Poblenou: recuperar la memoria y llenar el vacío

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Por Ayla Pellicer

El barrio de Poblenou es un barrio lleno de contrastes. Por una parte Barcelona tienes sus aires de gran ciudad, como podemos ver en el irónico título de la exposición del pasado enero en el Disseny Hub, Metropolis Barcelona. Un título de una exageración un tanto peligrosa, ya que conlleva creerse ese personaje. Algo que es alertador tanto para la política como para la ciudadanía a la hora de gestionar la propia ciudad de forma interna.

Después del estallido de la burbuja inmobiliaria el 2008 en España, nos encontramos con ciudades que están pobladas por unos espacios bien curiosos, fruto de un estallido que ha dejado marca en la Marca Barcelona. Este tipo de territorios son áreas abandonadas por la industria, descampados y solares, antiguas viviendas y áreas abandonadas que acogen violencia, entre otras muchas cosas, dado por el receso de la actividad residencial o comercial; estos espacios nos hablan de olvido y nos hacen preguntarnos donde quedó la memoria colectiva de ese lugar, ese hermoso barrio, el Poblenou. El deterioro de lo edificado; tras años de olvido, espacios residuales en los márgenes, se convierten en vertederos, áreas infrautilizadas y sobretodo infravaloradas, ¿será por inaccesibles? ¿será por invisibles? ¿o será por invisibilizados?

Debemos ser conscientes de que estos espacios son físicos, tangibles, habitables, nacen y adoptan su materialidad según operaciones inmobiliarias cerradas sobre sí mismas. De Solà-Morales no duda en Presentes y Futuros, Arquitectura en las ciudades a reivindicar la importancia de estos espacios abandonados:

“La aproximación convencional de la arquitectura y el diseño urbano a estas situaciones es bien clara. Se intenta siempre, a través de proyectos e inversiones, reintegrar estos espacios o edificios en la trama productiva de los espacios urbanos de la ciudad eficiente, sincopada, atareada, eficaz. Pero, ante estas operaciones de renovación, reaccionan las personas sensibles. Los artistas, los vecinos, los ciudadanos desencantados de la vida nerviosa e imparable de la gran ciudad, se sienten profundamente contrariados. Aquellos terrain vague resultan ser los mejores lugares de su identidad, de su encuentro entre el presente y el pasado, al tiempo que se presentan como el único reducto incontaminado para ejercer la libertad individual o de pequeños grupos.”

Poblenou se caracterizaba por ser un barrio fabril, a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX creció de manera vertiginosa el número de industrias que se instalaron en el Poblenou. Las condiciones laborales y de vida de los trabajadores eran bastante precarias, lo cual llevó a los más conscientes a organizarse en asociaciones de trabajadores, ateneos obreros y cooperativas. Más tarde, sindicados y pequeños industriales que vivían en el barrio también fundaron sus entidades, en este caso con un carácter más lúdico y cultural.

Es por ello que irónicamente se nos ocurre preguntarnos cuales son las verdaderas “Glorias” de Poblenou, ¿una plaza/cruce de carretera que potencia la ultramovilidad, o más bien es su gente, aquella que la especulación y el turismo está echando, la capacidad de organización vecinal, el amor a su barrio y la resistencia?

Así pues si seguimos paseando, surge otra pregunta en nuestras mentes observadoras, dónde queda el espacio para la vida cultural de el Poblenou? Si nos damos un paseíto por el barrio, no es difícil darnos cuenta que está inmerso en una gran transformación no solamente urbanística, sino también social. Todo empezó a raíz de los Juegos Olímpicos del 92, acciones urbanísticas como la apertura de la Diagonal, la Villa Olímpica, el 22@ y, sobre todo, Diagonal Mar. Todo ello son proyectos marcados por un fuerte carácter especulativo y que han provocado un impacto social negativo en el tejido urbano del Poblenou.

En cuanto a los efectos de este olvido general del barrio, su equilibrio social y cultural contribuye al deterioro de las relaciones entre las personas, de la misma forma que el paso del tiempo actúa sobre la ruina y su relación cotidiana con el entorno inmediato; cabe mencionar también el efecto de la pérdida de patrimonio y de cohesión urbana que estos hechos generan. Por suerte la memoria de la colectivización, la organización y la acción ciudadana aún se respira por los rincones de esos solares, con muros caídos pero con atmosfera de recuerdo. Las fuertes presiones del sector inmobiliario y de los propietarios del suelo han encontrado a una administración municipal demasiado condescendiente que no ha defendido los valores de la ciudadanía por encima de los intereses privados. Rem Koolhas apunta en su obra Junkspace las consecuencias y las causas de estas políticas urbanísitcas:

“El producto consumido por la modernización no es la arquitectura moderna sino el espacio basura, […] su financiación es una deliberada bruma que esconde turbios tratos, sospechosas abstenciones de pagos de impuestos, incentivos excepcionales […] complicidades entro lo privado y lo público”

Los descampados, solares o terrenos abandonados son espacios de observación de múltiples capas, observarlos nos ayuda a reflexionar a nivel micro-personal y macro-global, nos permite observar con qué lógicas nos regimos cómo sociedad, como la hipermodernidad parece la única realidad posible. También descubrimos que vivimos en un homocentrismo de una brutalidad cada vez mayor y una vaga, muy vaga noción de contemplación de los tiempos biológicos y su sentido en relación a la vida. Nos enseñan a vivir y nos piden atención, como aquellos espacios abandonados, vacíos, pero llenos, llenísimos de vida.

El miedo es uno de los síntomas característicos de lo urbano, el miedo al otro, el miedo al espacio otro, el miedo al porvenir, a la indefinición, a las consecuencias de la ley, la violencia de esta, al estrés, al malestar…i al individualismo feroz. Pero si nos quitamos todos estos prejuicios, entramos y observamos, nos suscita a investigar si es posible la activación de estos espacios para hacerlos útiles pero no productivos, utilizando el solar, por ejemplo, como espacio de investigación artística.

Nuccio Ordine, en Manifiesto, trata la paradoja de la «utilidad de lo inútil», en la que menciona la útil inutilidad de las artes, los efectos producidos por la lógica del beneficio en el campo educativo, la investigación y las actividades culturales. Ordine entiende «utilidad» no sólo como los saberes humanísticos considerados inútiles al no producir beneficio económico, sino a todos los saberes cuyos fines se alejan de cualquier propósito utilitarista y expone que considera «útil todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores», sin necesidad de que esté subordinado al éxito económico, puesto que indica que un exclusivo interés económico «mata de forma progresiva la memoria del pasado».

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