Nuevas Odiseas

Sobre las posibilidades y limitaciones de una literatura digital

por Darius B.

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(…) about once every hundred years everybody became conscious of this thing that everybody had come to do different things that is to say had come to do the same things in a different way in a way so different that everyone could come to know this thing know that it was a really different way and so of course a different way that had come to stay.(1)

Gertrude Stein

En 1935, Gertrude Stein declaró una verdad como un templo: A nuevos tiempos, nuevos relatos.

Yo tomaré esa verdad y ese templo y construiré una ciudad futura.
Mejor aún: un híbrido equilibrado entre ciudad y naturaleza, entre tecnología e instinto.
Un mundo idílico basado en los deseos que la humanidad siempre tuvo: paz, excesos y gloria.
Lo montaré gracias a Internet y, en un ciber espacio aun impensable, promoveré una realidad ultra-sensorial. Una auténtica experiencia de visiones, olores, sabor, música, texturas, quién sabe qué más (para entonces la gran red será algo que usted ni se puede imaginar).
Invitaré a todos mis amigos a jugar. Me seguirán, lo compartirán; y todos entraremos poco a poco en otra realidad virtual, en otro perfil de las múltiples máscaras que ya hemos adoptado. Ese perfil se hará más y más grande, absorbiendo cualquier otro, pues habrá logrado proponer la última clave de la humanidad: el placer absoluto, homo hedonist. Y así mi mundo se hará reino de los reinos, tomando la imaginación, el deseo y el sueño cómo únicas reglas.
El usuario podrá adentrarse y compartir con los demás lo que siempre quiso vivir, podrá poseer a quien desee poseer y sentirse libre si desea sentirse libre. Nos limitaremos a controlar los deseos de maestros y amaestrados. Serán millones. Los adoctrinaremos y haremos de ellos perfectos conciudadanos, in-cívicos y sin embargo respetuosos; no preguntarán más por los caminos de la felicidad, simplemente la vivirán. Perfecta época dónde arcadia y limbo se den la mano por primera vez.
Y entonces, sólo entonces, haré que el caos lo absorba todo, que no sobreviva nadie. Todo por darle un final épico, bíblico; sea por cerrar el ciclo causal de toda narración.


Internet me provoca sueños, y al imaginarme un ciberespacio que supere lo simulado para convertirse en realidad, brotan de mi piel escalofríos. Pero hoy aún estamos lejos de eso, ¿verdad? ¿Cuánto? ¿Sabría estimar a qué velocidad evoluciona la tecnología que usa a diario?

Existen algunas limitaciones al avance, pero son pocas. La ley de Moore es un ejemplo. En resumen, declara que aproximadamente cada dos años se duplica el número de transistores en un microprocesador de ordenador.  Su consecuencia directa es que los precios bajan al mismo tiempo que las prestaciones suben: la computadora que hoy vale 1000 euros costará la mitad al año siguiente y estará obsoleta en dos años. En 26 años de vigencia el número de transistores en un chip se ha incrementado 3200 veces.(2) 

Pero los nuevos avances en Nanotecnología, el Internet de las Cosas (IoT), o la Inteligencia Artificial (IA), entre otros, ha encandecido el debate sobre su validez. Así cómo es evidente que esta ley rige la economía de la industria tecnológica, no tiene en realidad ninguna validez física. No es un principio de física sino la estructura de un negocio. Mientras la idea de progreso siga creciendo, nada parece ofrecer un freno certero, legítimo, a nuestra aclimatación tecnológica. Siempre podremos seguir empujando, avanzando, progresando, ¿o no?

Imaginemos que sí. Imaginemos un progreso sin final. ¿Qué formato le daríamos a las experiencias del Internet futuro? El ejemplo de arriba es sólo uno de los que se me ocurren, y a usted ¿cuáles les vienen a la mente?

Es justamente en el formato dónde se han centrado parte de los escritores de las últimas décadas, cómo hicieron músicos y otros artistas. La música electrónica, por ejemplo, consiguió reflejarse como una experiencia de un futuro que nunca acabaría por llegar, pero acabó siendo lo que es ahora: la banda sonora de un presente paralelo. En literatura ha habido una tendencia similar con menos éxito: La literatura digital.

