Para la autoedición expandida

y de cómo ser fiel al origen mediante el cambio

Por Sara Álvarez

 

Autoedición, acto de auto editar. La autoedición es más que un método de supervivencia o de falta de recursos, es un acto de inconformismo, la necesidad de hacerlo todo uno mismo y no desvincularse de un proyecto, compromiso con el trabajo propio y sus destinatarios.

Esta práctica encontró su máxima potencia dentro de su hábitat natural guerrillero, cual depredador; esos escenarios límite, donde los recursos informativos llegan a la extinción y las ideas huelen a arma. Un ejemplo notable serían los posters y publicaciones clandestinas surgidas en España durante el periodo de guerra civil  y posterior dictadura, publicaciones manuales con medios muy limitados pero extremadamente potentes.

biblio nomade
Proyecto Biblioteca-Fanzinoteca Nómade, de Ratalia Espigadora.

Hay que entender que la autoedición en sí no es un género si no un método de producción, pero dicho método acarrea ciertos valores añadidos a tener en cuenta cuando se toma la decisión de utilizarlo. Solo en pequeños sectores parece haber conservado su estructura, su esencia, para tratar temas intratables, para decir lo que uno quiera como uno quiera sin preguntar a nadie antes; y  afortunadamente a lo largo de los años se puede observar como surgen nuevas propuestas aisladas, métodos de intercambio y difusión a la altura de los valores que pretende (o pretendía) defender: llegar a los máximos partiendo de lo mínimo, arte povera gamberro. Lo bueno que tiene estar en un mundo tan grande es que, incluso siendo pocos, aún somos muchos.

En el transcurso del siglo XX los ordenadores domésticos anunciaban un cambio radical y universal en el ámbito editorial, mediante un equípo macintosh y una impresora domestica la producción física total y propia de ideas ya era posible en un hogar corriente de medios limitados. Pero este cambio resultó ser diferente a como la autoedición en amitos más plásticos hubieran esperado, entendiéndola como producción de material con cierto valor cultural-artístico y no como simples documentos digitalizados (en este sentido este mismo artículo es un producto de autoedición, procesado mediante un software de texto y lanzado a la red sin coste ni intermediarios costosos). La autoedición no se ha consolidado como medio final si no como zona de paso hacia “algo mas” fuera de esas situaciones extremas, existe una falta notable de conocimiento, recursos y distribución, un medio comodín. Estas publicaciones, parecen estancadas en ausencia de expansión, una sombra moribunda que jamás se desvanece ni aumenta -excepto en hechos puntuales donde su uso es socialmente necesario-.

En gran parte, esta falta o incluso merma de uso, se encuentra estrechamente relacionada con la plataforma de difusión de información que más impacto ha causado desde la imprenta: internet. Es cierto que los documentos pueden crearse fácilmente y formularse como objeto, pero lo importante ya no es lo que se extrae al mundo físico, si no lo que se distribuye en la red digital.

La posibilidad de generar producto escrito uno mismo y distribuirlo es un acto realmente potente, pero las plataformas digitales se han adueñado de todas las palabras, la opinión digital se consolida ante el lenguaje escrito, mucho menos accesible. Y la duda que debe surgir ante esta realidad no es ¿Por qué los individuos no autoeditan? sino ¿Por qué la autoedición no utiliza el medio digital? Cómo puede ser que una práctica pobre, de los mínimos recursos, que pretende llegar lo más lejos posible partiendo del mínimo gasto, no se aproveche de una nueva plataforma basada precisamente en esto, la difusión inmaterial ilimitada, y se quede encerrada en un formato totalmente contradictorio a esta pieza clave en el puzle que es su esencia. Las autopublicaciones han de encontrar la llave para perpetuar su cabida en este sistema del más fuerte, sin dejar de lado su esencia pero aprovechando las nuevas posibilidades que se le ofrecen, el equilibrio ya no será posible fuera de un ecosistema digital.

A la práctica, internet no parece suponer un cambio radical en nuestros hábitos o métodos de consumo en lo esencial, si lo ha hecho en su formato y ritmo: se consume lo mismo pero a velocidades más rápidas, en cantidades mayores y de manera digital, aunque la forma final, en ocasiones, sea un producto físico. Puesto que el medio digital se limita a la distribución, también las dos barreras expansivas existentes circulan en torno a esta parte del proceso.

¿Qué sucede cuando en el mundo ya se puede hablar de todo y el problema de la difusión no es la falta si no la sobredosis? Ante este emborrachamiento del “todo vale” surge el objeto de culto, un valor añadido y antinatural con su propia esencia animal, salvaje.

La primera causa recae sobre la decisión y necesidad del propio autoeditor para con su trabajo. Lo autores, en gran parte, por razones lógicas y necesarias, reclaman una constante autoría de su obra, una de las mayores dificultades en su distribución. El grado de exposición de la obra va estrechamente ligado a las posibilidades de sufrir un robo intelectual. Si algo sucede en internet es que precisamente por esta gran facilidad de distribución de información a nivel digital se pierde el control sobre la misma y sobre los resultados físicos que derivan de esta difusión, del uso final. Este hecho produce una exposición parcial y generalmente muy limitada del producto, aunque este en algunas ocasiones se distribuye digitalmente -mediante compras on-line-, se puede pre-visualizar una parte mínima y su rango de difusión no alcanza grandes éxitos, además de que esta visualización suele ser de un público con apriori conocimiento de la obra o autor. Es cierto que esto último ni es, ni debería ser, la finalidad de la autopublicación, el éxito. Pero si es cierto que dos de las metas más declaradas de este “género” son compartir libremente y trasmitir ideas a la máxima cantidad de mentes estos aspectos tan utópicos no se reflejan realmente en los círculos de distribución digital, puesto que el propio autor pone trabas en esta difusión de ideas libre por el miedo a la pérdida de autoría sobre estas mismas. Es curioso pensar como la mayoría de autores declaran que no usan la autoedición como producto ni método de supervivencia pues lo único que quieren es transmitir sus ideas, y el valor que le ponen a esta es “simbólico”, únicamente para cubrir los gastos personales que han tenido al convertirla en un objeto físico, pero luego tienen muchos reparos en compartirla de manera digital que es un método mucho más eficaz para su supuesto fin de trasmisión y sin gasto alguno.

copyright
Viñeta a cerca del debate entre las imposibilidades de difusión de la ley del copyright en comparación con el copyleft y el creative commons.

