vez que un ataque de histeria y risa nerviosa se apoderaba de ella. Yo me bajé los pantalones y las bragas, llorando como una desgraciada, y cogí un trozo de papel mientras mi amiga, desde la distancia, me indicaba si me estaba limpiando bien o mal.

Era el 2000. Teníamos seis años, pero la consciencia de las repercusiones que conllevaba cagarse encima a esa edad estaba totalmente interiorizada en nuestra prematura consciencia social, dentro de la estructura escolar de la que formábamos parte. Las dos sabíamos que si alguien descubría que me había cagado encima se reirían de mí durante una larga temporada.

Analizando la situación dieciséis años después, vislumbro en aquel contexto una represión corporal ridícula y bestial que perdura hasta la actualidad. Las heces humanas son todavía un tabú en Occidente, pero no lo han sido siempre. Carlos Zicanelli, en el estudio preliminar que desarrolla a modo de introducción para Escatología y civilización, obra traducida del militar, antropólogo e historiador de finales del siglo XIX, John Gregory Bourke, advierte lo siguiente:

“La actitud del ser humano respecto al tratamiento de los excrementos y la suciedad ha variado a través d
e las épocas y entre las distintas culturas. Pero este relativismo cultural respecto de las prácticas y costumbres higiénicas parece haber desaparecido, al menos en Occidente, donde la manía del aseo se ha extendido progresivamente desde comienzos del siglo XX, cuando al parecer tomó un rumbo más exaltado, dominante y restrictivo.”

La educación del ano civilizado

En el año 1975, Michel Foucault publica Surveiller et punir y detecta que la disciplina, en el transcurso de los siglos XVII y XVIII, configura cuerpos sometidos y dóciles, puesto que, parafraseando al autor, “el momento histórico de las disciplinas es el momento en que nace un arte del cuerpo humano, que no tiende únicamente al aumento de sus habilidades, ni tampoco a hacer más pesada su sujeción, sino a la formación de un vínculo que, en el mismo mecanismo, lo hace tanto más obediente cuanto más útil, y al revés”.

Un año después, mi padre entra por obligación en el Servicio Militar español. Dice que nunca se ha aburrido tanto como allí, y que una noche un par de compañeros fueron a las cocinas en busca de dos jarras. Una de ellas la llenaron de agua. Se pusieron al lado de otro compañero que estaba durmiendo y empezaron a pasar el agua de una jarra a otra, recreando el sonido del mar, para que el dormido se meara encima y pasar así un buen rato.

Al que se meó encima no le hizo ninguna gracia y, como no era la primera vez que se la jugaban, empezó una batalla campal. Ante tal alboroto, el cargo superior acudió a la habitación, dejando totalmente en ridículo al muchacho a quien habían gastado la broma. Así pues, vemos que cuando el individuo no responde adecuadamente a los acuerdos de la ley social simbólica que dictamina cómo debe comportarse, la desobediencia corporal (provocada o azarosa) causa risas nerviosas y/o silencios incómodos.

Hoy en día, el castigo que recibimos por no controlar nuestros esfínteres no pasa por la violencia física directa o la humillación, sino que cobra una materialización invisible: una auto-censura que nos disgrega de nuestro propio cuerpo, llevándonos al extremo de sentir vergüenza o apuro ante nuestras necesidades fisiológicas como, por ejemplo, cuando estás en el metro y te tiras una llufa silenciosa pero que huele a alubias putrefactas y entonces tienes que empezar a disimular y poner cara de que tú no has sido, incluso taparte un poco la nariz haciendo ver que no lo soportas, para que quien tengas enfrente sepa (sin necesidad de articular una palabra) que no tienes nada que ver con ese aroma repentino.

Pero no es ni en la escuela ni en el ejército donde empieza la educación del ano civilizado. Si viajar en el tiempo fuera posible y tuviera cita en la consulta de Sigmund Freud, éste (probablemente) atribuiría mi carácter obsesivo con las cosas a la rebeldía que sufrió mi madre ante la imposición del orinal, pues siempre cuenta que intentó durante más de tres meses que hiciera mis necesidades allí, sin embargo, mi espíritu punk decidió manifestarse y reivindicar cualquier espacio de la casa válido para defecar, menos el específico para hacerlo. Esta desobediencia, según Zicanelli, frustra al adulto, que se empeña en programar en su descendencia un dominio de esfínteres cada vez más precoz en un espacio pulcro y perfumado.

La actitud frente a la represión. Why so serious?

Estas simples anécdotas me han llevado a replantearme si conocemos realmente a nuestro cuerpo, si lo escuchamos, si hacemos lo que queremos.

Sorprendentemente para mí, descubro gracias a Jot Down, suplemento online del diario El País, la investigación de María Moreno Cano, licenciada en historia del arte por la Universitat de Barcelona: Hurgando el sustrato. Prácticas artísticas escatológicas contemporáneas. Se trata de una investigación que pretende demostrar que lxs artistas contemporánexs que trabajan acerca de lo escatológico, adoptan un rol de analista y de paciente.

Realiza un análisis de obras artísticas (sobre todo pinturas, esculturas y performances) desde los años 60 del siglo pasado hasta la actualidad, no con la intención de crear un recopilatorio sino con motivo de crear vínculos entre ellas. Dado que la investigación data del 2014, me sorprende que las obras analizadas no tengan nada que ver con la actualidad.

Bien apunta en según qué momentos, que lxs artistas son lxs únicxs que se han dado cuenta de la crisis simbólica que padece nuestra sociedad, y que lo que pretenden con según qué prácticas escatológicas es redefinir el cuerpo que somos. Sin embargo, acaba concluyendo con que hoy en día los excrementos se han tribializado, de tal manera que han perdido su potencia de denuncia, ergo lxs artistas que trabajen con este objeto, están destinados al fracaso.

Pero hoy en día no estamos tan cabreados con el mundo como lo estaba GG Allin, o eso parece. Grupos y colectivos actuales como Las Bistecs, Calor Humano y Ojete Calor, hacen un uso “ridículo” de su propio cuerpo para empoderarse de él. Con esto quiero decir que, al hacer el “canelo”, actuar de manera absurda y hacer uso de las redes sociales para difundir su trabajo, son ellxs mismxs lxs que deciden qué hacer y cómo actuar en su contexto.

Se adueñan de una estética cutre y la defienden, creando así nuevos neologismos y géneros musicales que  ellxs mismxs han inventado (como el “SUBNOPOP” o el “ELECTRODISGUSTING”) y que, además, son una actitud y postura frente a la vida.

Hay una película de Richard Linklater que va sobre sueños lúcidos, se llama Waking life. El protagonista va andando por un sueño y va manteniendo conversaciones con la gente que se le para a hablar. En una escena, un personaje random le dice que lo que no soporta de los post-modernistas es que se excusen, la mayoría de las veces, en el discurso de que “nos dominan”, e insiste y recalca que “lo que tú hagas marca la diferencia. Una diferencia en términos materiales, en otras personas, y da un ejemplo. Así que no debemos vernos como víctimas de varias fuerzas sino que, en cierta medida, nosotros mismos decidimos quienes somos”. Así, cagarse en lo políticamente correcto a nivel simbólico y empírico empieza por aceptar la propia insignificancia a gran escala, sin descuidar la potencialidad e incidencia de nuestros actos cotidianos en nuestro contexto más cercano. Como dice mi amigo Dave Mg, “la vida sólo tiene sentido si te lo inventas”, así que mientras dure la fiesta, procuremos que sea fantástica.

 

 

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