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Arts Santa Mónica expone hasta el 10 de Abril un bello catálogo del trabajo hecho hasta ahora. ‘Palabras pixeladas. La literatura en la era digital’, se centra en las ofertas literarias digitales (que no en los cambios generales en la narrativa, una barrera a veces difícil de descifrar, pero necesaria). La muestra abarca desde los primeros CD-ROM resultados del software Storyspace (Eastgate, 1987, pionero de la creación en entorno hipertextual), hasta las posibilidades actuales de aplicaciones para tablets y otros dispositivos, pasando por elementos históricos en la literatura impresa que provocaron el cambio hacia la complejidad de la trama hipertextual.

Aún estamos lejos de un mundo cómo el que intentara recrear a los inicios de este recital. Pero hay dos puntos en común evidentes entre mi propuesta y las presentadas en el centro de cultura contemporánea barcelonés: la interactividad y el juego. Ambos conceptos forman parte de la mayoría de propuestas presentadas, así cómo forman parte de casi todas las interacciones diarias que tenemos con nuestro ordenador. En ellas se aprecia el fomento por un lector (o usuario) performativo,  que abandone su definición pasiva e interactúe con la historia; absorbiéndola por otros canales (visual y sonoro), eligiendo diferentes arranques o finales, o interviniendo en el ritmo de lo narrado. Estas búsquedas intentan alcanzar un usuario digital acostumbrado al flaneurismo digital: navegar de click en click y sin un rumbo definido.

De un vistazo general, puede apreciarse que la mayoría de ejercicios históricos y actuales que presenta la literatura digital toman cómo base el uso habitual de los dispositivos electrónicos, la manera generalizada con la que usamos todos nuestros juguetes tecnológicos. Esto refleja una lucha por reservar un espacio a la literatura entre la masiva absorción de información digital que aprehendemos cada día.

Cómo no existe blanco ni negro ni ninguna verdad, lo mencionado provoca tantos seguidores cómo detractores. En Spatial Computerisation and Film Language, Lev Manovich analiza -hace más de una década, pero aun con vigencia- grandes obras del género literario digital y los compara y entremezcla con nuevas aportaciones de la cinematografía, el video arte, o el net.art. Concluyendo su análisis, afirma que

‘mientras que la computerización abre muchas nuevas posibilidades (…) la mayoría de obras comparten la misma herencia; todas toman prestado del uso habitual de los ordenadores. (…) Los artistas de los New Media, incluyendo los film-makers, deberían sistemáticamente explorar las posibilidades estéticas de la experiencia de un usuario con cualquier ordenador, la experiencia clave de la vida moderna (…)’(3)

Captura de pantalla 2015-11-08 a las 22.49.22.pngOlia Lialina, My boyfriend came back from war. 1996. Una de las obras de literatura digital más reconocidas, y utilizada cómo ejemplo comparativo en el ensayo de Lev Manovich.

Tiene su lógica. Nuestros relatos no pueden vivir fuera de nuestro tiempo. Sí asumimos ya que nuestro día a día podría ser la trama de una ciencia ficción ochentera actualizada, es de esta realidad cotidiana de la que hay que absorber para escribir historias que atraigan y embauquen al lector contemporáneo. Ya lo predijo el gran escritor británico J. G. Ballard afirmando que “Ciencia y tecnología se multiplican alrededor de nosotros. Hacia una acreciente extensión que dicta los lenguajes en los que hablamos y pensamos. O usamos esos lenguajes, o permanecemos mudos.”(4)

Las nuevas odiseas estarán basadas en un presente dónde la tecnología y su influencia estén asumidas, ¿pero es necesario también afectar al formato expositivo de la lectura? Hace décadas que se expande el cliché de la obsolescencia del libro, y sin embargo siguen vendiéndose por millones. Dirijamos pues la pregunta hacia las prácticas puramente textuales de  la literatura digital, ¿estamos seguros que la experiencia literaria se ve potenciada con las estrategias tomadas hasta ahora?

