De paseo en el Brooklin’s Playground

Review de la exposición de BCN PRODUCCIÓ’16 en La Capella

 

Por Cuadrao pero Calvo

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A la izq. fragmento de fragmento de estructura. A la der. Cuadrao pero Calvo descubriendo nuevas maneras de perder el tiempo. En el centro imagen descontextualizada 

 

Desde el día 27 de Abril hasta el 12 de junio, La Capella acoge la exposición de BCN PRODUCCIÓ’ 16, donde encontramos la obra Background Inmunity, de Ricardo Trigo y Demo, de Pau Magrané.

Acudimos a ella un miércoles por la tarde, motivadas por un post en Facebook de una de las componentes del colectivo AC__BLOG, donde compartía su experiencia con la obra Demo, en la cual parecía pasarlo muy bien.

Pese a que la obra de Pau Magrané se encuentra justo en la entrada de La Capella, nuestro recorrido nos conduce de manera casi automática a la Sala Gran, situada al final del espacio, donde se encuentra la obra de Ricardo Trigo. En las capillas laterales, varias planchas de plexiglas con manchas de humo, agrietadas y deterioradas reposan en las paredes. La abundancia del plástico y una presentación ordenada de las piezas, pero despreocupada en tanto a la muestra de los materiales en sí, nos habla de golpes e incisiones, de restos y desechos.

Sobre una caja de transporte de la propia obra situada al fondo de la Sala, se proyecta un vídeo que ya nos gusta desde un primer momento sólo porque utiliza la voz de Google Translate. No dudamos en acomodarnos en el suelo, como si estuviéramos en nuestra casa, para enterarnos de qué va la obra. Una voz femenina “no-humana” narra diversos acontecimientos que ponen de relieve el tema del progreso ligado a la tecnología, de cómo estos dos términos avanzan de la mano hasta nuestros días.

“El progreso es nuestra libertad y nuestra limitación”, nos dice la voz narrativa y documental. Nos quedamos con esta frase en la mente porque es el mensaje más claro de la obra, junto con el siguiente ejemplo: en la era industrial, ver el humo salir de las fábricas era un símbolo de progreso. Hoy en día, el mismo humo es un símbolo de contaminación, así que la sociedad y su tecnología intentan avanzar y progresar suprimiendo estos humos, dando paso a un intento de conciencia ecológica, fruto del abuso de recursos y materiales que ha estado explotando hasta hoy el hombre moderno. Luchamos por reducir nuestros desechos invisibilizándolos, apartándolos de nuestra vista, sin embargo, esto no quiere decir que dejen de ocupar un espacio.

Y cuando menos te lo esperas, en mitad de un discurso crítico pero a la vez desesperante al generar una sensación de impotencia en el espectador, aparece una voz masculina que interrumpe a la primera, desembocando en una discusión donde ambos narradores cobran una personalidad, dando paso así a un solapamiento y pelea virtual donde la información que conceden cada vez es más difusa y las voces empiezan a insultarse, creando una pieza sonora que rápidamente asociamos a Sálvame, el programa de sobremesa de Telecinco que ven tantos espectadores en España, donde los colaboradores lanzan sus opiniones al aire sin escuchar a los demás, dejando atrás el porqué del debate, fragmentando la información, utilizándola como a cada cual le conviene y convirtiendo el plató en un gallinero donde el público llega a un punto en el que pierde el sentido del discurso inicial, pues ya no importa lo que te están contando, sino quién gana la disputa.

Al detectar que el vídeo se reproduce en bucle, sin ningún tipo de corte o advertencia de cual es el principio o el fin, nos levantamos del suelo y nos preguntamos dónde está la pieza de Pau Magrané. No la vemos por ningún lado, así que nos vamos a casa desconcertadas.

Corroboramos en la web de La Capella que la pieza está allí y no en otro espacio artístico como Arts Santa Mónica y/o derivados, así que volvemos al día siguiente. Cabe destacar nuestro cansancio y pocos reflejos de aquella tarde de lluvia y desgana.

