Sigue las órdenes, ¿Cuales son las normas del juego?

Entrevista con Roger Benat, artista barcelonés que experimenta con el teatro, en busca de la experiencia colectiva involucrando al público

Roger Bernat.
Roger Bernat.

Por Juan David Galindo e Irene Benedicto

Escribe en lo alto de la pared ‘amanecer’. Ahora escribe en la pared de enfrente ‘colina’. Muchas gracias, sin tu ayuda no podíamos empezar.

La sala está a oscuras. Oímos a esta voz que nos da las órdenes a través de los cascos que llevamos puestos. Le hemos hecho caso, y cuando nos hemos podido dar cuenta, ya formábamos parte de ‘La consagración de la primavera’.

Afuera, hay una fila muy larga esperando para entrar a ver la obra de Roger Bernat. Nadie ha dicho a esas personas que se coloquen uno detrás del otro, pero todos están de acuerdo en que no quieren perderse la actuación que propone éste artista catalán, y en que ésta es la manera más civilizada de atender su turno.

El entusiasmo que despierta Bernat en Sudamérica —México, Chile, Brasil, Perú…— es extraordinario. Aquí en Bogotá, van a tener que hacer dos funciones seguidas, ambas con sold-out, para satisfacer a toda la gente que espera participar en la experiencia prometida. “Fue una lo-cu-ra”, se sonríe.

En mis espectáculos el público está llamado a ser co-responsable, a responsabilizarse, a dar forma a los espectáculos. El público deja de ser un mero espectador para ser un especta-actor.

¿Un público emancipado actuando libremente o un público sometido a un mecanismo?

No lo tengo resuelto tampoco. No viene lo uno si lo otro. – El teatro que hace Roger Bernat tiende a tildarse de ‘teatro participativo’, pero a él no le gustan las etiquetas. – Creo que es al contrario. Un teatro en el que, en principio, se está pasivo, llama a la acción;  y un teatro donde se está más activo, acaba por volverte pasivo. Dónde  te coloca eso como espectador es algo que se decide paso a paso.

Rompes con la relación público- actor. ¿Qué pasa con el guion?

Si tú haces de Hamlet y yo de Ofelia, todos vamos a entender que tú tienes que decir las frases de Hamlet y yo las de Ofelia. Pero lo que yo me planteo en mi manera de construir guiones es, no tanto lo que tiene que decir cada uno, sino, cuáles son las normas del juego que vamos a instaurar. Este es el lugar justo donde sitúo el guion.

La estancia en la que nos encontramos ahora es un garaje luminoso frente a un huerto urbano que cuidan entre todo el vecindario y del que nadie robaría una sola hortaliza. Estamos en mitad de Barcelona, y en este estudio del artista de teatro no hay nada que se parezca a un escenario. Ni butacas, ni vestuario, ni mucho menos telón de fondo. Solo dos largos estantes, repletos de filosofía, que discurren en línea paralela a la gran mesa central, sobre la que hay dos Macs con la manzana tapada, por una pegatina de reminiscencias budistas y por cinta aislante negra, respectivamente.

Empezaste trayendo contigo a personas que no eran actores para que actuaran.

Los últimos espectáculos que hice con actores no profesionales fueron muy duros. Cogía a mi amiga transexual, a taxistas, adolescentes… los ponía encima de un escenario y decía al público ‘Mirad, miraaaad! ¡Qué curiosas que son éstas personas!’. Eso me generaba problemas éticos. Me encontré apartándolos de su contexto y mostrándolos como piezas de museo, como bichos raros de un zoológico. Me sentía en una paradoja ética.

¿Qué te hizo evolucionar hacia la interacción con el público?

Decir ‘¡Miraaaaaaaad público, qué público tan curioso tenemos ésta tarde!’ no me genera ningún problema ético. Nos miramos desde un mismo nivel jerárquico, es una autocrítica.

¿Hasta que punto quieres conducir a la gente a través de las órdenes que les das?

Me parece divertido que la gente se sorprenda con esto de que doy órdenes, ¡¡¡porque las seguimos todo el día!!!! Desde el momento en que entras al teatro, te callas, no te tiras pedos, miras hacia un mismo lugar….! El hecho de que mis órdenes sean visibles, me parece que las hace más inocuas. En mis espectáculos nadie dice apaga el móvil.

¿Es una especie de proceso experimental para conducir a la gente a situaciones extremas en las que surjan comportamientos comparables a las de una dictadura por ejemplo?

