Menú para dos

Un análisis de la experiencia como nexo de unión entre el arte contemporáneo y las nuevas prácticas culinarias.

Por Marta Archilés Rodríguez. 

 

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Buenos días. Tome asiento.

El menú de hoy presenta contrastes. Dos platos de sabores antagónicos pero complementarios, además de sus entrantes que nos ponen en situación y unos postres que quieren ser el desenlace conclusivo de la velada que compartiremos. Tiene muchos ingredientes locales, algunos nacionales y pocos internacionales. Nos gusta el consumo de proximidad. Lo componen historias de subsistencia, de colores, de derroche, de perros… ¡Que aproveche!

 

Entrantes

Para abrir boca nos detendremos en una breve y sutil reflexión sobre la alta cocina. En los últimos tiempos, ésta ha dado un giro hacia la adopción de una metodología propia de un proceso creativo. Conceptos como la experiencia, la estética o lo sensorial cobran ahora vital importancia en el ámbito culinario, cuyo lenguaje cada vez es más parecido al del arte contemporáneo.

Pero no crea que sólo una disciplina se alimenta de la otra. La contaminación es recíproca. El arte contemporáneo, a su vez, se acerca a la gastronomía por su giro etnográfico, relacional, antropológico, experiencial. Las fronteras del arte se rompieron en su día y en la actualidad éste se mimetiza sobre cualquier disciplina y se inserta en contextos inimaginables.

 

Primer plato: de la cocina al arte contemporáneo. Ferran Adrià y elBulli.  

No podemos hablar de gastronomía y arte contemporáneo sin mencionar elBulli y Ferran Adrià. El único cocinero jamás invitado a la dOCUMENTA de Kassel. Y sin moverse de casa. Fue en la duodécima edición, comisariada por Ruth Noak y dirigida por Roger M. Buergel, el cual afirmaba respecto a la controversial presencia no presencial de Adrià en la muestra que lo había invitado porque “ha conseguido crear su propio lenguaje, que se ha convertido en algo muy influyente en la escena internacional. Es esto lo que me interesa, y no si la gente lo percibe como arte o no. Es importante decir que la inteligencia artística no depende del soporte, no hay que identificar el arte sólo con la fotografía, la escultura, la pintura…, ni tampoco con la cocina en un sentido general. Pero bajo determinadas circunstancias la cocina también puede ser considerada arte”.

Del 16 de junio al 23 de septiembre de 2007 elBulli se convierte en el pabellón G de la dOCUMENTA (12), contemplándose que la experiencia de la cocina del catalán no puede descontextualizarse del restaurante y sirviendo lo propio como excusa para poner sobre la mesa -valga el guiño- el debate acerca de las disciplinas artísticas no museables. Le cuento. Cada día, durante los cien que duró la muestra, se invitó a dos personas a cenar en elBulli. Éstas se comprometían a contar su experiencia sobre soporte indefinido. Pues bien, el nexo Kassel – cala Montjoi obtuvo variopintas aportaciones; recibió cartas, e-mails, dibujos, esquemas, fotografías… Y más allá de las cien cenas, se contó con la intervención en dos mesas redondas de reconocidos artistas e intelectuales. Una más enfocada al proceso creativo y otra a la reflexión teórica que de éste subyace, donde se barajaron temas acerca las fronteras entre cocina y arte.

Precisamente, a raíz de esta cuestionada primera participación de la alta cocina en un evento de tal envergadura dentro del arte contemporáneo se intensificó el eterno debate sobre los límites del mismo. Parece que fue tras una conversación informal entre el entonces director de la Tate Modern Gallery de Londres, Vicente Todolí, el pionero del pop-art Richard Hamilton y Ferran Adrià que surgió la idea de hacer una publicación acerca de lo acontecido. Dos años de gestación necesitó para salir a la luz en 2009 el libro “Comida para pensar, pensar sobre el comer”. Richard Hamilton fue el encargado de escribir la introducción y no precisamente por su condición de artista, como quizás le haya podido parecer. Resulta que era el cliente más antiguo de elBulli. Sí, sí. El británico se daba cita ineludiblemente en la casita blanca de Roses como mínimo una vez al año desde 1963, largo tiempo antes de que Ferran Adrià llegara. Y le doy, si me permite, unas pinceladas de historia: nació elBulli como bar para veraneantes, fundado en el 62 por una pareja de alemanes cuyas adoradas mascotas eran bulldogs franceses, los cuales se conocen popularmente como “bully”, de ahí el nombre de lo que al tiempo se convirtió en restaurante. En sus páginas se reproduce el testimonio de aquellos que se sentaron en la mesa dOCUMENTA ese verano. En la portada, nada menos que una ilustración con copyright de Matt Groening, que caricaturiza al Adrià amarillo. Su Simpson no es el único dibujo animado con el que lo relacionamos, no señor, ya que en su día prestó su voz a un personaje de Walt Disney, en su entrega más gastronómica: Ratatouille. Quien sabe si sea su personalidad, su cocina o ambas las propiciadoras de tan diferentes incursiones del chef en el terreno artístico.

