La otra forma del museo

El mero hecho de tener una excursión programada ya les convencía pero cerré el trato con: “En este museo hay una sorpresa”. No más información que un museo de Bilbao y que haremos cosas divertidas para evitar los típicos prejuicios.

Una de las instalaciones espaciales de Ernesto Neto en el Guggenheim de Bilbao.
Una de las instalaciones espaciales de Ernesto Neto en el Guggenheim de Bilbao.

Por Laura Olea

Llegamos al ver el imponente edificio: la brillante carpa que ondea en la orilla de la ría impresiona a los niños de 7 y 12 años. Aunque no tanto como Puppy, la mascota que da la bienvenida al Guggenheim y peaje #instagramer para cualquiera.

Al entrar –igual que al resto de visitantes–, nos dan una audioguía automáticamente convertida en juguete como los móviles con golosinas hasta que algo se interpone en su atención: la gran Sala ArcelorMittal. Es entonces cuando la audioguía es abandonada a su suerte con un “llama tu, que a mi no me cogen” mientras sale corriendo a desaparecer en la monumental obra de Richard Serra. Las espirales y sinuosas formas se llenan de niños que hacen carreras, gritan e incluso intentan escalar lo que la guía del museo describe cómo “la reflexión más completa de Serra en torno a la fisicidad del espacio y la naturaleza de la escultura”. El espectador entra de lleno en la obra enfrentando el ritmo abrumador de los niños con los padres que, escuchando su audioguía, van arrastrando los pies por la sala del museo.

De vuelta al atrio del museo comenzamos “la experiencia Ernesto Neto” con una obra que cae desde el cielo sobre tí obligandote a mirarla en los carritos-hamaca con los que recorres el espacio tumbado y manejándote con los pies como un correcaminos. Para empezar está bien, consigue cambiar totalmente la manera de observar; El cuerpo que cae El cuerpo que cae parece una corporeidad flexible como un pulmón que se desprende de la arquitectura como una sustancia espesa.

Al subir al segundo piso el olor a museo es sustituido por un aroma a condimento. La primera galería es un entramado de vivos colores con una red que atrapa los instrumentos en torno a un piano cerca de estalactitas de caramelos embolsados. También del techo cuelgan varios péndulos de colores con latas en su interior – “inamovibles” bajo la opinión del vigilante de sala – y una gran columna que termina en un camastro circular relleno de bolas de plástico. Todo el mobiliario hecho a partir de una´única y extensa red que crea un segundo techo sobre tí, casi consiguiendo ocultar la fría iluminación de galería (aunque no tuvieron tanta suerte camuflando al vigilante de sala). Mientras, el folleto explica la obra “Baleiro bala” o “Vendo caramelos” como un homenaje a la cultura popular de Río de Janeiro – la tierra del artista – en donde son comunes la música en directo y los vendedores ambulantes de caramelos, bebidas y fruta pero no se debe olvidar que “En esta sección, el visitante puede utilizar los instrumentos musicales que hay en la sala, con extrema cautela y respetando el orden de llegada.” Los niños sacuden, saltan y corretean en un espacio que invita a festejar a través de la música, la risa y la comodidad.

El flujo de gente y diversión se reduce considerablemente al pasar a la siguiente sala: “¡Aquí no se puede tocar nada!” dicen los niños indignados. La única posibilidad es sentarse a observar los objetos colocados en el centro recogidos por la obra “Trueque, trueque” en el que el artista lleva a cabo una red de intercambio en la que se van conectando humanos a través de la exposición itinerante de dicha obra en la que el espectador – en contadas ocasiones – podrá cambiar algo que le pertenezca por uno de los objetos de la obra. En este caso (irónicamente para la impresión de los niños) esta obra está compuesta de la participación del espectador.

En la siguiente parada del recorrido del museo aparece una gran masa colgada del techo por la que se puede subir a pasear. La explosión de euforia de los niños y la larga cola me hace pensar que, por un momento, estamos en Port Aventura. En esta atracción el espectador se sube a recorrerla a lo largo de dos partes que simbolizan la hembra y el macho, así como la no separación entre persona-naturaleza. La estructura, realizada con la técnica de ganchillo, se puede considerar una escultura de techo casi onírica que juega con la estabilidad y el vértigo de los que se adentran. No está permitida para menores de 13 años: decepción.

En las siguientes galerías aparece la idea de comunidad, ahora una fuerte relación con el suelo mediante estructuras y pilares que conectan con el techo, así como asientos y especias esparcidas por el suelo hacen un espacio más acogedor e íntimo. Aquí el olor está muy presente: pica la nariz y la risa se vuelve llanto cuando el roce con la obra es un ataque lacrimógeno. En este caso los péndulos que cuelgan de las estructuras son diferentes entre si, teniendo dos tipologías: macho y hembra. Un espacio cubierto pero permeable, protección y hogar están esparcidos por un ambiente muy tribal.

La penúltima galería se convierte en el entretenimiento hasta poder llegar al esperado final con el recorrido de alfombra que hay bordeando la pared y contemplando la pieza central –de la misma técnica que la alfombra– que más parece esconder formas orgánicas entre un gran animal o un cordillera.

La última y más esperada sala es el parque infantil de las obras de arte. Tiene la apariencia de una nube por su blancura y luminosidad; un espacio en el que no parece haber arquitectura, sólo una suavidad que te envuelve y tu transformas al pasar. Las paredes se acercan a ti, el suelo se hunde, hay colchonetas, bolas… “Una obra transitable y corpórea” que aísla y fusiona a la vez con el interior aunque también con el exterior: en los grupos reducidos que se permiten entrar los niños corren, saltan, juegan y descolocan en la calma que transmite el espacio impoluto, porque ahí parece no existir nada más que el libre albedrío. En “Que no te asuste el caos”, aparte de la instalación, hay unas proyecciones de fotografías de lo que en realidad habla esta obra: la intimidad del propio artista. La instalación es una reproducción de la que se usó en la exposición “La boda – Lili, Neto y los locos” para la celebración pública de la vida personal del artista.

Una muestra del planteamiento de Neto de unir arte y vida pero que en la realidad no ha conseguido sacarlo del formato institucionalizado en el que se encuentra. Una pena porque la tradición creadora a la que pertenece se aleja mucho del circo de entretenimiento que se ofrece a través del museo. Lygia Clark, su compatriota artista durante mediados del siglo pasado y con la que comparte muchas características formales, tenía la verdadera utilidad de sus creaciones en la terapia lo que hizo que sus obras pasasen a ser herramientas en sus reuniones psicoanalíticas. Lo que sí conserva es la importancia de producción de la obra la cual es creada normalmente a partir de la participación de un colectivo tradicional o relacionado con la cultura popular. La disciplina del psicoanálisis es algo que aún está presente en la obra de Neto en resquicios simbolistas que hacen referencia a la figura masculina y femenina, aunque no le den la importancia política que merece. De igual manera que ha perdido el compromiso político que Hélio Oiticica transmitió a través sus instalaciones para ser un ocio entretenido y agradable que sigue igualmente controlado por el vigilante de sala generando un espectador pasivo con estrictas normas para relacionarse con la obra.

Lo que nos queda de la visita está en el piso de arriba: la retrospectiva de Yoko Ono. Volvemos a la audioguía.

 

*http://www.revistadelibros.com/articulos/el-guggenheim-bilbao-despues-del-efecto#note6

*http://ernestoneto.guggenheim-bilbao.es/

*http://www.guggenheim-bilbao.es/obras/la-materia-del-tiempo/

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