Procrastinar lo procrastinado

Por Judit Pérez y Francesca Febrer

felipe-3.jpgTira cómica del personaje perezoso y solitario Felipe, por el cómico gráfico Quino.

Séptima vez que pospongo la alarma. Pocos minutos pasan de las siete de la mañana, y  una vez más, mi cuerpo somnoliento vuelve a hacerlo. Y así cada mañana.

Sé que, si no me doy prisa, no podré aprovechar la mañana, y no llegaré a tiempo para acabar el artículo que se publica este viernes. Siempre a contrarreloj.

La cafeína evitará las tentaciones de volver a la cama.

Me dirijo hacia la cocina, y preparo cuidadosamente la cafetera italiana, ­­­­no me gusta el café de máquina.

Mientras, abro el portátil, no quiero perder demasiado tiempo.

Innatamente, abro el mail, facebook y algunos archivos que he recopilado para escribir el artículo. Youtube, esa canción que hace que te acabes de despertar.

Una solicitud, cuatro notificaciones. Una invitación a un evento, éste parece interesante!

Huele a café. Mierda, el café!

Con la taza de café como si fuese una extensión del cuerpo, vayamos al grano.

El artículo, ahora si.

Quería hablar sobre algo que siempre me he preguntado, y no ha sido hasta hace relativamente poco que me decidí a buscar. Me refiero a esa inexplicable fuerza que, como un imán, nos lleva a evitar aquello que debemos hacer de forma prioritaria. Quizá no sean demasiados los que se hayan preguntado alguna vez, el porqué tendenciosamente, posponemos aquellas situaciones que tanto nos angustia llevar a cabo.

Esta conducta fue acuñada por el psicólogo canadiense Piers Steel como procrastinación, concepto que responde a un comportamiento social que en mayor o menor medida hemos convertido en hábito. Podemos definirlo como la tendencia sistemática de posponer nuestras obligaciones por otras de menor relevancia, las cuales nos aportan mayor placer. Hablamos de un hábito que se percibe como un fenómeno complejo de analizar por las complicaciones que presenta en identificar sus orígenes, así como las muchas relaciones causa-efecto que se retroalimentan entre sí.

A pesar de la poca trascendencia que parece poseer el término, confundiéndolo con la simple pereza, puede derivar a un problema de mayor calibre que afecte a nuestra propia salud psicológica, generando así sensación de angustia y estrés. Pensemos en aquellas tareas que tratamos de posponer mediante otras cosas banales por el simple motivo de no ser lo suficiente placenteras o motivadoras. Independientemente del grado de relevancia de esa tarea en cuestión, el objetivo será cumplirla, y mientras no sea así, estaremos condenados a sufrir intranquilidad y remordimientos.

Es raro que los procrastinadores no hagan absolutamente nada; hacen cosas ligeramente útiles, como ocuparse del jardín o afilar lápices o dibujar un diagrama de como van a reorganizar sus archivos cuando se pongan a ello. ¿Por qué hacen estas cosas? Porque son una manera de no hacer algo más importante. Si lo único que tuvieran que hacer fuera afilar lápices, nada ni nadie podría lograr que lo hicieran. (John Perry, 2012, p.28)

Quien pospone una decisión, lo que está presentando en el fondo es una conducta evasiva, la cual da pie a fomentar el autoengaño. Subestimamos el tiempo, pensamos que disponemos de mucho y, a su vez, sobreestimamos nuestras capacidades  creyendo en estrategias que sintetizarán sin problema nuestro deber en cuestión.

Sin embargo, aunque no todos vayan a sentirse identificados con dicha conducta, hay que tener en cuenta tal y como ya afirmó Gilles Lipovetsky, que vivimos en la era de la pantalla. He leído en estos últimos años, diversos artículos de este filósofo y es curioso hablar de alguien a quien no le pones cara. Google imágenes, Gilles Lipovetsky. Pensaba que era mucho más mayor.

Sigo, en frente del ordenador, haciendo referencia a que las pantallas forman parte de nuestra cotidianeidad.

Nuestra relación con las pantallas. Ahora mismo, el número de pantallas, sin tratarse de una excepción, es superior al número de individuos presentes en este espacio. El ordenador portátil, la Tablet, el móvil y hasta la desatendida maquinita de sudokus.

Efectivamente nos encontramos en la era de la pantalla, frente a la constante e inevitable interacción con el mundo digital, en la que la comunicación virtual está actualmente por encima de la física. Seguramente sea cierto que invertimos más tiempo procesando información virtual. Ya sea si se trata de su uso con un fin productivo o beneficioso, o simplemente por puro entretenimiento, convirtiéndose en un hábito mecánico y vacío.

La globalización de las pantallas, por tanto, se ha convertido en uno de los principales elementos que definen nuestra sociedad actual, que formatea nuestra conducta diaria y concepción del mundo. La pantalla nos comunica con el mundo, vivimos a través de ella y conectados a la red.

¿Y ahora quién será? ¡Un mail! Luego lo miraré. Bueno no, ahora, no vaya a ser alguna urgencia. Publicidad.

Vamos a volver al tema. Nos encontramos en un estado de procrastinar lo procrastinado. Podemos decir que el uso de la tecnología se ha convertido en un medio que intensifica a la vez que retroalimenta este hábito.

En otras palabras, a la presente existencia de este hábito, hay que sumarle ahora el uso desmedido y adictivo de los dispositivos de comunicación que nos torna dependientes del contacto con la pantalla. Herramientas para habitar en la sociedad hipermoderna de las que difícilmente podemos prescindir.

¿Estamos totalmente seguros de qué esta conducta resulta contraproducente? ¿O es posible sacar rendimiento de este aparente mal hábito?

Quizá podamos sacar provecho de este mal hábito. Todos los procrastinadores posponen cosas que tienen que hacer. Pero sin embargo, la procrastinación estructurada es el arte de conseguir que este rasgo negativo trabaje a nuestro favor. La idea clave es que procrastinar no equivale a no hacer absolutamente nada, sino en encontrar otros quehaceres que yazgan como un medio para realizar algo de menos importancia.

Tal vez el interés de este “mal” reside en la complejidad y matices que posee, y en la importancia que le confiera quien lo padece. Pues, como dijo alguien alguna vez, hay que saber hacer una distinción y priorizar entre lo imprescindible, lo importante y lo interesante.

Probablemente haya dedicado estas últimas horas a escribir estas líneas, porque tenga algún compromiso más importante del que me quiera librar, pero no puedo negar, que algo de provecho hemos sacado.

 

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out /  Canvia )

Google photo

Esteu comentant fent servir el compte Google. Log Out /  Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out /  Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out /  Canvia )

S'està connectant a %s