El ritmo me dejó pobre

El collage audio-visual como práctica cotidiana

Por Judit Cuadros

Bajo por la Avinguda Paral·lel. Llevo el abrigo desabrochado y la cremallera juega a balancearse chocando con ella misma. Mis zapatos contra el asfalto sucumben a un ritmo acelerado que suele poseerme, a juego con la aceleración constante que me rodea. Escucho a Coltrane, o eso creo recordar, básicamente por la orgía de subidas y bajadas que invade mis oídos. En cierto momento, los demás pasos, ritmos acelerados, cremalleras y zapatos contra el asfalto se introducen en mi campo de visión, pasando a formar parte de un mismo ritmo que yo he decidido aglutinar. Cambiante y uniforme.

Un hombre con dificultad para andar se cruza patosamente conmigo y me traslado de nuevo a la butaca donde mi aposentado trasero había pasado la última hora. La Veronal acababa de actuar en el Mercat de les Flors con su espectáculo Voronia, en el que un engendro de bailarín, músico e interprete se desenvolvía al otro lado de nuestra oscuridad voyeurista. La música envolvente desaparecía de forma constante pasando el relevo a los bailarines, que acababan por conformar el ritmo a la vez que la danza. Las respiraciones y los pasos, intrínsecos en el movimiento, se transformaban en herramientas rítmicas vestidas de contorsiones imposibles. Respondiendo a una total cooperación entre ambos y, en palabras de John Cage, en “el resultado de hacer trabajar juntos todos los materiales usados. La música será entonces algo más que un acompañamiento, será parte integral de la danza.”[1]

El espectáculo acabó como había comenzado, con las luces encendidas, salvando el hecho de que esta vez no era el personal quien las encendía sino aquellos que gobernaban la escena. Casi riéndose de nosotros se habían paseado delante de nuestras narices bajo alegorías al mal y simbolismos abrumadores haciendo ver que nadie más, a parte de ellos, les acompañaba. Generando una sensación de falsa seguridad en la que observar sin ser visto. Y ahora, en ese intercambio de miradas incomprendidas, como las que se dan cuando tu madre te pilla masturbándote en tu habitación, habíamos acabado de caer en el shock post-espectáculo. Ese shock que me había llevado hasta las cremalleras y los zapatos y, sin darme cuenta, hasta las escaleras del metro junto con una carga incesante de registros sonoro-visuales.

El descenso a las vías desveló una suma de música construida, ruido agudo y voces electrónicas. Un músico tocaba la guitarra antes del acceso al andén. Su sonido se mezclaba con el de mis auriculares encajando a la perfección y dando paso a la transición que se creaba a medida que me alejaba y aparecían más sonidos que ensamblar.

Ya en el vagón me siento y vuelvo a estar en el Mercat de les Flors, esta vez sentada en medio del escenario bajo una lluvia de información visual disgregada. Analizo la cantidad de movimientos que se ejecutan a mi alrededor y empiezo una faena de selección, en la que las vibraciones se solapan encajando con instantes precisos de la música que escucho. Pestañeo, tos, carraspeo. Mi mirada se mueve constantemente, cambiando el foco de atención sin cesar, siempre en busca de la consecución de ritmos. Risa, tropiezo, tic en el pie. Como en un montaje cinematográfico cada fragmento funciona como unidad, pero de forma incompleta. Aviso de funicular averiado, chirrío de ruedas, mujer sonándose la nariz. Me río de mi misma pensando en la cara de gilipollas que debo tener al darme cuenta de cómo hay un momento para cada sonido, de que todo encaja a la perfección sin ni siquiera haberlo pretendido. Pase de página, frenazo, estornudo. Y al final he cambiado tanto de foco que me mareo y decido parar por un momento – breve, dado que esta actividad se ha convertido en una especie de adicción que adereza mi camino a casa.

La imagen de la que formo parte, aún y creerme un ente aislado/observador, es estática a la par que cambiante. Se altera constantemente en contenido y en ubicación, manteniendo sin embargo el mismo contenedor. Es una especie de teatro ambulante, de escena de película reproducida en un autocar.

Si obviamos el hecho de que nada está registrando esa selección salvo mi retina y que esos sujetos cambiantes no volverán a realizar las acciones que me sirven de discurso ya que 1. Se trata de momentos espontáneos de los que, en gran parte, ni siquiera son conscientes y 2. Ni siquiera saben que los estoy utilizando como una forma con la que pasar el rato – Como mucho intuyen que o bien tengo un problema ocular o bien sufro de algún tic nervioso.