Este paralelismo que tú dices, con un contexto distópico de situación autoritaria, al menos yo, no lo veo. Hay unas reglas que podemos seguir o no, pero eso es absolutamente libre.

¿Has recibido alguna crítica alguna vez?

Sí.

¿Te han llamado perverso alguna vez?

Me han llamado nazi.

¿Y como respondes a eso?

Precisamente, los regímenes autoritarios necesitan ocultar su autoritarismo. Yo no lo oculto, lo pongo sobre la mesa. ‘Oye mira, aquí están las reglas del juego, tú mismo’. Si no sigues una sola de las órdenes que se te dan, no va a pasar nada.

¿Pero tienes una cierta presión social encima, no?

Claro. Pero, como mínimo, la presión social de los espectáculos empiezan y acaban con los espectáculos. Es un pacto de ficcionalidad.

¿Tu práctica artística tiene una voluntad política o social?

El arte está condenado a ser inútil y es una de sus virtudes. Mi arte tiene una inutilidad y a la vez un alcance político, pero es algo que no deberíamos nombrar. Depende de cómo interprete cada uno el espectáculo, cómo se inserte en el contexto político, qué sinergias genere. Eso no depende de mí.

¿Tienes algún mecanismo para conducir la experiencia para que llegue a algo final o es libre la percepción que quieres dejar?

Cuando voy al teatro voy a ver el punto de vista de otra persona, que espero entre en conflicto con el mío. La retórica es el arte de hablar con propiedad, la dramaturgia es el arte de construir espectáculos con gracia. Así, consigo ser claro, persuasivo. Te quiero llevar al huerto pero donde vayas a parar tú, es parte de tu forma de vivirlo.

Con la solemnidad que solo dan los años, la señora se movía muy despacito, sutil e intuitivamente. Al lado, un joven interpretaba ‘Aurora’. Su danza era eufórica, agonizante, perfectamente acompasada con la música. Estaba siendo sacrificado. Los brazos de ‘romero’ le sujetaban por la cintura, con una fuerza que sólo podía ser fruto de una auténtica conexión, és más, de una compenetración apasionada. La energía que transmitían estas tres personas convertidas de un soplido en intérpretes, terminó por contagiar a toda la sala.  Al acabar la función supimos  que la consagración de la primavera  de  Stravinsky era la pieza favorita de la octogenaria frágil, que había cumplido uno de sus sueños al bailarlo ante un público. Por su parte, los chico que interpretaron ‘Aurora’ y ‘Romero’ eran, efectivamente, pareja, y además, aprendices de bailarín.

¿Cuál sería tu teatro ideal?

El teatro tiene que ser conflictivo, tiene que colocar al espectador y al actor en un lugar de desequilibrio. Por eso, creo que no existe teatro ideal.

¿Qué es lo que buscas cuando haces teatro?

Me siento atraído por los momentos de efervescencia colectiva, por decirlo con palabras de Durkheim, esos en que, de repente,  lo individual  se convierte en colectivo.

¿Por ejemplo?

Imagina una dimensión del amor que sea colectiva, como bailar o cantar todos juntos. En esos actos hay algo a lo que no estamos habituados, y que defino como una declinación del amor.  Para mí, exacerbar y subrayar esos momentos de dividualidad es el punto álgido de la recepción teatral. Por eso mis espectáculos van a buscar momentos de la vida cotidiana en la que esto ocurre.

El espectáculo con el que está de gira en estos momentos versa sobre la lucha sindical de las fábricas de electrodomésticos Lumax y Fagor, que cerraron de la misma manera con 35 años de distancia. Tú eres invitado a tomar el papel de un trabajador más en lucha.

Roger Bernat dista de la apariencia de un obrero. Gafas de pasta, pelo rubio, barba recién afeitada, mejillas y camisa rosadas. Está levemente recostado en la silla de su estudio y mueve las manos, suaves, de forma también suave, mientras habla del amor colectivo. Quien se lo cruce por la calle, quizá lo puede juzgar un tipo corriente. Pero su profesión es  director de tertro, y su especialidad, generar experiencias colectivas. En esa nueva dimensión, que empieza en este garaje luminoso y que traslada a cualquier sala de un lado y otro del océano, nunca hay ni butacas, ni vestuario, ni mucho menos guion. La empatía es el único guion telón de fondo.

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