¿Cómo podemos ser tan lerdas? La pieza de Pau Magrané se encuentra justo en frente de la recepción, en el espacio Cubo de La Capella.

Se trata de una estructura de madera formada por distintos niveles de techos y suelos. Algunos pedazos de manta isotérmica inauguran un amalgama de sonidos. Nos desplazamos por el espacio como si fuera un laberinto mientras vamos topándonos con diversas piezas impresas en 3D que sobresalen de las maderas y que se sitúan en el espacio central de la interacción con la obra. Descubrimos, en el interior del cubo, una proyección que nos da la bienvenida a un nuevo espacio virtual, en el que un teclado es el nexo que permite nuestra interacción. Nos encontramos pues en un meta-espacio, un lugar dentro de otro lugar en el que la participación del usuario toma un papel vital, siendo este el activador de la pieza.

Nos adentramos en un bodegón 3D, en el que los objetos aparecen acumulados. En una coherente incoherencia, que refleja a la perfección el modo en que se ha construido. El archivo digital se forma a base de aportaciones de distintos usuarios, gracias a un software que automatiza la agrupación de las imágenes. Podríamos llamarlo un archivo colaborativo que acaba teniendo la apariencia propia de un desván o de un mercadillo donde cada cosa1 grita el nombre con que se guardó el fichero.  La información se materializa de forma visible pero no tangible. Se despliega en el espacio como lo hace en la red o en nuestros ordenadores, a partir de saltos entre elementos aparentemente inconexos, pero que encuentran sinergias en esta “pobreza” de la imagen. Tal y como defiende Hito Steyerl con el concepto de imagen pobre “solo la tecnología digital podría producir una imagen tan deteriorada ya desde el inicio”¹.  

La experiencia que se genera con el divagar entre este collage audiovisual incluye el sonido como factor clave ya que, no solo nos hace sentir el poder del ritmo y menear nuestras melenas como locas – aprovechando que el espacio cubo está aislado y nadie nos ve hacer el imbécil – sino que se encuentra compuesto a partir del nombre de archivo con el que esa imagen fue guardada. Hablamos pues de varios niveles de percepción de la información que pasa desde una primera fotografía hasta un remix chungo tanto visual como sonoro.

Nada más empezar a jugar en ese espacio nos dimos cuenta de varias cosas. La primera, que no era fácil recorrer el lugar juntas, una debía guiar a través del espacio mientras la otra observaba/escuchaba o bien se echaba una cabezadita. Por lo tanto la manera de moverte acababa siendo individual y en primera persona. La segunda fue el paralelismo que se establecía entre ese andar y el que adoptamos cuando vamos a una sala de exposiciones o museo, y que de hecho, se hizo evidente tras haber pasado de largo el primer día del espacio cubo. Se trata de un andar que, por lo general, no busca una intromisión activa sino que divaga sin un rumbo determinado, la mayoría de veces, y deja de lado la interacción a no ser que esta se halle explicitada en el contexto.

La vivencia queda limitada a un recorrido audiovisual que parece estar montado por nosotros pero que nos viene totalmente dado. Dentro de una narrativa maleable aunque guiada, nos movemos en el interior de unos límites virtuales, como peces en un acuario, chocando con las paredes y dedicándonos a observar mientras andamos torpemente, sentadas en ese cubo.

Así pues, ¿dónde están los límites de la libertad? Afloran en esta pieza las mismas o similares cuestiones que las que nos genera la obra de Ricardo Trigo. Salimos de la exposición reflexionando acerca de los desechos, tanto físicos como virtuales. Avanzar, progresar, tal y como apunta Trigo, implica dejar cosas atrás, “cosas” que acaban en desiertos como los que Magrané diseña, espacios que cada vez son menos tangibles pero que existen.

 

¹STEYERL, Hito. Los condenados de la pantalla. Caja Negra Editora. Buenos Aires, 2014.

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