Por lo tanto, aún y su semejanza a una coreografía o a un collage audiovisual, carece de repetición y de cualquier tipo de permanencia fruto de un registro. Ni siquiera en mi memoria – tendría una capacidad bestial de retención si hoy por hoy me acordase de todos los elementos y los volviera a reproducir.

Hablaríamos pues de que el registro acabaría de dotar a este hecho de la definición de coreografía, un registro que no se acumula como proceso memorístico sino que es utilizado en pro de la reproducción. Dicho registro no siempre encuentra respuesta en el medio audiovisual, o narrativo sino que puede construirse a partir de los propios ejecutadores, como sucede en una compañía de danza cuando se conforma una pieza nueva.

Podría mantener esta experiencia visual-sonora como un momento de satisfacción personal, sin embargo el hacerla latente más allá de la construcción individual, con tal de compartirla o utilizarla en respuesta a alguna necesidad creativa, hace que los momentos se conviertan en imágenes. Ambas experiencias, la realizada in situ y la editada posteriormente se encontrarían tanto en la realidad de ese momento como fuera de ella. El hecho de seleccionar, en pro de mi propio interés a la hora de construir una narración, fue lo que la hizo discernir de lo que sucedía en ese momento. Creó precisamente eso, una narración distinta. Por otra parte, la opción del registro hace que la distancia del relato real vs el relato construido se acentúe todavía mas, pues ahora el control sobre la imagen así como el tiempo en el que ésta tiene lugar es más evidente. Tenemos la posibilidad de modificarla a nuestro antojo y situarla en contextos que harán que parezca algo totalmente distinto a lo que era en su origen.

En este punto podríamos hacer referencia a Hito Steyerl, cuando en su libro “Los condenados de la pantalla”[2] nos habla de la imagen pobre como esa imagen que no responde a atención o contemplación sino a inmediatez y distracción. Una imagen pobre sería cada movimiento que seleccionaba con tal de ensamblar, esta vez grabado, subido, reformateado y compartido. “Solo la tecnología digital podría producir una imagen tan deteriorada ya desde el inicio” [3], desde ese inicio en el que la materia experienciada pasa de ser algo individual a algo potencialmente colectivo (digo potencialmente porque el hecho de compartir o no reside en la voluntad del editor).

Una vez el universo de acumulación audiovisual – también conocido como yutups y derivados- nos da la bienvenida, nuestra imagen se empobrece todavía más introduciéndose en un ciclo de apropiacionismo francamente interesante del que volver a rescatar fragmentos para crear un nuevo collage. Y es que, en muchas ocasiones, estas imágenes editadas y compartidas responden perfectamente a nuestras propias voluntades de edición. El apropiacionismo contribuye a enriquecer pobremente, utilizando en lugar de creando. Aumentando el estatus de imagen pobre. Compartiendo y volviendo a seleccionar. Ensamblando e introduciendo en nuevos ritmos. Haciéndonos sucumbir a lapsos de atención comprimidos. Un ejemplo perfecto son los vídeos subidos al canal Memory Hole [4] (que os recomiendo fervosamente si os va lo creepy) conformados en su totalidad por vídeos caseros subidos a la red. Hay que destacar el que, ya de por si, son situaciones algo extrañas, pero el hecho de contraponer pequeños fragmentos que se asemejan, sumándole sonidos y esa estética de vídeo casero de los años 90, los transforma en unos vídeos espectaculares en cuanto a sensación de grima.

Siguiendo con las citas a Hito Steyerl, es así como “la imagen pobre ya no trata de la cosa real, el original originario. En vez de eso, trata de sus propias condiciones reales de existencia: la circulación en enjambre, la dispersión digital, las temporalidades fracturadas y flexibles. Trata del desafío y de la apropiación como del conformismo y la explotación.” La imagen pobre responde, en definitiva, a una clara necesidad derivada de este fast-food cultural del que formamos parte y que seguiremos alimentando con nuestros vídeos cutres e imágenes reapropiadas.

[1] CAGE, John. Silencio. Ediciones Ardora. Madrid. 2002

[2] STEYERL, Hito. Los condenados de la pantalla. Caja Negra Editora. Buenos Aires. 2014

[3] Ídem

[4] https://www.youtube.com/channel/UCNBGgrsyZCmcsc18h6VJh_w

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