En su nombramiento doctor Honoris Causa por la universidad de Aberdeen –distinción que figura por partida triple en su palmarés, que cuenta con la de la Universitat de Barcelona, la escocesa y la de la Universidad de Valencia–, fue comparado con Picasso y Miró por su trascendencia en su disciplina creativa. El profesor Christopher Fynsk señalaba en su discurso que Adrià era “un genio, un pensador destinado a renovar la conexión entre la alimentación intelectual y la alimentación sensorial, de manera que está cambiando para siempre nuestra comprensión sobre la relación entre cocinar y comer”. Y proseguía afirmando que “su trabajo es un evento que cambia todos los parámetros, incluidos los del mundo del arte.”

Pero véngase conmigo unos años atrás para entender cómo se originó el concepto de creatividad aplicada a la cocina de Adrià. Algo tuvo que ver el hecho de que en 1991 trabajara una temporada en el taller del escultor Xavier Medina-Campeny en Palo Alto (Poblenou, Barcelona). Mientras Xavier esculpía, Ferran cocinaba cada día platos para la comida y cena que ambos compartían. Así conoció la metodología de un proceso creativo y evidenció que era aplicable a la creación gastronómica. El progreso que para sí supuso crear platos sin la responsabilidad de satisfacer a la vez un servicio de restaurante, le llevó a la decisión de cerrar de octubre a abril para dedicar toda esa cantidad de meses únicamente a la creatividad. En elBulli taller, después de un proceso de investigación y ensayo-error, se introducían las variaciones en los menús para la temporada siguiente, que resultaban mucho más extensos que el nuestro, pues llegaban a la treintena de platos.

“Un día en elBulli” (2008). Es lo más cerca de cala Montjoi que le puedo llevar. Un documental dirigido por Albert Adrià que retrata la cotidianidad del restaurante. Un enclave maravilloso y un servicio con casi más personal que comensales donde la organización y la coordinación son primordiales. Se lleva la comprobación hasta el extremo. Una cocina calificada por Pau Arenós[i] de “tecnoemocional, cuyas claves son: vanguardia, creatividad, innovación y gallardía. Yo le añadiría experiencia. No de la que dan los años, que también, sino de la eventual y circunstancial. De la que es sinónimo de espectáculo.

La inclusión en los platos del nitrógeno líquido, las espumas y la esferificación, entre otras revolucionarias texturas, y la utilización en su preparación de aparatos tecnológicamente complejos funcionando sin descanso durante 36 horas seguidas, como la liofilizadora, el termómetro de infrarrojos, el deshidratador, etc. le costaron fuertes críticas negativas provenientes de partidarios de la ecococina y el km.0, filosofía que constituye la esencia del NOMA de Copenhague, el mejor restaurante del mundo a día de hoy, con elBulli dormido y el Celler de Can Roca en segundo lugar.

La pésima reputación de los aditivos y soluciones químicas añadidas a los alimentos con la complicidad de los científicos jugaba a veces en su contra. Pero un día es un día, dirían sus anteriores clientes, para los cuales merecía la pena atiborrarse por una vez de aditivos en favor de la experiencia de saborear esta mezcla de diminutas raciones pensada para estimular los cinco sentidos. Tacto incluido, pues no se daban cubiertos hasta la mitad del menú por considerarse importante el comer con las manos. Con la inacabable lista de espera de el restaurante de Adrià y la cantidad de requisitos que hacían falta para merecer allí una silla, uno tampoco tenía la mínima posibilidad de ir asiduamente, aunque estuviera dispuesto a pagar los 250 euros por persona que valía el menú degustación.