No todos responderíamos afirmativamente. Diez años después del ensayo de Malevich, Ruth Page y Bronwen Thomas se ven obligados a aclarar en la Introducción de New Narratives. Stories and Storytelling in the Digital Age, que

‘(…) es importante reconocer las voces que se han levantado desde muchos académicos en contra del cybertropianismo. En particular, los críticos literarios como Sven Birkerts (1994), han hablado en contra de lo que ven como un ataque a la cultura de la impresión y sobre las prácticas establecidas sobre lectura crítica y análisis. Así mismo, David Miall ha usado investigación empírica sobre inmersión y absorción (que argumenta como intrínseca a la experiencia literaria), para competir con la conjetura de que “la literatura pueda hacerse para bailar con lo multimedia” (Miall and Dobson, 2001). Dónde las nuevas narrativas digitales se cruzan explícitamente con cuestiones de literatura (por ejemplo: ficción hipertextual, fan fiction), es necesario evaluar y explorar la posición cultural de tales prácticas y en que extensión pueden continuar ofreciendo el compromiso afectivo que Miall y otros ven como intrínseco a la literatura.’(5)

Así pues, frente a la lucha de tantos escritores por verse ligado al frenético avance de las nuevas tecnologías y su abanico de posibilidades, muchos académicos encuentran una contradicción que limita el rango de los lectores digitales: No existe hoy ningún dispositivo multimedial que provoque una experiencia literaria -de inmersión y absorción- tan certera cómo un libro clásico.


Las investigaciones y experimentaciones nunca están de más, pues nos prepararán para las nuevas puertas que abra la tecnología. Puede que ahondando encontremos, un día futuro, la manera de recrear una realidad literaria y a la vez virtual. Quizás las futuras odiseas sí que lleguen a retratarse desde y para un ordenador. Pero me atrevería a prever (teniendo en cuenta los avances en diferentes medios artísticos) que estas odiseas serán experimentos de narrativa no tan fieles ya a la literatura, y más al espectáculo, el videojuego o el cine, por lo que de momento ¿Por qué no nos limitamos a imaginárnoslas y escribirlas? Quizás uno no debería obsesionarse en el formato contenedor y expositivo de la la literatura, y clamar como obsoleto el libro; así cómo uno no debería obsesionarse en cambiar una cuchara, un bol, u otros objetos y contenedores que cumplen su función con un talante cercano a la perfección. El libro, aquel formato atemporal, nunca obsoleto, calculado en una caducidad media de quinientos años (6), aquel tesoro de la historia. Una novela, un cuento escrito e impreso (que no filmado, interpretado, ni jugado), sigue siendo el mejor acompañante para la ‘pausa lectora’, último factor intrínseco a la experiencia literaria.

Apaguemos las pantallas, tomemos un buen libro y olvidemos lo demás. Hundámonos en la historia y en el sofá de casa, en la terraza soleada, en algún bus viajando a ninguna parte; cómo único refugio el olor a papel antiguo manchado de tinta.

Cuentos de Ciudad y Ruina


  1. STEIN, Gertrude. Narration: 4 lectures. 1ª ed. Chicago: University of Chicago Press, 1935.
  2. Colaboradores de Wikipedia. Ley de Moore [en línea]. Wikipedia, La enciclopedia libre, 2016 [fecha de consulta: 8 de marzo del 2016]. Disponible en <https://es.wikipedia.org/w/index.php?title=Ley_de_Moore&oldid=89439006&gt;..

  3. MALEVICH, Lev. The Language of New Media. Barcelona: MIT Press, 2001.

  4.   J.G. Ballard. BrainyQuote.com. [en línea] [consultado: 9 marzo 2016) Disponible en Internet: Monográfica.org [en línia] [consultat: 20 setembre 2015]. Disponible a internet: http://www.brainyquote.com/quotes/quotes/j/jgballar153137.html

  5. PAGE E., Ruth. New Narratives: stories and storytelling in the figital age. 1ª ed. Chicago: University of Nebraska Press, 2011.

  6. ECO, Umberto.  Sobre su libro “Número Zero”. Entrevista realizada por: Christophe Ono-dit-Biot. Mayo 2015 para France Culture. 

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