Nuestra primera vez

Algunas impresiones y reflexiones sobre la feria ARCOmadrid

Por Berels Berels y Clàudia Torrents

Estudiar arte en España significa, en gran parte, toparse con su industria y, en consecuencia, con ARCO. Pese a que las escuelas y universidades no suelen introducir a los alumnos en la cultura de la compra-venta de arte, son muchos los que recomiendan visitar la feria de arte contemporáneo de Madrid. Sin embargo, antes de ir, a uno se le advierte que no va a ver arte; antes de viajar a Madrid, antes de ni siquiera tener las entradas, a uno ya le advierten que esto no le va a gustar, que hay que ir a verlo una vez, para saber de qué se habla, y no volver nunca más. Antes de pisar la feria, como estudiante, ya vas preparado para ver algo que deberás criticar. Aun así, esperas pasar un buen rato.

Primer día en Madrid, hace frío, llueve y no tenemos paraguas. Vamos a buscar nuestras invitaciones. Sabiendo que debemos informarnos acerca del evento, preguntamos por el precio real de las entradas – “40 euros”, nos responden. Si no fuera por las invitaciones, dudo que hubiésemos pagado este precio. La parte positiva de estar dentro del mundo del arte como estudiante (que dada la situación, ya es mucho), es tener contactos – profesores majos – que te inviten a esta tipo de eventos.

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Vista de la nave IFEMA con los stands de esta edición.

12:00h. Dejamos atrás la lluvia y entramos al recinto ferial: un gran cubo blanco dividido en múltiples stands, también blancos. El arte en venta contrasta con el orden que presenta el espacio. Gente con traje, gente extravagante, adolescentes haciéndose selfies y galeristas sentados. Un espacio dedicado a los niños (nos preguntamos si los ellos también pagan 40 euros por entrar) y un par de restaurantes. Vemos a un hombre vestido de camarero, paseando una carretilla con botellas y copas de cava y otro con un detector de metales. Claramente forman parte de la feria, pero no estamos seguras si actúan seriamente o si son performances en venta. Damos por sentado que las copas de cava no son para nosotras, así que ni siquiera nos molestamos en preguntar. Solamente al entrar, el espectador ya percibe que hay muchas cosas para ver y poco tiempo para hacerlo. Hay tanta información que lo que podría parecerte interesante no lo ves porque has decidido seguir por otro camino, o porque simplemente ha quedado camuflado entre tanto ruido visual.

 

Quizás lo interesante de ARCO no sea su contenido, es decir, las obras de arte en sí, sino entender cómo funciona un evento de este tipo y qué significa. Evidentemente no se trata de un espacio pensado para el público general, ni para estudiantes, sino para las galerías y los coleccionistas que vengan a comprar. Es un evento destinado al negocio del arte, una plataforma donde darse a conocer, donde pujar por el artista que más de moda esté. Para decirlo en otras palabras: un símil de cualquier centro comercial, en el que puedes limitarte a ojear los escaparates o bien entrar en la tienda y comprar.

Como ya hemos mencionado, se nos advirtió que no íbamos a ver arte; una vez allí nos dimos cuenta que, en efecto, no estábamos en una exposición de arte, en el sentido que no es un espacio con obras ordenadas bajo un concepto o idea común, dirigido por un comisario. Dentro de la organización de la feria hay un comité que se encarga de hacer una selección de galerías nacionales e internacionales, y dentro de las galerías hay las obras de los artistas. Cada galería es un mundo aparte, que expone según su propio criterio. Es una plataforma de difusión dentro de un circuito cerrado que se limita a la relación entre el mediador y el comprador. De hecho, el recinto dispone de una Sala Vip en la que se pueden realizar o hablar de los contratos de comprar de forma privada.

 

Así pues, y entendiendo un poco mejor cómo funcionaba el panorama, nos preguntamos: ¿quién colecciona? y ¿dónde terminan las obras? Curiosamente vivimos una experiencia que nos hizo reflexionar sobre la percepción del objeto artístico según el contexto en el que es mostrado. Durante nuestra corta estancia en Madrid visitamos además de ARCO el Museo Centro de Arte Reina Sofía y Matadero Madrid. En ambos lugares vimos obras de artistas que también estaban expuestos en la feria y sin embargo en los dos últimos sitios las obras adquirían un valor cultural por el hecho de estar en un contexto expositivo con un sentido y concepto concreto, contrariamente a ARCO, que el valor que percibimos fue sólo el comercial. Ignasi Aballí y Juan Muñoz fueron algunos de los nombres que coincidieron en los dos espacios; de hecho Aballí está exponiendo actualmente de forma individual en el Reina Sofía, bajo el título “sin principio/sin final”. Por otra parte, vimos el trabajo de Miren Doiz, una artista emergente, que también participaba con una serie de obras en una nave de Matadero y en una galería de la feria. El espacio condiciona las obras pero también nos influyó a nosotras: mientras que al entrar en ARCO ya sentíamos que era un espacio que no nos acogía, nos daba la sensación que el Matadero nos recibía con los brazos abiertos.

Volviendo a la pregunta sobre la figura del coleccionista, es curioso cómo de veces se menciona y la importancia que tiene para las galerías, aunque no se suele especificar nadie en particular, a no ser que sea conocido. Curiosamente buscando información para escribir este artículo nos apareció otra vez el nombre del Museo Centro de Arte Reina Sofía, esta vez en el papel de coleccionista. En esta edición de la feria el museo invirtió 400.000 € en 10 artistas (250.000€ de los cuales del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). Ignasi Aballí, otra vez, estaba entre estos diez.

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Miren Doiz, No painting (bolsas) en Matadero Madrid [Art Situacions II]
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Ignasi Aballí. A la izquierda, las obras adquiridas por el Reina Sofía. A la derecha, imagen de la exposición sin principio / sin final.

La relación entre una obra de arte y su contexto pasa entre el artista, el mediador y el comprador. Sin embargo, el mediador y el comprador condicionan su contexto. En este caso, hemos querido hablar de un mismo punto de venta, la feria de ARCO, para dos compradores muy distintos; el coleccionista y la institución. Si bien, en ambos casos la adquisición de la obra supondrá valor económico, tanto por el coleccionista como para el almacén del museo, el que finalmente condicionará el significado de la obra será el público que obtenga. Si no tiene público, fracasará. Si se expone en un museo, habrá triunfado. Sin embargo, en ARCO, el público general es un daño colateral; mirará, opinará, y se cansará de tanto andar, pero no podrá participar de la experiencia. Como mucho se gastará el dinero en lo que puede: libros y comida. Quizás por eso en el espacio dedicado a los editoriales y ferias de libros como Arts Libris, La Central o La Fabrica era donde se acumulaba más gente, donde nosotras también nos pasamos un buen rato para poder sentir que participábamos en algo.

En definitiva y, dada la primera experiencia en ARCOmadrid, intuímos que las ferias de arte usan la misma estrategia que las de los grandes centros comerciales comprendidos de tiendas con distintos productos, unos más asequibles que otros y, aunque siempre se dice que para mirar no te hacen pagar, uno siempre acaba yendo a donde más cómodo se siente, es decir, a las tiendas que ofrecen precios acorde con su estatus económico.

 

 

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