Toda esa práctica culinaria se resume en una síntesis de su cocina[ii] compuesta por 23 puntos de los cuales le traigo estos tres que hablan de los roces con el arte y el diseño contemporáneos:

19.  Se crea un lenguaje propio cada vez más codificado, que en algunas ocasiones establece relaciones con el mundo y el lenguaje del arte.

21.  La descontextualización, la ironía, el espectáculo, la performance, son completamente lícitos, siempre que no sean superficiales, sino que respondan o se conecten con una reflexión gastronómica.

23.  El conocimiento y/o la colaboración con expertos de los diferentes campos (cultura gastronómica, historia, diseño industrial, etc.) es primordial para el progreso de la cocina. […]

Ya ve, otro de los pilares de esta orgia del paladar son las sinergias creadas con otros agentes. Es el caso de el estudio de diseñadores Luesma & Vega, profesionales del vidrio, quienes han proporcionado a elBulli vajillas de piezas exclusivas inspiradas en platos específicos. Luki Huber, diseñador industrial suizo afincado en Barcelona, ha propuesto durante toda una década de colaboración con elBulli nuevos utensilios para servir la comida como sniffs, pipetas y cucharas, además de ayudar a resolver problemas que se planteaban para la consecución de ciertas elaboraciones. Algunos de estos diseños se pudieron ver en la exposición “TAPAS. Spanish Design for food”, comisariada por Juli Capella. La exposición mostraba cómo el diseño se ocupa de establecer la manera en que se dan las relaciones entre los seres humanos, para éste usuarios, y la comida. Productos de Martí Guixé o Javier Mariscal estaban representados en la muestra.

A su vez, el mundo de la moda también se hace eco de su relación con la gastronomía. O debería decir hostelería. El diseñador catalán Joan Camacho se dedica a crear uniformes para restaurantes bajo la firma des garçons café. Para él, ‘la imagen del personal también forma parte de la identidad de un restaurante’. Eso lo tenían muy claro los Adrià, aunque le confieso que para mí fue una sorpresa descubrir que en las cocinas de elBulli se permitía la licencia de trabajar sin cubrirse la cabeza. Todos los uniformes de elBulli se pudieron ver en la exposición Ferran Adrià i elBulli. Risc, llibertat i creativitat, que duró hasta principios del año pasado en el Palau Robert y sirvió como ensayo de lo que va a ser el nuevo elBulli en cala Montjoi. En la última sala se podía ver “El último vals”, documental que muestra el último servicio del restaurante, que tuvo lugar el 30 de julio de 2011.

Así terminamos con nuestro primer plato. El restaurante con nombre de perro mantiene la puerta cerrada a la espera de ser transformado en elBulli foundation, que pretende abrir sus puertas en 2016. Y es que va a nacer un perro con tres cabezas: elBulli 1846 (en alusión al número de platos originales nacidos en elBulli), elBulli DNA y la Bullipedia. El ejecutivo del restaurante ya se encargó de firmar hace cuatro años un acuerdo de colaboración con Telefónica por el cual Adrià sería el embajador de la marca y cuya retribución económica se destinaría a crear el mejor laboratorio creativo e innovador del mundo en materia gastronómica. La tecnología de la operadora se utilizará para alojar en internet la Bullipedia, una gigantesca enciclopedia gastronómica consultable por todo el mundo con sede física en la calle Mèxic de la ciudad condal. Cala Montjoi albergará las otras dos cabezas.1846 será el centro de exposiciones y archivo que funcionará como espacio para recopilar todo el saber culinario de elBulli y su historia. DNA será el laboratorio de investigación y experimentación gastronómica con un equipo creativo que cambiará cada temporada y compartirá sus hallazgos en la red. Durante un mes al año se realizarán visitas al centro y un total de 20 cenas, la mitad gratis, por sorteo y la otra mitad de pago, para recaudar fondos para la fundación. Con un poco de suerte, nuestra próxima cena tenga lugar allí. 

 

Segundo plato: del arte contemporáneo a la cocina.

Son ejemplo de cómo el arte contemporáneo se adueña de todos los lenguajes, disciplinas y expresiones. O de cómo cualquier expresión puede ser considerada arte. No son cocineros, dicen. Pero utilizan los alimentos para vehicular su trabajo que cristaliza en forma de experiencias. Ya vienen.