 

La segunda causa es ajena al autor, aunque es tanto esclavo como verdugo de ella, y explica la falta de uso del espacio digital para la tarea de la difusión, recayendo sobre los intereses de su público. El formato físico limita muchos aspectos tanto formales como distributivos ero favorece la perpetuación de la obra. Hay cierta necedad de él, o por lo menos, aún en las generaciones que lo consumen, este es completamente necesario. Existe un cierto fetiche del objeto, un sentimiento de coleccionismo, acrecentado en las generaciones últimas generaciones analógicas, el material físico representa una posesión y desencadena toda una serie de valores añadidos de estatus, la confirmación de que algo es totalmente tuyo. El círculo de consumo que rodea la autoedición se nutre de esta relación amorosa para con el objeto y la figura del autor o autores, esta relación se siente más potente si la posesión es físico y no digital, se adquiere y se conserva. Es probable que este hecho se diluya con el tiempo, y no dentro de mucho, con las generaciones venideras donde el objeto físico seguirá existiendo pero de un método mucho más fluido tal y como Zygmunt Bauman adelanta en su libro Modernidad líquida, pero por el momento es así.

A esta necesidad de objeto físico, hay que añadirle por inercia las dificultades que esta forma acarrea. Su expansión y distribución fracasa al intentar llegar lejos el objeto pues una vez físico esta también ha de ser física. El idioma, la falta de accesibilidad a largas distancias, el aumento de precio debido al transporte, las faltas de comunicaciones territoriales, etc. Las cuestiones monetarios son otro inconveniente, el objeto real requiere de un gasto económico a priori que en ocasiones es elevado y para muchos inasumible, incluso en cooperativa hay que tener ciertos privilegios, muchos de ellos no obtenidos hasta cierta edad, como podría ser un trabajo. Por una parte esto provoca nuevos métodos por parte del autor, a veces muy ingeniosos, pero en otras ocasiones puede suponer la imposibilidad de proyectos realmente admirables. Después de este gasto, la recuperación económica para nuevos proyectos suele ser lenta o imposible, lo que pone en desventaja al autor puesto que su ritmo de producción es más lento que sus recursos disponibles.

El último gran inconveniente es la gran rapidez y la vida de interés fugaz que han adquirido las publicaciones actualmente. La pequeñas y modestas autopublicaciones físicas difícilmente pueden seguir este ritmo digital, modernizado y a escala global, excepto en pequeñas dosis.

Van Mourik, en su escrito La industria editorial (semi)comercial como comunidad nos plantea una cuestión interesante “¿Qué papel juegan las publicaciones en la creación de comunidad? Yo veo la lectura de publicaciones en parte como una actividad privada y en parte como una actividad social” Efectivamente, y aún más. No solo su lectura es privada y social sino también, o así debería ser, su creación y difusión. Los propios productores son siempre consumidores y la mayor parte de consumidores son en mayor o menor medida productores, una comunidad. Si la autopublicación pretende desvincularse de las necesidades físicas como son el mercado, la audiencia, las instituciones, las necesidades económicas porque se aferra de manera tan intensa a un sistema arcaico de distribución que no se ajusta a lo que su ideología intenta trasmitir: yo creo-produzco-distribuyo. La propia autoedición se ha aferrado tanto a la idea de realizar el total del proceso uno mismo que se ha limitado, sin tener en cuenta su comunidad dispuesta a participar o la búsqueda de esta propia, en vez de una pasiva.

Como afirma La fanzinoteca en su manifiesto Contra cultura: “Hay muchos lugares, en la cultura, desde donde luchar para construir esta otra sociedad: desde la redes sociales, el copyleft, la okupación, la desobediencia civil, la microfinanciación, etc. pero también tenemos que re-producir espacios autosugestionados, cooperativas, cajas de resistencia o nuevas universidades. Alternativas desde las que rescatarnos del abismo para generar y compartir nuevos imaginarios.”

Dentro del mundo de la autoedición existe una especie de conservadurismo clásico. En cuanto a técnica es importante no llegar a perder de vista el origen manual que aporta más calidad al producto, muy relacionado con las artes y oficios tradicionales, pero esta característica supone una barrera en su modo de difusión. Lo que en su inicio pretendía tener una función revolucionaria e innovadora, atacar, se ha quedado congelado dentro de unos márgenes de lo que es correcto y válido, entendido como el objeto físico tradicional, y desacreditando consciente e inconscientemente a la producción digital como algo innoble y sin interés. La autoedición no ha de abandonar necesariamente su objetualización final, pero ha de encontrar modos para desvincularse de ella en su fase de difusión y distribución, como si de un teletransportador de Star Trek se tratase,  sin hacerle ningún asco a nuevos métodos y apoyandose en las ganas de participación de un público activo dispuesto a participar en su proceso de producción y materialización final.

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Teletransportador de Star Trek a punto de desmaterializar a sus pasajeros para ser “difundidos”.

 

 

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