Rirkrit Tiravanija es, seguramente, un must en nuestro menú. Que no quiere decir, sin embargo, el plato fuerte. Una promesa de periodista que al descubrir el urinario y el blanco sobre blanco decidió dedicarse al arte. Vive y trabaja entre Nueva York, Bangkok y Berlín. América, Asia y Europa.

Dice que cuando cocinas comida tailandesa nunca es para una sola persona. Y que lo de compartir va irremediablemente ligado al sentido de comunidad. Supongo que tampoco usted debe ser de comer sin compañía si ha llegado hasta los segundos platos y me sigue acompañando. Diametralmente opuesta a contemplar algo que haga trascender es la obra de Tiravanija. Verá, se ha dicho de él que lo suyo son los happenings o performances. Yo prefiero definirlo más bien como acciones en estaciones. Genera experiencias para encontrarse, conocerse, comunicarse e intercambiar. ¿El qué? Eso ya no es de su incumbencia. Lo que sí es que la comida juega el papel de mediadora. La obra de Tiravanija se hace sola mientras se comparte. Y mientras se come. Se basa en provocar la interrelación de personas en su estación, que es el dónde. Instalaciones que crea recurriendo a la arquitectura para investigar, trabajando con el espacio, diferentes modos de acercar a la gente. Construye la escenografía del intercambio. La vertiente tangible de su obra, la que puede vender. Sus estaciones se desmontan después de terminada su intervención. La obra puede volver a exhibirse montándose de nuevo y volviendo a cocinar el mismo plato, pero su carácter efímero reside en la imposibilidad de reproducir los encuentros de manera exacta.

Sobre el porqué de llevar este tipo de práctica al contexto museístico, algo tiene que ver el hecho de que se formara como artista en un momento en el cual la crítica institucional estaba en boga. Se cuestionaba la autoría y autenticidad de la obra de arte y el rol de las instituciones como forma de representación de la cultura. Subvertir la institución entra dentro de su juego, el blanco del cual son los museos de occidente. Para él, canalizan su discurso bajo una perspectiva concreta y presentan universos diversos, lejanos, que pueden mirarse pero jamás experimentar. Su obra quiere ser un lugar abierto a multiplicidad de visiones, tantas como personas de diferentes orígenes participan de ella.

Y ahora que nos acercamos cada vez más a los postres, como es justo, le hablaré del diseño que también se ocupa de la comida. Luki Huber, el de antes, de origen suizo, colaborador de elBulli, es uno de muchos. En Holanda radica una mujer, Marije Vogelzang, que se define a sí misma como eating designer. Pero la barrera entre su eating design y un proyecto artístico es muy débil. Dice que la comida ya es perfecta por naturaleza y no busca transformarla. Trabaja con el comer, creando experiencias relacionales. La cubierta es un elemento clave en su trabajo. Le gusta esconder para eliminar prejuicios, ocultando y negando la visión permite otro tipo de percepciones sobre el acto de comer. En ‘Eat Love Budapest’ una gitana cuenta su experiencia vital mientras da de comer a un visitante por debajo de unos ropajes. A su vez, otras nueve mujeres gitanas hacen lo mismo. Marije pone una barrera entre comensal y alimentador. Ambos no se ven el rostro, como usted y yo.

Entre pequeños monigotes kitsch explica sus proyectos en su web. De uno se siente especialmente orgullosa. Se trata de la exposición ‘Food Cultures’ en la Designhuis de Eindhoven, de la cual fue comisaria. Algo similar a TAPAS, pero sin voluntad identitaria, empresarial o idiosincrática. Una colección de productos a los que diseñadores, políticos, granjeros y mamás aplican el design-thinking. Curiosa es la relación entre la exposición de Marije Vogelzang y nuestra próxima ingesta. Ojo al nombre.

Volvemos a casa para visitar Food Cultura, un pequeño espacio creado en el año 2000 con sede en el Edificio Moritz y gestionado por el matrimonio Miralda – Guillén. Él, artista. Ella, gastrónoma. Ambos definen la comida como el principal elemento de cohesión comunitaria. Y Food Cultura como un puente entre estómago, cerebro y corazón.

Sus intereses giran en torno al estudio de la comida y sus múltiples implicaciones artísticas, sociales y económicas en todas las culturas. Miralda cree que no hemos sido educados para entender que el ciclo del comer y el de la vida están íntimamente ligados. En Food Cultura es muy fácil entender la relación entre lo doméstico y lo ritual. En sus proyectos, que acostumbran a salir del espacio y convertirse en acciones artísticas, reflexionan sobre temas como la ceremonia, tantas veces pervertida y utilizada como mecanismo de control, en lugar de evento cohesionador y festivo. Se cuestionan el lugar de los alimentos, entre la necesidad biológica y el objeto socioeconómico y cómo los cambios en la producción y preparación de los mismos cambian nuestra percepción del mundo.

El espacio da visibilidad al archivo Food Cultura, una colección de más de veinte mil objetos, tanto planos como tridimensionales, relacionados con la comida. Muchos son envoltorios de alimentos, latas de bebidas y botellas de todo el mundo. Colocadas perfectamente siguiendo su gráfica o sus tonalidades crean un mosaico curioso. Exhibidos en las vitrinas, estanterías y paredes podemos encontrar desde papeles de envolver naranjas cultivadas en Murcia hasta dulces del Día de Muertos de México, pasando por extravagantes portapalillos, delantales con coloridos diseños, semillas de plantas comestibles de cualquier lugar del mundo y una lengua luminosa a modo de escultura.

Ahora toca descalzarse antes de entrar a nyam nyam, regentado por una joven pareja, Ariadna e Iñaki y su pequeña Gal·la, de 2 años. Nada menos que, como ellos mismos se contestan en una autoentrevista en su web, un espacio donde puede pasar de todo.

Espai nyam nyam es una asociación cultural sin fines lucrativos, que todo lo que gana se reinvierte en el proyecto. El espacio, en pleno barrio de Poblenou de Barcelona, es además su casa. Sin cédula de habitabilidad y con el riesgo que esto supone, pueden pagar su vivienda-taller-restaurante porque los dos trabajan paralelamente en otros sitios, como casi todos los que nos dedicamos al arte. Aunque quizás nuestros trabajos ‘colchón’ no sean tan pintorescos como el de ella, profesora de violín en la Escolanía de Montserrat. Cada uno por su lado, realizan proyectos propios relacionados con las artes visuales, la música, la danza y el teatro. Pero esto es cosa de los dos.

Nyam nyam comenzó como estrategia de subsistencia- dice Ariadna, en un momento donde no habían tantas expos para él ni bolos para ella. Iñaki empezó cocinando por encargo, envasando al vacío y llevando en bici la comida al trabajo de sus amigos, con alimentos ecológicos y a un precio competitivo. Ahora ya organizan un ciclo de periodicidad mensual que tiene nombre de canción. “Todo lo que me gusta es ilegal, inmoral o engorda”, del grupo flamenco andaluz Pata Negra, en el que trabajan con un/a artista contemporáneo/a que realiza encuentros todos los jueves de cada mes de 14h a 15h en donde presenta su manera de trabajar a modo de intervenciones de cualquier tipo, utilizando siempre la comida como vehiculadora de estas experiencias. Iñaki cocina previa decisión con el/la artista y casi siempre el menú acaba por ser un guiño al trabajo de éste/a y se relaciona conceptualmente. La última semana de mes, también con el artista invitado, realizan un taller para niños de 2 a 8 años en el que el acto de cocinar se convierte en toda una aventura gastronómica de marcianos y astronautas que siempre termina en una gran merendola.

Así pues, mientras Cris Blanco -la artista invitada del mes de abril- habla de sus fantasías cinematográficas y efectos especiales caseros entre YouTube y iTunes, compartimos el manjar sobre una gran mesa que se sostiene con dificultad. Ensalada fresca, medallas de naranja con pepitas de calabaza y olivas, risotto de pera al curry y crema de yogur con lima, salsa de mango y frambuesa. Un familiar festín de desconocidos. Un juego visual donde verde acaricia a naranja revolviéndose en una amalgama de sabor a tierra y mar. Nos apoderamos de una gota de este último color en el que nos sumergimos para seguir con nuestro viaje gastronómico.

El naranja inunda el universo de David Ymbernon. En su casa casi todo es naranja, su ropa es naranja, su obra es naranja, su carácter y temperamento son naranjas y su zumo matinal es de naranja. Es de tal obsesividad que parece enfermizo, especialmente para quienes no le conocen. Sólo pequeños detalles blancos dejan respirar la retina cuando uno se sumerge en su mundo de bombonas de butano, zanahorias,… Como ve, con estos datos parece hasta obvio predecir con qué operador debe tener contratada la línea telefónica. Hablamos de un peculiar personaje con un hijo llamado Dadà y la galería Joan Prats, que casualmente lleva su obra, justo en la planta baja del edificio donde vive. Ha acogido alguna de sus acciones, aunque el cuartel general de operaciones suele ser varios pisos más arriba. La simbiosis entre vida y arte es una constante realidad de esta familia.

Algo cruje, murmulla, retumba, estalla, susurra, suena. Músicas vívidas, enérgicas, estridentes y amables a la vez, como el color naranja, emanan de instrumentos corrientes así como de pequeños juguetes y alimañas que acompañan sus piezas y remiten al mundo de la infancia. Pintor de formación, su obra reciente consta de performances en las que da vida a pequeños objetos naranjas que se mueven en carrozas y comparsas, en un desfile de detalles casi imperceptibles y sencillos efectos resultones que consigue gracias a la colaboración de toda su familia y, a veces, amigos. Siempre actúa vestido de cocinero con delantal de ya sabe qué color. Para él, su uniforme de trabajo. El cocinero Latung La La, nacido en el 94, es la identidad que adopta para realizar sus acciones, como ‘Poesia visual culinària’. Vino tinto emerge chorreante de un cartón de leche y la acción continúa en esta línea. La cocina naranja es su especialidad, para la cual invita a cenar a gente a su casa y crea un menú naranja. En una ocasión: sopa de calabaza, pescado con salsa de cabezas de gamba, zumo de zanahoria y naranja con langostinos y yogur con papaya, mango y albaricoque.

Empieza a llenárseme el buche. Le pasa lo mismo? Bien, antes de los postres, una última cucharada. Joseph Patricio cuenta en su perfil de TEATRON que su aportación al arte se basa en cocinar con restos. Es la base de uno de sus proyectos, llamado Es cena. Desarrollado originalmente al tiempo que radicaba en Madrid, tiene, sin embargo, una continuidad clara, pues lo ha llevado por todas partes. Pepe, como le conocen en España, es filipino, habla seis idiomas y su trabajo se enmarca en el ámbito performático. Decide ir a las casas donde le invitan y cocinar con los restos de sus neveras. Admite abiertamente que no cobra por ello y lo reitera condición sine qua non para la contratación de sus servicios. Un mapa señala los lugares donde ha llamado al timbre, siendo únicamente portador de su kit de especias, con el objetivo de cocinar con lo que se ha encontrado en cada casa que ha deseado acogerle. Crear sin un resultado planeado o cocinar sin receta dejan rienda suelta al desarrollo del proceso de preparación de los alimentos, tiempo que le sirve también para meditar sobre lo que está sucediendo a lo largo de su intervención. A juzgar por el preámbulo de su página web, hablamos de un tipo humilde y con un marcado sentido del humor.

Nowhere kitchen es el concepto que engloba su obra. Sus proyectos versan sobre el comer y las prácticas culinarias, pero como artista se reta a lidiar con el azar, la improvisación y el site-specific. Su trabajo le pone en relación con los demás. Es un convencido de que los encuentros que envuelven comida, bebida y compañía generan particulares formas de conocimiento. Y esto es lo que quiere provocar. Ya sabe, si le va a sobrar comida, nada de desaprovecharla.

 

Postres

De poner en relación las prácticas culinarias dentro del arte contemporáneo y la alta cocina quisiera terminar poniendo la guinda del pastel. Sólo me queda añadir que el giro hacia lo experiencial es clave en ambos ámbitos, pues la alta cocina ha transgredido los límites del paladar y hasta el mínimo detalle de todo lo que envuelve el degustar se torna importante. Lo mismo pasa en el arte, que ya no se interesa por lo transformador en lo estático o inmóvil, sino en la experiencia del sujeto y las relaciones que la obra propicia entre las personas que acuden a vivenciarla.

Deseando que este haya sido para usted un viaje gastronómico tan gratificante como lo ha sido para mí, me despido hasta nuestro próximo encuentro. ¡Feliz digestión!

 

[i]Ver desarrollo del concepto en su libro “Cocina para valientes”, 2011.

[ii] El equipo redacta la Síntesis de la cocina de elBulli, presentada en Madrid Fusión 2006. Véase en: http://www.elbulli.com/sintesis/index.php?lang=es.

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